Barroco viral

Garriga y Urbita, creadoras del podcast ‘Las hijas de Felipe’ y autoras del libro, dominan los entresijos del Siglo de Oro, pero poseen además el raro don de la divulgación.
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Este otoño se ha hablado mucho de monjas, a raíz del nuevo disco de Rosalía (Lux) y de la última película de Alauda Ruiz de Azúa (Los domingos). Sin embargo, falta comentar Instrucción de novicias (Blackie Books, 2026), un libro que convierte a monjas históricas en referentes vitales. Conocí a sus autoras, Ana Garriga y Carmen Urbita, en Providence en 2017, cuando comenzaban su doctorado en la prestigiosa Universidad de Brown. Poco sospechaba entonces, tres años antes del lanzamiento del podcast Las hijas de Felipe, que devendrían las siglodoristas más populares de mi generación. A partir de 2022, sus podcasts se convirtieron en la comidilla de los congresos hispanistas y en un tema de conversación que desbordaba los márgenes universitarios. Ahora ponen la guinda a este proyecto con la publicación de Instrucción de novicias. Vidas del convento barroco para guiar tu presente, que se publicó primero en inglés y que se va a traducir a siete idiomas más.

El subtítulo de la edición inglesa es más descarado: “Cómo monjas del siglo XVI pueden salvar tu vida del siglo XXI”. El índice despliega seis temas, cada uno resumido en una palabra (amigas, trabajo, cuerpo, amor, dinero, alma y fama). El epílogo remata con la idea del libro como convento portátil: siglos de sabiduría monjil concentrados en un objeto que no exige noviciado previo. La portada de la edición estadounidense (una monja barroca haciéndose un selfi) es otra declaración de intenciones. Este es un libro original, a caballo entre la autoficción, el ensayo, el manual de autoayuda y la sátira académica. El diseño de Clay Smith se recrea en el anacronismo: sor Juana enviando correos electrónicos, sor María de Jesús de Ágreda levantando pesas, sor Ana Dorotea con una bebida en la mano y un bolso. Monjas recónditas, sí, pero integradas en la contemporaneidad, como si llevaran siglos ensayando su entrada en Instagram. La apuesta es derribar la barrera que separa el mundo académico del gran público.

Quienes nos dedicamos a la universidad conocemos cierta sensación de futilidad: ¿a quién puede interesarle un estudio sobre la influencia de Hermes Trismegisto en sor Juana? Obtenemos la respuesta al dar nuestras ponencias ante cuatro gatos, dos de ellos estudiantes obligados a asistir. Garriga y Urbita, hoy ya doctoras, dominan los entresijos del Siglo de Oro, pero poseen además el raro don de la divulgación. Son capaces de congregar multitudes en grabaciones en directo para hablar de vida conventual. El lema de su podcast es: “Todo lo que te pasa a ti, ya le pasó a una monja en los siglos XVI y XVII”.

En el curso sobre escritoras del Siglo de Oro que imparto, enseño siempre a tres monjas: Teresa de Ávila (santa, mística y fundadora), Catalina de Erauso (la monja alférez, que en realidad no pasó de novicia) y sor Juana (la gran poeta mexicana). Todas ellas tienen episodios propios en Las hijas de Felipe, que tiendo a escuchar antes de dar mis clases, pues siempre aprendo algo. Una virtud del dúo Garriga-Urbita es la combinación de profundidad y desparpajo: entre salseo y broma, introducen con naturalidad disquisiciones sobre las controversias teológicas del Barroco, sin que nadie salga corriendo.

Eso mismo ocurre en Convent Wisdom, por cuyas páginas desfilan un total de veintidós monjas. El libro se basa en vidas reales, aunque incorpora ficción e interpretación propias para que resulte más accesible e interesante. Casi todas las monjas pertenecen al Siglo de Oro español entendido en clave global: España, América, Asia (Filipinas). El resultado es un desfile carnavalesco de éxtasis, amores lésbicos más o menos consentidos, dietas martiriales, colecciones de muñecos del niño Jesús, bilocaciones transatlánticas y demás parafernalia de los siglos contada con humor, ternura, claridad y una elegante irreverencia… sin blasfemias ni estridencias. Aunque nunca se sabe, me resulta inconcebible que un libro tan bienhumorado pueda ofender a nadie.

Es digna de elogio la capacidad de acomodar en la misma página (o en la misma frase) a santa Teresa y a Paris Hilton, a sor Juana y a Dua Lipa, a la monja alférez y a Lindsay Lohan, a la Inquisición y a TikTok. Ahora bien, entonces la pregunta surge sola: ¿Las hijas de Felipe están divulgando o vulgarizando? Aún recuerdo con sudores fríos a una profesora que, desesperada porque sus alumnos no entendían el desengaño barroco, les explicaba que los españoles angustiados por el declive imperial se sentían como los culés cuando pierde el Barça. Si Quevedo (el poeta, no el rapero) levantara la cabeza, pensaba yo…

Pero Garriga y Urbita no están dando clase en la universidad, donde usaban otro registro, sino abriendo la alta cultura barroca a miles de personas que no se acercarían jamás ni a las vidas ni a las obras de estas monjas. Y lo hacen sin esa superioridad condescendiente de los expertos incapaces de salir del aula. De hecho, leyéndolas me asaltó la misma sensación que me produjo ver Amadeus, con Mozart destrozando entre carcajadas la idea del compositor solemne.

El crítico norteamericano Roger Ebert explicó el éxito de la película de Milos Forman recordando que el 98% del público nunca escucha música clásica, y que precisamente por eso la película funcionó. Pues no presentaba a Mozart como un genio en su pedestal, sino como un ser humano ridículo, prodigioso y excesivo que no se daba importancia. No era una vulgarización, sino una forma de devolverle la vida.

Salvando las distancias, Instrucción de novicias hace algo parecido con las monjas (algunas nada menos que santas y doctoras de la Iglesia): las arranca de la estampa piadosa y las devuelve al mundo de los cuerpos, los anhelos, las pasiones y la risa. Puede que a algunos lectores solo les entretenga y no les lleve a abrir un libro de santa Teresa; pero otros sí lo harán. En tal caso, el gesto irreverente de Las hijas de Felipe conseguirá algo extraordinario: que quienes nunca leerían un texto barroco quieran, al menos una vez, asomarse a sus profundidades.


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