La beatificación de Dolores Vázquez

Dolores Vázquez, que fue injustamente encarcelada por asesinato, recibe estos días una medalla del Ministerio de Igualdad. Lo curioso es que ambas acciones, el castigo y el premio, son llevadas a cabo por las mismas personas, que hoy andan crucificando a nuevas Dolores Vázquez que en el futuro santificarán.
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Tenemos un curioso mecanismo para lidiar con la adversidad. Una joven es asesinada, y convertimos el hecho en una teleserie cuyo gancho no se nos quita de la cabeza: “¿Quién mató a Rocío Wanninkhof?”. Los encargados de encauzar la calamidad colectiva son los periodistas, que aprenden de los mejores narradores para hacer bien su trabajo. Toman de David Lynch y Mark Frost, guionistas de Twin Peaks, la idea de hacer avanzar el duelo grupal con lo que tienen a mano cada día y lo que les dicta su olfato: investigaciones policiales, declaraciones de allegados, seguimiento de sospechosos, etcétera. También red herrings, indicios que nos conducen a conclusiones equivocadas, como un personaje inocente del que sospechar. Hubo más, pero en esta teleserie el red herring por excelencia fue Dolores Vázquez, ex pareja de la madre de la joven asesinada.

De esa manera los periodistas, que también cumplen la función de guionistas, van configurando tramas que siguen el patrón del cuento de hadas. Es una estructura que también adoptaron las telenovelas, y que, aplicada a las noticias, llamo el sesgo de telenovela de los media. Cuando los periodistas-guionistas consiguen hacerlo bien nos meten de lleno en la historia: sufrimos con los protagonistas, deseamos castigo a los villanos, y esperamos que termine con un “comieron perdices”. Las telenovelas y las noticias seriadas son mucho más largas que los cuentos pero, al mantener su estructura esencial, nos permiten identificar la trama en un instante, sin necesidad de conocer las primeras temporadas.

Es cierto que las noticias seriadas no son exactamente iguales a las telenovelas. Incorporan también ciertos elementos de reality show que permiten que nos convirtamos en personajes secundarios. Podemos postear en redes sociales nuestra indignación con tal o cual red herring, votar al político que prometa endurecer las penas ante casos semejantes o, si estamos cerca, acudir a increpar al malvado a la entrada de los tribunales. Con un poco de suerte tal vez un periodista-guionista, que también cumple la función de animador, nos pare por la calle y nos pregunte qué opinamos. Estamos exaltados, ¡naturalmente! Incluso podemos ser designados jurado popular y meter preso al red herring, como ocurrió con Vázquez.

Nuestra implicación es fundamental. Mucha o poca, todo cuenta. De ella depende lo más importante: que al final se coman las perdices.

El chivo expiatorio

Al fondo de la sala, René Girard trata de explicarnos el mecanismo en el que estamos participando. Le miramos distraídamente mientras atacamos a un nuevo red herring en redes sociales por una impiedad, porque “la multitud siempre tiende a la persecución, pues las causas naturales de lo que le turba, de lo que le convierte en turba, no consiguen interesarle”. Pero Girard insiste porque sabe que somos perseguidores ingenuos, con buena conciencia, que no sabemos lo que hacemos. No nos imaginamos que estamos ofreciendo armas contra nosotros mismos a la posteridad.

Girard intenta advertirnos que estamos ante una crisis que no puede resolverse atacando a sus verdaderas causas, que son difusas, estructurales o anónimas, de modo que necesitamos concentrarla en un objetivo sencillo: el chivo expiatorio.

El chivo expiatorio es siempre ajeno a la norma de la comunidad que lo persigue. Andamos pavoneándonos con que somos distintos, originales, especiales, etcétera, pero cuando aparece alguien realmente diferente nos ponemos en tensión porque hace picadillo nuestras diferencias superficiales. Vázquez no pertenecía a nuestro grupo porque era homosexual, de modo que tuvo que ser ella la que trajo la calamidad. Para avivar el ritual y poder sanar a la comunidad lo antes posible del caos aparente, los periodistas-guionistas-animadores la adornaron para el sacrificio con fastuosos trajes descriptivos: “karateka fuerte”, de “gran corpulencia”, “adicta a los videntes telefónicos”, que entró en la comisaría con “gesto frío y calculador” y a quien “ni siquiera la presencia de más de un centenar de vecinos increpándola y lanzándole duros insultos pudo lograr que apareciera en su cara cualquier atisbo de preocupación o inseguridad”.

Este primer momento de acusación, en el que se le atribuye al chivo expiatorio toda virtud maléfica, queda envuelto en un segundo momento, la sacralidad positiva suscitada por la reconciliación de la comunidad. La parte de telenovela de las noticias difunde los desórdenes morales y la acusación; la parte de reality show permite al público involucrarse para que al final y todos coman perdices: un nuevo pacto contra el terrorismo, los asesinatos machistas, las danas, etcétera.

El fenómeno del chivo expiatorio ha permitido a los grupos humanos reconciliarse con un universo que les manda plagas, muertes inexplicables y calamidades sin sentido. Ha sido esencial para canalizar el malestar y la violencia de la masa, de modo que no nos aniquilásemos unos a otros. Tan importante ha sido para nuestra supervivencia y tan profundamente lo tenemos grabado, que es muy fácil de manipular.

Los chamanes

Los asesinatos, violaciones y crímenes diversos son rupturas del orden moral de primera calidad que activan nuestro instinto animal ante el peligro y nos mantienen pegados al periódico. Pero no hay tantos, ¡qué fastidio! así que queda exagerarlos, alargarlos o inventarlos. Hay muchos minutos y muchas páginas que llenar. También hay otros temas, especialmente la política, que toman el mismo camino y se convierten en pugnas intrascendentes de tribus que se llaman a sí mismas “personas” y a las otras “pestilentes”. (Estos términos son relativos: la designación “socialista” significa simultáneamente “persona” en los idiomas de unas tribus y “pestilente” en los idiomas de otras).

Pero no es el asesinato puntual el que rompe el orden moral, más allá de cierta cercanía geográfica. Lo que realmente rompe el orden moral es su difusión, su presentación forzada a todo el mundo. La crisis es la propia inoculación del miedo. Son los periodistas-guionistas-animadores, que también cumplen la función de chamanes, los que nos advierten de terribles calamidades, y nos dicen qué rezos y qué sacrificios tenemos que realizar para evitarlas. Activan nuestro instinto de supervivencia, pero muy pocas de esas calamidades que anuncian suponen un riesgo a la comunidad. El peligro es, más bien, ese estado constante de alerta y furia express ante banalidades.

Santa

Los chivos son expulsados de la comunidad, material o simbólicamente, para reintegrarlos de otro modo: como ancestros fundadores o divinidades. La persecución de Vázquez supuso “la unión religiosa de la comunidad vivificada por la prueba que acaba de sufrir”. Hemos de congratularnos, porque en esta teleserie interactiva todos hemos contribuido, aunque sea con nuestro insulto ante el televisor, a que los protagonistas, que no somos otros que nosotros, comamos perdices al final del cuento.

Los jefes de la tribu están siempre tomando el pulso a los dioses, el sentimiento colectivo, para obtener su favor. Escuchan a los chamanes, que interpretan esa voluntad. En su día los dioses exigieron perseguir a Vázquez, y así lo hicieron los jefes. Luego se supo que era un red herring, y ahora los mismos jefes le dan una medalla. El Imperio romano primero mató a Cristo y luego se hizo cristiano. Ambas acciones, el castigo y el premio, son llevadas a cabo por las mismas personas, que hoy andan crucificando a nuevas Dolores Vázquez que en el futuro santificarán. Quienes ahora ponen medallitas en defensa de la homosexualidad en otra época firmaron condenitas. No  rehabilitan a Vázquez, que ya era inocente, sino que se apropian de su figura para exhibir su virtud ante la tribu. Como le dice Einstein a Oppenheimer al final de la película de Christopher Nolan:

Un día, cuando te hayan castigado suficiente, te darán una medalla. Harán discursitos y habrá cóctel. Te darán una palmada en la espalda y te dirán que todo está perdonado. Recuerda: no será para ti. Será para ellos.


Notas:
Las citas de René Girard son de El chivo expiatorio (1982).
Las descripciones de Dolores Vázquez en la prensa las tomo de La construcción de la lesbiana perversa, de Beatriz Gimeno (2008).

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Anónimo García es ultrarracionalista. Fundó el colectivo Homo Velamine.


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