Tecleo, luego existo

El uso de ciertas herramientas digitales está teniendo un impacto negativo en nuestra cognición: recordamos menos, gestionamos más datos. El aprendizaje ha cambiado, porque ¿qué significa adquirir conocimientos en un contexto donde recordar ya no es necesario?
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Nunca habíamos tenido tantas formas de conservar nuestra vida. Fotografiamos, anotamos, archivamos lo que nos ocurre. El pasado no desaparece: se acumula. Hoy se generan cantidades de información difíciles de imaginar –más de cien zettabytes al año–, impulsadas en gran medida por dispositivos que registran nuestro cotidiano de forma constante. Basta con pensar que un solo día de videos de TikTok equivale a 2 billones de libros o a 50 mil veces la información digital de la Biblioteca del Congreso de Estados Unidos, la más grande del mundo.

Toda nuestra acumulación virtual no es neutra. Se almacena en infraestructuras concretas como servidores, centros de datos, nubes digitales, que tienen dueños, costos y condiciones de acceso. Empresas como Apple o Google ofrecen apenas 10 o 15 gigabytes de almacenamiento gratuito. A partir de cierto punto, conservar la propia vida implica pagar, a veces hasta 60 dólares al mes. La memoria se privatiza. Y con ello, también se reconfigura quién puede recordar y en qué condiciones.

En ese sentido, la externalización de la memoria es también un fenómeno político. No se trata únicamente de dónde se guarda el pasado, sino de quién lo administra, bajo qué reglas y con qué costos. La memoria, como el conocimiento, entra en circuitos de propiedad, dependencia y exclusión. Si la memoria depende de infraestructuras privadas, su acceso deja de ser universal. No todos pueden pagar por almacenar indefinidamente sus archivos ni tampoco pueden sostener esa acumulación constante de datos que exige la vida digital. La promesa de no olvidar –tan celebrada por las tecnologías contemporáneas– descansa, en realidad, sobre una economía del almacenamiento.

No solo recordar ha dejado de ser una capacidad humana para convertirse en un privilegio: eso mismo está sucediendo con otros procesos cognitivos. La concentración se ha vuelto un lujo. Mary Harrington sugiere que la tecnología está creando otra forma de desigualdad: una desigualdad cognitiva. Los niños con menores recursos son quienes pasan más tiempo frente a las pantallas –cerca de dos horas más que los de familias con mayores ingresos–, lo cual puede estar afectando sus habilidades de intelección.

Hoy existe una tendencia a delegar procesos mentales en herramientas externas. La psicología cognitiva ha comenzado a describir este fenómeno como cognitive offloading: cuando sabemos que la información está disponible, la procesamos menos. No dejamos de pensar, pero desplazamos el esfuerzo: de recordar a buscar, de elaborar una idea a simplemente gestionar datos. Por eso, Cal Newport, investigador de informática en la Universidad de Georgetown, afirma que actualmente estamos enfrentando una crisis de salud que afecta a nuestras mentes: el uso de ciertas herramientas digitales está teniendo un impacto negativo en nuestra cognición.

Desde la óptica de Newport, un video de TikTok es, para nuestro intelecto, lo que la comida chatarra para nuestro cuerpo. Diversas investigaciones muestran lo nocivo que resulta nuestro uso en exceso de los entornos virtuales. Le han llamado “el cerebro online” a ese cúmulo de afectaciones al pensamiento crítico, la concentración, la lectura profunda, los procesos de memoria e, incluso, de cognición social. Aunque parece existir, al menos, un escenario alentador: hay quienes afirman que un proceso contrario ocurre con los adultos mayores, pues aquellos que presentan un deterioro cognitivo asociado al envejecimiento pueden beneficiarse de esa estimulación.

Es en la educación donde resulta muy visible la nueva relación con los datos y con la memoria. Diversos estudios en psicología del aprendizaje han mostrado que cuando los estudiantes saben que la información está disponible –en internet, en la nube, en un buscador– tienden a retenerla menos y a procesarla de manera más superficial. El aprendizaje se ha vuelto distinto: priorizan la localización sobre la comprensión, el acceso sobre la elaboración.

Esto plantea una pregunta: ¿qué significa aprender en un contexto donde recordar ya no es necesario? Si el conocimiento se reduce a la capacidad de acceder a los datos, la diferencia entre entender algo y poder encontrarlo empieza a desdibujarse. La educación, que durante siglos se apoyó en la memoria como base del pensamiento, se enfrenta ahora a una transformación silenciosa: enseñar ya no es solo transmitir contenidos, sino formar criterios en un entorno verdaderamente saturado de información.

La sospecha de que las tecnologías transforman la memoria no es nueva. En el Fedro, Platón pone en boca de Sócrates una advertencia sobre la escritura: al confiar en signos externos, los seres humanos dejarían de ejercitar su capacidad de memorizar. Hoy, en cambio, esa relación parece haber cambiado de escala. No solo delegamos la memoria: hemos dejado de ejercerla.

Lo veo, incluso, conmigo misma. Hay momentos que sé que viví, pero que ya no puedo recordar. No es que los haya olvidado del todo: algo en mí sabe que ocurrieron, pero no puedo acceder a ellos por cuenta propia. Lo único que los sostiene –o eso quiero creer– son las fotos guardadas en mi teléfono. Están ahí: ordenadas por fecha, geolocalizadas, disponibles. Puedo volver a ellas en cualquier momento. Y, sin embargo, al verlas, no siempre me evocan algo.

Una amiga recuerda con nitidez un viaje a Oaxaca que hicimos hace quince años. Nombra los chistes que repetíamos, el acento del guía, lo que comimos, el bar al que entramos… Yo la escucho y, conforme habla, algo empieza a reconstruirse. Las escenas adquieren contorno, cierta textura, incluso una emoción tenue. Pero no estaban ahí antes de que ella las dijera. No las llevaba conmigo.

Recordar y reconocer son capacidades diferentes. Recordar implica que algo del pasado persista en nosotros, incluso de forma fragmentaria, esperando emerger. Reconocer, en cambio, significa toparse con algo externo –una imagen, una palabra, una voz– y asentir: sí, eso ocurrió. Las fotografías, como los relatos de otros, pertenecen a lo segundo.

Es un hecho que nos estamos relacionando de otra manera con aquello que antes implicaba un esfuerzo. En otros tiempos recordar no suponía simplemente el acceder a cierta información, sino reconstruirla, habitarla, incluso deformarla. Hoy, la posibilidad de acudir a todo en cualquier momento vuelve innecesario ese trabajo.

En En busca del tiempo perdido, Marcel Proust describe una forma de memoria que no depende de la voluntad. Un sabor, un olor, un sonido bastan para que una escena entera del pasado regrese con una intensidad inesperada. Lo que aparece no es información, sino experiencia: no simplemente saber que algo ocurrió, sino sentirlo de nuevo. Esa memoria involuntaria introduce algo que el archivo no puede reproducir: la contingencia. El recuerdo no aparece cuando lo buscamos, sino cuando algo en el presente lo convoca. No responde a una lógica de eficiencia, sino de irrupción. En ese gesto, la memoria no solo conserva el pasado: lo reconfigura, lo vuelve a cargar de sentido.

Por eso, el archivo digital propone una relación distinta con el tiempo. El pasado ya no irrumpe: se consulta. Está disponible, organizado, listo para ser recuperado en cualquier momento. Pero esa disponibilidad tiene un costo silencioso: elimina la sorpresa, la demora, la resistencia que hacía del recuerdo una experiencia.

Lo que actualmente está en juego no es solo la memoria, sino la forma misma de pensar. Martín Caparrós recapitula que la palabra inteligencia proviene del latín: “inter y legere, que, juntos, tienen dos significados muy curiosos: puede ser elegir entre dos cosas o relacionarlas”. Durante mucho tiempo recordar fue una condición de la inteligencia: implicaba seleccionar, organizar, relacionar.

Pero hoy la inteligencia se desplaza a otro territorio: deja de medirse por la capacidad de pensar algo a fondo y empieza a evaluarse por la rapidez con la que encontramos y articulamos lo disponible. Saber ya no es tanto haber comprendido, sino poder movilizar información con eficacia.

El acto de pensar solía asociarse al hecho de superar cierta resistencia: había que probar y equivocarse. No siempre llegábamos a una respuesta definitiva, pero en ese proceso se construía algo propio. Con el uso de ciertas tecnologías hoy es posible ensamblar una respuesta convincente sin haber pasado del todo por ese recorrido. Tal vez el riesgo que enfrentamos en la actualidad no sea únicamente perder nuestra capacidad de la memoria, sino algo más difícil de advertir: acostumbrarnos a producir respuestas sin haber atravesado el camino que las hacía necesarias. ~


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