Entre otras mutaciones, violencias y cataclismos de la modernidad temprana, lo que pasó con la lengua española en aquellos años también fue notable. Con la llegada de los tres barquitos capitaneados por el genovés al otro lado del Atlántico, hubo necesidad de exprimir a fondo el lenguaje y forzar la máquina hasta el tope de sus revoluciones semánticas. Hacía falta nombrar criaturas y costumbres nunca vistas. Así como la retina se reduce ante el súbito aumento de luz, luego se acostumbra poco a poco y por último es capaz de enfocar de nuevo, algunas décadas tuvieron que pasar para que la lengua se adaptase y envolviese con naturalidad las realidades ignotas. Propongo el año de 1526 como el momento en que cristalizó a plenitud este esfuerzo expresivo, cuando salió de la imprenta, en letras góticas, el volumen llamado De la natural historia de las Indias, que Gonzalo Fernández de Oviedo escribió y dedicó al emperador Carlos, quinto de tal nombre.
Otros ha habido, dice Oviedo en el prólogo, que han ido a las Indias nada más por negocios, y como de pasada han recogido algunas observaciones sobre plantas y animales, pero yo, por temperamento e inclinación, he detenido la vista en la naturaleza americana, y la he hallado despampanante. No lo dice exactamente así, sin duda por carecer de pámpanos en sus categorías estéticas. Muchas otras categorías le faltaban, sobre todo zoológicas, y sin embargo nos dejó el retrato hablado de las especies perdidas del Arca de Noé. Algunas descripciones se leen como acertijos o adivinanzas, como esta que pongo a consideración del lector:
una manera de sierpes que en la vista son muy espantables, pero no hacen mal, ni está averiguado si son animal o pescado, porque andan en el agua y en los árboles y por tierra, y son mayores que conejos, y tienen la cola como lagarto, y la piel toda pintada, y por el cerro o espinazo unas espinas levantadas, y agudos dientes y colmillos, y un papo muy largo y ancho, que le cuelga desde la barba al pecho, que ni gime ni grita ni suena, y es de cuatro pies, y tiene las manos largas, y cumplidos los dedos, y uñas largas como de ave, pero flacas, y no de presa, y es muy mejor de comer que de ver.
Hay que ponerse en los zapatos de Oviedo e imaginar qué tipo de maromas lingüísticas daríamos nosotros para describir el armadillo, la zarigüeya, el tucán, el perezoso, el colibrí, el oso hormiguero, o para evocar el sabor del mamey, la papaya, el aguacate y el coco.
Una cosa es tomar de los taínos la palabra maíz y otra, más complicada, ofrecernos una reseña de cómo la gente preparaba el terreno, sembraba el grano-semilla, cuidaba las mazorcas, molía el cereal, preparaba la masa y comía las tortillas, y de cómo participaban en este ciclo hombres, mujeres y niños, y de la fecundidad de esta planta que era capaz de multiplicar una fanega de grano ochenta veces o más. Dándose cuenta de que el maíz y la yuca eran sustento primordial, Oviedo se esmeró en contar bien el cuento.
El caprichoso plumaje de los papagayos, dice Oviedo con humildad y sentido común, es más propio para el pincel del pintor que para la elocuencia del escritor. Por lo demás, agrega, no hace falta quemarse las pestañas para describirlos, puesto que él mismo llevó treinta ejemplares vivos a la corte imperial española, entre ellos varios muy hablantines, y junto con las aves llevó también muestras de productos agrícolas caribeños y, para rematar, seis indios caribes flecheros y seis indias mozas, como fieras de circo. No sabemos qué fue de ellos (me refiero a los indios, no a los papagayos), si probaron los churros, corrieron los sanfermines o murieron de nostalgia.
Nada impide imaginar que uno de ellos hubiese tenido vocación de cirquero, o de actor y juglar, y que anduviera con ganas de ver mundo cuando lo invitaron con muy malos modos, a punta de arcabuz, a subir al barco. Se llamaría Juan José, llegado a Hispaniola desde Zapotlán en la Nueva España, traído como repuesto porque se despoblaban las islas. ¿Y cómo fue que lo confundieron con un caribe flechero? Muy sencillo: a Juan José le fascinaba disfrazarse y hacer teatro. Se lo llevaron por argüendero.
No obstante su falta de educación formal, el joven le había tomado gusto a la lengua castellana, y esta inclinación, aunada a su desparpajo y locuacidad, cayó muy en gracia al susodicho emperador don Carlos, cuya cesárea voluntad fue llevarlo en su séquito a visitar las Europas. Las catedrales y palacios llamaron su atención, pero lo que lo dejó atónito fueron los zoológicos particulares donde los amigos del emperador guardaban especímenes asiáticos y africanos. Mundo nuevo, pensó Juan José, y se puso a escribir sobre la imposible criatura que llaman jirafa y el fabuloso envión que sería capaz de propinar un rinoceronte enfurecido. Y aunque el papel era caro y escaso, en la corte del emperador no le faltaron pliegos para ejercitarse en la escritura ni libros para entretenerse ni cortesanos platicadores para compartir lecturas. Entre sus volúmenes favoritos estaba el libro de Oviedo, que acabó siendo conocido como el Sumario de la natural historia de las Indias. Lo que Plinio fue para Oviedo, Oviedo fue para Juan José.
Paseando por Europa central, un día recalaron en el castillo de una condesa. Anfitriona inigualable, de las que en otro siglo hubiesen regentado un salón, la condesa solía traer animalejos del otro lado del Mediterráneo para impresionar a las visitas. Juan José quedó perplejo y casi mudo cuando, desde la veranda del castillo, vio un hipopótamo chapoteando en el Danubio. De inmediato se puso a buscar la combinación de frases y conceptos para evocar tan extraña y rotunda criatura.
Jubilado por la naturaleza y a falta de pantano a su medida, el hipopótamo se sumerge en el hastío. Potentado biológico, ya no tiene qué hacer junto al pájaro, la flor y la gacela. Se aburre enormemente y se queda dormido a la orilla de su charco, como un borracho junto a la copa vacía, envuelto en su capote colosal. Buey neumático, sueña que pace otra vez las praderas sumergidas en el remanso, o que sus toneladas flotan plácidas entre nenúfares. De vez en cuando se remueve y resopla, pero vuelve a caer en la catatonia de su estupor. Y si bosteza, las mandíbulas informes añoran y devoran largas etapas de tiempo abolido.
Empezaba a concebirse a sí mismo como artista, sin duda, puesto que vaciló un momento al considerar que en los círculos cultos de las Américas lo acusarían de exotismo. “Que piensen lo que quieran”, dijo para sus adentros, “me importa un cacahuate”, y se levantó a buscar algo entre sus libros. Quería ver si Oviedo había explicado cómo se obtiene y a qué sabe la semilla del cacahuate, a la que sus compadres, los caribes flecheros, se referían con el curioso nombre de maní. ~