Los monjes no podían salir del recinto o de este folio.
Según las instrucciones, para que hubiera vida bastaba con que los elementos –rayas, puntos, manchas–, mantuvieran una cierta disposición.
Los santones indicaban por señas que no podían salir pero las tapias del antiguo convento, excepto algunos trozos que simulaban muralla, eran abstractas. Llegó a pensar que los propios monjes tenían algún impedimento neuronal para salir, porque las gallinas iban y venían por todo.
También podía deberse a que había comprado un rotulador o bolígrafo que siendo de punta muy fina se deslizaba sin sentir y la tinta fluía casi sola; había que tener cuidado de no apoyar el boli en un punto o una letra porque se impregnaba el papel y los monjes desaparecían, quizá porque ante las manchas fortuitas se ponían de perfil.
También había visto a algunos acólitos ensayar romerías o recreaciones efímeras, pues los fámulos franqueaban los límites imaginarios con la misma libertad que las gallinas.
Pensó que, si aceptaba el mundo plano y se entregaba sin prejuicios a las dos dimensiones los santones, perderían el miedo al bulto y podría departir con ellos.
Una ecuación predice que si en una capa muy fina de grafeno se giran los átomos 0,1° surge un material con tantas propiedades que parece milagroso. Esto le inyectaba ánimos para sacudirse los prejuicios y hábitos de las tres dimensiones, que no era fácil. Y así fue. Ellos enseguida percibieron el cambio y acertaron a salir del recinto, lo que propició un tímido encuentro (aunque persistía la sensación de vivir en un párrafo del libro Metazoa. Presencias faunísticas, de Francisco Ferrer Lerín).
Al acercarse veo que son presencias altísimas y tan delgadas que parece que las sostiene la túnica, apenas un aura traslúcida bajo la que no se aprecia el cuerpo. Y flotan o levitan, aunque aquí eso sería irrelevante, porque al no haber altura no habría gravedad. Esto es lo que dicen estas bellísimas criaturas angélicas [resumen editado]:
–Somos personajes a medio hacer de una novela que nunca pasa de las primeras páginas; es un limbo que al principio se nos hacía insufrible, pero al que, con el tiempo, nos hemos acostumbrado.
–¿Pero aquí hay tiempo?
–Haya o no haya intentamos aproximar nuestro mundo al suyo para entendernos. En nuestros buenos momentos solo había eternidad.
–Y esa levedad… es como si flotaran.
–Fuimos personas normales hasta que nos captaron para una comunidad en la que, a fuerza de eliminar los deseos, la alimentación y otras muchas costumbres de la especie, alcanzamos cierta ingravidez que las gentes del entorno y el servicio aceptaban como una forma de santidad o, al menos, de elevación espiritual… Al aburrirse los mecenas, todo se deterioró y nos destinaron a animar festividades… y como atracción de feria.
–Vaya, lo siento.
–No, si estuvo bien, aunque ahora estamos algo perdidas.
–¿Por qué?
–En esos oficios mundanos cedimos al cuerpo y perdimos la fuerza interior, el halo.
–No lo parece.
–Si nos hubiera visto antes…
–Y esas túnicas…
–Vienen de la artista bohemia y cuidadora de gatos Julieta Always, que al parecer nació con el velo, la bolsa amniótica, que en aquel tiempo se consideraba un buen presagio.
–¿Julieta…?
–Always. Puede leer su vida en el libro Julia Aguilar, Always (1899-1979). Rebelde y artista, de Antonio Abarca Anoro y Antonio Buil Sillés, publicado en Barbastro en 2014, y reeditado en 2026, ambos con reproducciones en color de muchos de sus cuadros.
–Always…
–Julieta estuvo en París y cuando volvió a Barbastro vivió en el palacio de los hermanos Argensola, que luego fue derribado. En uno de sus cuadros aparece el gurú norteamericano Krishna Venta con el que la artista, según decía, tuvo buena relación, y al que llamaba “mi Krisnita”; lo pintó en compañía de los toreros Joselito y Antonio Bienvenida, y con el barman Pedro Chicote, al que también frecuentó Julieta en Madrid.
–¿Y esto qué tiene que ver con ustedes?
–Deducimos, por los papeles que hemos podido consultar, que son los mismos en los que departimos ahora con usted, que el gurú Krishna Venta, Krisnita, cuyo nombre era Francis Herman Pencovic (1911-1958), y que fundó una secta religiosa en California, fue el que propició, ya desde otra dimensión, nuestra cofradía y nos puso en marcha. Las túnicas por las que pregunta usted serían el velo que trajo Julieta al nacer.
–¿El velo de una recién nacida ha dado para tantas túnicas?
–El velo de Julieta Always nunca se agota, es el velo de Isis, ¿entiende?
–Ya, ya.
–Julieta, que se bañaba desnuda en el río Vero en los años cuarenta, vivía sin recursos, repartía periódicos y dulzura, y siempre iba con sus gatos… era una mujer muy espiritual, y está a menudo en nosotras.
–Y dice que ustedes son personajes a medio hacer…
–Cuando se alcanza una mínima conciencia, que nosotras tuvimos y ya casi hemos perdido, se ve que todos podemos compartir ese estado, ya sea en dos, en tres o en otras dimensiones. Como ve, una vez que se admite la variedad, somos compatibles… incluso, diría, intercambiables… De hecho, usted se ha vuelto plana para hablar con nosotras. El texto y los números, son 2D.
–¿Y podré volver a ser de bulto redondo?
–Le sugerimos que lea el artículo de Ángel Luis Fernández Recuero en Jot Down titulado “La campana de Dios es un operador hermítico”, está en la web.
–Disculpe, usted me recuerda a David Bowie…
–Soy David Bowie… lea el librito de David Francisco David Bowie y el espíritu oculto.
–Gracias, ¿nos veremos?
–Siempre. ~