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El futuro que se escapa. Neoliberalismo y populismo en el México del siglo XXI

Ciro Murayama

Ariel

Ciudad de México, 2025, 312 pp.

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En El futuro que se escapa, Ciro Murayama acomete una tarea ambiciosa: dar cuenta de la evolución política y económica de México de los últimos veinticinco años. Lo hace desde una perspectiva que no se asume con frecuencia en los análisis académicos de la realidad mexicana: intenta establecer los puentes y los vasos comunicantes entre economía y política que son indispensables para entender ambas esferas de la vida nacional en un plano que trasciende los límites propios de cada disciplina. Aporta argumentos del ámbito de la economía para explicar la evolución política y argumentos vinculados a la política para contribuir a la comprehensión de la economía. Este es un camino de reflexión –el de la verdadera economía política– que deberíamos seguir quienes nos ocupamos en pensar el desarrollo del país.

Al despuntar el siglo las perspectivas de México difícilmente podían ser más favorables. Se había recuperado la estabilidad macroeconómica y con la entrada en vigor del TLCAN el país se estaba convirtiendo en una potencia exportadora de manufacturas. Además, como señala Murayama, la demografía era particularmente conveniente, porque había cada vez más personas en edad de trabajar y menos personas dependientes de aquellas. Y no solo en la economía soplaban vientos favorables: en el año 2000 asistíamos a la novedad democrática de la alternancia y el pluralismo.

Veinticinco años después el panorama, dice Murayama, es ominoso. La construcción democrática fue revertida y hemos llegado al punto “en que ya no prevalece un sistema constitucional democrático”. La economía en este cuarto de siglo de crecimiento mínimo ha sido incapaz de generar bienestar. El PIB por habitante apenas ha crecido en medio punto porcentual al año y eso gracias a que cada vez más mexicanos, como porcentaje de la población, trabajan. La desigualdad y la pobreza siguen marcando al país. La informalidad caracteriza a más de la mitad de las ocupaciones en el país –a pesar de la válvula de escape de la emigración– y la inseguridad campea en buena parte del territorio.

Murayama hace dos pertinentes advertencias. La primera es que los pobres resultados económicos y políticos no son atribuibles a agentes externos sino producto “de acciones y omisiones propias”. La segunda es que debemos evitar el maniqueísmo del debate actual, pues ni todo lo hecho por los gobiernos de uno u otro signo estuvo mal, ni podemos caer “en la celebración autocomplaciente”. Es necesario, entonces, un corte de caja de los aciertos, errores y omisiones de estas décadas.

Entre los logros del periodo se cuenta, sin lugar a duda, la llegada de la democracia y el pluralismo, hoy bajo asedio. Frente a quienes critican a la transición democrática por concebir a la democracia como una cuestión “meramente” electoral, Murayama nos advierte que la democratización no se agotó en ese terreno: “Se logró tener gobiernos democráticamente electos, pero también acotados en términos democráticos: con poderes legislativo y judicial no subordinados y nuevas instituciones autónomas –las electorales, pero también las encargadas de la protección no jurisdiccional de los derechos humanos, de la transparencia y el acceso a la información, entre otras– diseñadas para garantizar los derechos fundamentales y eliminar la discrecionalidad y el abuso del poder presidencial.” Apunta también que esto contribuyó a separar el gobierno del Estado y al partido oficial del gobierno, lo que, junto con la dependencia de los otros poderes frente al ejecutivo, estaba en la base del autoritarismo mexicano.

En la economía destacan dos logros de primera importancia. En primer lugar, el mantenimiento de la estabilidad macroeconómica y, en segundo, el cambio estructural que permitió a México pasar de ser una economía cerrada y especializada en la exportación de materias primas a convertirse en una economía abierta y especializada en la exportación de productos industriales de cada vez mayor contenido tecnológico.

Pero frente a los aciertos pesaron más los errores y las omisiones. El cambio estructural en un contexto de estabilidad macroeconómica no alcanzó a detonar el crecimiento que esperaban los impulsores de las reformas estructurales. Esa falta de crecimiento impidió aprovechar el bono demográfico. La economía mexicana fue incapaz de incorporar a la creciente población en edad de trabajar a empleos con alta productividad y mejores salarios. La informalidad persistió y, en consecuencia, la productividad promedio se estancó y con ella el ingreso medio de los trabajadores. Ahí se encuentra buena parte de la explicación de la mala distribución del ingreso y de la pobreza.

La democratización, así, no se vio acompañada de niveles de bienestar crecientes a pesar de los modestos avances recientes. Como dice Murayama, “el neoliberalismo alejó a México del bienestar; el populismo destruyó la democracia constitucional. El neoliberalismo significó el fracaso social de la democracia; el populismo consumó el crimen autoritario contra la democracia”.

Los gobiernos de tres partidos con ideologías de origen distintas han mantenido la misma política económica. En los tres casos persiste la idea de que la política macroeconómica es la correcta en tanto ha logrado mantener los equilibrios básicos. Murayama muestra cómo la forma específica que adoptó la política macroeconómica, con políticas fiscal y monetaria procíclicas, tiende a reducir el crecimiento. Pero también persiste una concepción general de la intervención del Estado que, salvo por la obsesión de este y el anterior gobierno con el sector energético, desdeña la política industrial. Esto implica renunciar a una política de inversión pública activa que genere condiciones de rentabilidad creciente para la inversión privada en los sectores que podrían detonar el desarrollo.

La baja inversión pública, que se encuentra en sus niveles más bajos históricamente, tiene su origen en la penuria fiscal del Estado. Con los niveles de ingresos públicos que tiene México es imposible invertir en infraestructura –social y económica– y al mismo tiempo mantener las finanzas públicas en orden. Como concluye el libro: “El principal problema económico de México, su bajo crecimiento, se debe a la renuncia política de incrementar los impuestos […] Así puede decirse que el mayor problema económico del país tiene un origen político. A la vez, el deterioro del sistema democrático se nutrió del desencanto producido por los magros resultados económicos de dos décadas de vida democrática: el problema político tiene una raíz económica.”

Esperemos que la frase que da título al libro deje de ser cierta en el segundo cuarto del siglo. Que lo sea dependerá de lo que hagan los actores políticos, las élites económicas y la sociedad; para tener éxito, sin embargo, deberán abandonar los dogmas económicos y las prácticas populistas que bien ilustra Murayama. ~


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