Lecciones de la historia. ¿Podemos aprender de nuestro pasado?

Edgar Morin

Traducción por Traducción de Juan Vivanco Gefaell

Taurus

Madrid, 2025, 136 pp

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Se supone que aprendemos del pasado. Se supone que sabemos que el que no conoce la Historia está condenado a repetirla. Sabemos estas cosas y muchas más y una y otra vez volvemos a tropezar con las mismas piedras, o con otras muy parecidas. No aprendemos, somos humanos, falibles, dados a creer en fantasías, en ideologías y mitos. Sabemos, por ejemplo, que la Historia no sigue un guion preestablecido, que no existen las leyes históricas, que el camino está lleno de imprevistos, de desviaciones e incluso de regresiones. El camino de la marcha humana. No vamos “hacia adelante”. ¿Qué es “adelante”? ¿Un lugar sin hambre, sin enfermedades, sin sufrimiento? Ese lugar no existe y sin embargo caminamos hacia allá confiados, fingimos no estar extraviados, creemos que la brújula del progreso nos orienta. No nos gusta pensar que la Tierra gira en el espacio a gran velocidad hacia ninguna parte. Debemos dirigirnos hacia algún lado, de otro modo ¿para qué pago la hipoteca? ¿Para qué me sacrifico y ahorro? En medio de este desconcierto lo más sensato es voltear hacia los más sabios e interrogarlos.

Tengo frente a mí a uno de los más sabios, un hombre de ciento cuatro años que lo ha visto todo. Cuando nació (en París, en 1921) su apellido era Nahoum, que luego cambió a Morin. Estudió derecho, filosofía, sociología y ciencias políticas. Se interesó en la ciencia y la historia. Le gusta hablar de su identidad plural y del pensamiento complejo. Proviene de una familia judía sefardí. Es culturalmente europeo. Su libro más reciente, culminación de una amplia bibliografía, lo tituló Lecciones de la Historia. Si fuéramos sensatos acudiríamos a él cargados de preguntas en busca de algunas respuestas. Pero lo que dice incomoda. Su sabiduría es inquietante. Habla de la Historia. Ha sido testigo de muchas guerras y tratados de paz. Ha estudiado una enorme multitud de teorías. Y nos dice: lo que la Historia muestra es orden y desorden, determinismo y azar. La Historia es reveladora del genio y la estupidez. El progreso material no va acompañado del progreso moral. La Historia arroja luz sobre la naturaleza del hombre, una mezcla de razón y locura, de técnica y mito, de civilización y barbarie. No nos guía solo la razón, también la imaginación, el mito y la religión. Lo que podemos esperar del futuro es lo inesperado.

Tiene Edgar Morin ciento cuatro años, es anciano y sabio. Es anciano en un tiempo, el nuestro, que desprecia a los viejos. En las redes sociales es uno de los insultos más socorridos. Nadie quiere envejecer, hay una industria cosmética multimillonaria que vive de ese anhelo, abundan los gimnasios, las dietas saludables, las arrugas se viven como tragedias. Probablemente se estigmatiza la vejez porque nunca como ahora la vida se ha prolongado tanto. Antes la gente moría más joven y dejaba el espacio a las nuevas generaciones. Ahora los viejos quieren seguir activos, trabajando, escribiendo. Lo que cabe entonces es el insulto: ¡viejo! Adolfo Bioy Casares inventó una novela en la que, sin razón mediante, los jóvenes se dedican a cazar a los viejos y los apalean hasta la muerte. Los viejos se esconden. Es el Diario de la guerra del cerdo. Aun no llegamos a tanto. Una élite tecnocrática californiana ha lanzado con éxito la idea de que la técnica y el progreso pueden depararnos un futuro promisorio. Su ideología promete inmortalidad, “una sociedad perfecta regulada por la inteligencia artificial y la continuación de la aventura humana en planetas colonizados”. El transhumanismo ha devenido en poshumanismo. Ese futuro, claro, no es para todos, habrá que eliminar a gran parte de la humanidad o permitir que siga vegetando en un mundo contaminado y gris. El progreso, señala Edgar Morin, “lleva en sí mismo una mancha oscura o un agujero negro”.

Esto no es algo nuevo. En la antigüedad remota los hombres inventaron la flecha y la lanza para cazar, pero muy pronto utilizaron esos instrumentos para hacer la guerra a sus semejantes. “Homo faber trabajó para homo demens”, sentencia Morin. Más tarde dejaron atrás el nomadismo, se hicieron sedentarios e inventaron la agricultura. Las cosechas acumuladas fueron asediadas por los nómadas depredadores. Para protegerse consintieron que hombres armados los cuidaran pero no tardaron en ser sometidos por ellos. Así surgieron los jefes poderosos, algunas veces estos pueden ser creadores o transformadores, “pero otras veces pueden ser mitómanos o megalómanos”. El poder, dice Edgar Morin, “propicia la venganza y las matanzas, pero también la magnanimidad y el perdón”.

La ciencia y el progreso, panaceas positivistas, se ven ahora como fuentes de graves desequilibrios ecológicos. La ciencia y la técnica se usan para fabricar armas más letales y sofisticados mecanismos de espionaje y control. Nada indica que el hombre hoy sea mejor que hace 5 mil años.

¿Podemos aprender de nuestro pasado?, se pregunta Morin desde el subtítulo de su libro. Por lo que se ve, no. Seguimos dominados por las ideologías, la violencia y la guerra, que parecen horizontes permanentes. La democracia ha perdido fuelle y su lugar lo ocupa un autoritarismo descarado por el cual la gente vota. “Asimilé –nos dice Morin– la idea de Adorno y Horkheimer de que la razón podía ser el instrumento de una actividad no solo irracional sino también demente.”

Las ideas pueden ser tan poderosas y nocivas como los dioses más sanguinarios. Una idea noble, como el comunismo, derivó en la muerte de decenas de millones de personas. La opresión y la guerra parecen ser inherentes al ser humano. El hombre creó a los dioses y en su nombre se han desatado guerras atroces, persecución de heterodoxos, inquisiciones y cruzadas. Creamos dioses creadores que nos destruyen. Se mata en nombre de dioses e ideas. La ciencia ayuda a vivir mejor y contribuye a destruir la naturaleza.

Son muchas y muy varias las lecciones que pueden extraerse de este breve y sustancioso libro de Edgar Morin. Apunto dos de ellas: “Se ha producido una especie de industrialización de la vida y se ha olvidado la afectividad, la felicidad, la desdicha, la alegría, la tristeza, es decir, las realidades humanas esenciales.” Y la segunda: “El progreso de la civilización occidental entraña un retroceso de las solidaridades y las comunidades y un aumento del egoísmo.”

No sabemos qué nos depara el futuro. El porvenir es incierto. La nuestra sigue siendo la aventura humana. Y como tal, es riesgosa, impredecible, emocionante, fascinante y compleja.

El sabio Edgar Morin, a sus ciento cuatro años, con un libro cargado de viejas verdades, nos ha vuelto a sorprender. ~


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