Berlín en guerra

‘Stay alive’, de Ian Buruma, es una carta de amor a Berlín y a su manera de convivir con un pasado particularmente traumático: también es un libro muy bien investigado y construido.
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Stay alive, el libro más reciente de Ian Buruma (Países Bajos, 1951), puede verse como la combinación de dos proyectos. Por una parte, enlaza con trabajos anteriores que ha escrito sobre la Segunda Guerra Mundial y nuestra relación con el pasado, en Asia y en Europa. A esa línea pertenecen El precio de la culpa, Año cero. Historia de 1945 o Collaborators, que entrelazaba la peripecia de tres colaboracionistas. En este caso, sigue la Segunda Guerra Mundial en Berlín: Bleiben Sie übrig, “siga con vida”, era una despedida común en la capital en esos años.

Pero Stay alive también tiene que ver, al menos como punto de partida, con la memoria familiar, que Buruma exploró en Their promised land. My grandparents in love and war. El padre del autor, Leo, era un ciudadano holandés que estudiaba Derecho en la Alemania ocupada. Los nazis exigían un juramento de lealtad a los jóvenes holandeses; Leo, como muchos otros, no lo firmó y pasó a la clandestinidad. Por razones que nunca estuvieron del todo claras, un amigo de la resistencia le dijo que acudiera a su localidad natal. Allí lo fue a recoger su padre a la estación; pronto los detectó la policía. Leo se vio obligado a elegir entre trabajar para el enemigo (que estaba corto de mano de obra) o que él y su padre fueran detenidos. Así, estuvo en la capital alemana entre el 43 y el 45.

Buruma dice que se ha escrito mucho sobre el Berlín de la República de Weimar, pero bastante menos sobre los años de la guerra en la ciudad, cuando “la catástrofe que los nazis habían puesto en movimiento alcanzó su clímax”. Quizá, conjetura, se deba al temor de autores liberales alemanes a dar una sensación de “autocompasión nacional”. La mayoría de quienes permanecieron en Berlín no eran “ni cínicos ni matones ni fanáticos ideológicos; simplemente se conformaban”. La advertencia que pueden contener las páginas, sostiene Buruma, no trata de la capacidad humana para la cobardía o la valentía (aunque también están ahí), sino de “la tentación de mirar hacia otro lado”.

Buruma estructura el libro en secciones anuales divididas en capítulos breves, que van desde el comienzo de la guerra, con la propaganda antipolaca y los intentos por minimizar las dificultades, hasta el final terrible, con la ciudad destruida y conquistada por el Ejército Rojo, pasando por prohibiciones y racionamientos, reclutamientos y captura de “derrotistas”. Es un ensayo polifónico, una especie de mosaico que recoge textos periodísticos, fragmentos de diarios, cartas, memorias y entrevistas de multitud de personajes. Algunos son célebres, como Joseph Goebbels, ministro nazi de Propaganda y Gauleiter de Berlín. Aparece con bastante frecuencia el periodista estadounidense William Shirer. Entre los personajes más inolvidables del libro está el escritor censurado por los nazis Erich Kästner; la heroica Ruth Andreas-Friedrich (que, con su marido Leo Borchard, ayudó a judíos amenazados con la deportación); el guitarrista medio judío y trasladado al campo de concentración de Theresienstadt Coco Schumann (que se unió a una banda de jazz llamada los Ghetto Swingers y que se había librado de una detención a base de cuajo y engañar con la verdad, diciéndole a un agente de las ss: “Deberías arrestarme, soy judío y encima menor”), o Helmuth von Moltke, patriota y conservador, parte de la oposición a los nazis, que fue ejecutado en enero de 1945.

Berlín no había sido una ciudad querida por los nazis; más bien representaba un conjunto de valores contrarios a los suyos. Además albergaba una gran población judía: unos 90.000 al principio de la guerra. Había una estratificación: era peor ser judío que eslavo, ser eslavo era peor que ser latino, y latino peor que ario. Los judíos de Berlín (divididos en categorías tan delirantes como siniestras), que sufrieron un tratamiento brutal, se consideraban alemanes y estaban totalmente integrados. Entre ellos había algunos que participaron en la Primera Guerra Mundial; muchos eran patriotas. Los apartaron primero a zonas separadas y luego los fueron deportando. Algunos trataron de pasar a la clandestinidad: de ellos, solo unos 2.000 sobrevivieron al final de la guerra.

Aunque Buruma cuenta con maestría casos de suprema mezquindad y heroísmo admirable, muchas personas se mueven en una especie de zona gris, con contradicciones, vacilaciones y áreas de incertidumbre. Según él, un Estado criminal como el nazi corrompe a todo el mundo. Se está siempre negociando, haciendo concesiones. Las relaciones humanas se vuelven transaccionales; más todavía en un contexto de privación. El sexo servía para obtener seguridad, protección o simplemente comida. A los judíos clandestinos, señala Buruma, les beneficiaba ser jóvenes, estar sanos y ser físicamente atractivos: era algo con lo que siempre podías negociar. Algunas alemanas trataron de hacerse “novias” de un militar soviético que las había agredido para evitar que otros soldados las violaran. (Más de 100.000 mujeres y niñas fueron violadas en Berlín por soldados soviéticos.)

Buruma habla de la propaganda grandilocuente y de la publicidad inverosímil, y reproduce chistes que a veces funcionan como epígrafes y revelan una realidad opuesta. Que te oyeran uno de esos chistes, como les pasó al caricaturista E. O. Plauen y al periodista y autor de canciones Erich Knauf, era peligroso: Knauf fue decapitado por “denigrar al Führer” y “socavar la moral militar”; Plauen se suicidó en su celda el día anterior a la ejecución.

Los estadounidenses, y sobre todo los británicos, pensaban que la dureza de los bombardeos aéreos desmoralizaría a la población, según Buruma, como habían pensado los alemanes de los bombardeos de Londres. No funcionó en ninguno de los dos casos: ese sufrimiento de la población civil no resquebrajó el ánimo, sino que generó un espíritu de resistencia. A veces un país aliado bombardeaba de noche y otro durante el día; la capital sufrió cientos de ataques aéreos. El libro es particularmente bueno en la descripción de cómo se destruye una ciudad, en los cambios de ánimo de la población, y también a la hora de mostrar cómo muchas cosas continuaban de manera inverosímil: por ejemplo, la vida cultural.

Buruma analiza películas, desde obras virulentamente antisemitas como Jud Süß a fantasías como Las aventuras del barón Münchhausen. Muestra tensiones entre los que se quedan y los que se van: se odian unos a otros.

Stay alive está lleno de historias y personajes, de momentos conmovedores y anécdotas horripilantes. En ese mundo cada vez más infernal seguían existiendo los restaurantes, los partidos de fútbol y los conciertos, a veces con música de imitación estadounidense, porque el jazz atraía a los jóvenes aunque era detestado por el régimen. Aparecen Wannsee, donde se diseñó la Solución Final, y las exposiciones de propaganda, como la del Paraíso Comunista, rápidamente parodiada. Y cobra una importancia llamativa el zoo de Berlín. La periodista Ursula von Kardorff inspeccionaba la ciudad tras un bombardeo. Veía iglesias y restaurantes en llamas, y el zoo dañado, con muchos animales muertos o huidos. “Es una sensación extraña pensar que puede aparecer un tigre de repente”, anotaba; una bomba había caído en el acuario y se decía que se veían serpientes y cocodrilos en los canales.

Abundan las paradojas. Por supuesto, la principal es el esfuerzo de tantos por no ver lo que otros, sin embargo, sí sabían: que se estaba exterminando a los judíos; Anne Frank, encerrada en un ático, lo sabía. Pero no es la única: Leo Buruma es un joven de provincias y Berlín es, a fin de cuentas, la primera metrópolis que conoce, donde acude a un concierto de la Filarmónica y prueba comida china por primera vez.

De esa manera, un tanto azarosa, descubre una gran ciudad y entabla relaciones con personas atrapadas allí, como una chica ucraniana o una familia que lo recibe a menudo. No va a Berlín por voluntad propia, pero a lo largo de su vida siente incomodidad por haber estado allí y por haber trabajado para el enemigo. Como otros personajes del libro, salva la vida in extremis. Dice Buruma que Stay alive es una carta de amor a Berlín y a su manera de convivir con un pasado particularmente traumático: también es un libro muy bien investigado y construido, una especie de collage humano y fascinante, con un gran sentido del ritmo y una admirable capacidad para apreciar los claroscuros. ~


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