Casa Rorty LXIV: Filosofía de los espacios infinitos

El cosmos proporciona una experiencia estética que nos abruma sin remedio. Cuidemos mientras tanto de la pequeña caverna en la que nos ha tocado vivir.
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Hace menos de un mes que los astronautas enviados por la NASA a la luna en el marco de la misión Artemis II completaron con éxito su paseo espacial y ya nadie habla de ello: el agujero negro de la actualidad parece haberse tragado a los tripulantes de la nave Orión. Y no será porque la expedición careciera de novedades: ninguna misión tripulada había llegado jamás tan lejos ni los ojos humanos habían contemplado antes esa cara oculta de la luna con la que tanto han fantaseado nuestras culturas; durante los cuarenta minutos que llevó a la nave sobrevolarla, de hecho, los tripulantes permanecieron incomunicados. Pero es como si nos hubiéramos olvidado ya del asunto; la actividad rutinaria de la Estación Espacial Internacional ha terminado por normalizar la presencia humana más allá de la atmósfera y acaso un simple paseo alrededor de la luna –pese a su complejidad técnica– no baste para impresionarnos. Y quizá haya buenas razones para ello.

A nadie sorprenderá que el estupendo Manual de escapología de Antonio Pau, publicado un año antes de que la pandemia nos encerrase en casa e impidiese cualquier huida durante un tiempo, se limite a catalogar las posibilidades de la fuga terrenal: el espacio exterior no figura entre los destinos posibles del individuo que se decide a cambiar su vida. Tampoco Peter Sloterdijk, en el libro donde explora las prácticas mediante las cuales podemos y aun hemos de “cambiar nuestra vida” siguiendo el verso de Rilke, toma en consideración la frontera espacial como una que el ser humano pueda todavía conquistar. Por el contrario, el filósofo alemán considera probado que la llamada “sociedad planetaria” ya ha alcanzado su limes: la Tierra se nos aparece de una vez por todas, incluidos sus frágiles sistemas naturales, como “el escenario común y limitado de las operaciones humanas”. A diferencia de lo que sucedía en los años sesenta, cuando la competencia entre los Estados Unidos y la URSS alimentó la imaginación de generaciones enteras, hemos dejado de creer en el espacio exterior como lugar donde dar continuidad a las peripecias de nuestra singular especie.

Y no han faltado comentaristas que vinculan el abandono de las misiones espaciales con la sensación de decadencia –o retroceso– que hoy dominaría la cultura occidental, como demuestra el pavor con el que muchos contemplan la difusión de la inteligencia artificial. Seguramente aquel viejo optimismo llegase a su fin el 28 de enero de 1986, cuando el transbordador Challenger explotó en pleno despegue causando la muerte de sus siete tripulantes; catorce años después, fue el velocísimo Concorde el que sufrió el mismo destino y ni siquiera los vuelos alrededor del globo podían ya reclamar para sí aires futuristas. Para nuestro Sánchez Ferlosio, el accidente de Cabo Cañaveral vino a confirmar que la carrera espacial solo era un empeño anticientífico –por su falta de modestia– movido por una “actitud deportiva” que el propio nombre de la nave –desafiante o desafiador– ponía de manifiesto. A diferencia de los protagonistas de la maravillosa Frau im Mond, última película muda de Fritz Lang estrenada en octubre de 1929, nadie ha buscado jamás oro en la luna y la ciencia no parece haber encontrado nada relevante en el poético satélite. A la vista de los aparatosos trajes que los astronautas se ven obligados a llevar para caminar sobre su superficie, la conclusión a la que llega Ferlosio se antoja razonable y él mismo sugiere que de ahí proviene la resistencia popular a creer que alguna vez hayamos llegado tan lejos:

La luna es inhumana, y los hombres pueden alcanzarla tan solo en la misma medida en la que se mantengan apartados de ella. […] Si te pones un guante de goma y luego metes la mano en sosa cáustica, no puedes decir que has tocado sosa cáustica.

Autopercepción planetaria

Era por ello inevitable que el agotamiento de la carrera espacial –que es sobre todo el encontronazo con sus propios límites– terminase convergiendo con la inquietud por el estado del planeta que sí podemos habitar y venimos habitando desde hace miles de años. Nadie ignora tampoco el influjo que las imágenes de la Tierra enviadas desde las naves y sondas espaciales han tenido sobre nuestra autopercepción planetaria; si las nuevas técnicas de visualización a larga distancia constituyeron la premisa tecnológica de la Revolución Copernicana, permitiendo a los seres humanos mirar lo que nuestros ojos apenas podían adivinar cuando se levantaban hacia el cielo, han sido las imágenes del planeta enviadas desde ese mismo espacio exterior las que nos han forzado a ver la Tierra de una manera diferente. Pensemos en la célebre instantánea enviada por la nave Apolo 17 en diciembre de 1972, denominada blue marble o “canica azul”, que mostró a la Tierra en cósmica soledad: una entidad única sin fronteras ni signos visibles de actividad humana. Y lo mismo se puede decir de la conocida fotografía del planeta tomada por la sonda Voyager en febrero de 1990 desde la distancia inconcebible de seis mil millones de kilómetros: la Tierra es un “punto azul pálido” –nombre oficioso de la imagen– que parece flotar a la deriva en la inmensidad cósmica. Para Carl Sagan, su significado es claro:

La suma de todas nuestras alegrías y sufrimientos, miles de religiones, ideologías y doctrinas económicas, cada cazador y recolector, cada héroe y cobarde, cada creador y destructor de civilizaciones, cada rey y campesino, cada joven pareja enamorada, cada niño esperanzado, cada madre y padre, cada inventor y explorador, cada maestro de la moral, cada político corrupto, cada superestrella, cada líder supremo, cada santo y pecador en la historia de nuestra especie, vivía allí –en una mota de polvo suspendida en un rayo de sol.

De ahí que Gravity, la película de Alfonso Cuarón, fuese unánimemente interpretada tras su estreno en 2013 –entre otros por Slavoj Žižek– en un sentido ferlosiano: el accidentado regreso a la Tierra de la astronauta interpretada por Sandra Bullock sería un recordatorio de que este viejo planeta es lo único que tenemos. ¡No hay salida! Los primeros pasos de la viajera que ha logrado regresar a la Tierra adquieren en la película tintes aurorales; sus pasos sobre el cieno evocan los de una especie que se abre camino en el interior de un mundo más hospitalario que sus alternativas. También Marte, la película de Ridley Scott, llega a una conclusión parecida: como en casa, en ningún sitio. Y ni siquiera ese artificiero llamado Christopher Nolan logró persuadirnos de lo contrario con Interstellar, donde la conquista humana del espacio es el resultado final de una peripecia inverosímil que solo el amor de un padre por su hija logra llevar a buen término. That’s entertainment!

La Tierra como caverna

Si retomamos la imagen de la caverna que Hans Blumenberg propuso como metáfora esencial para entender la existencia humana, bien podríamos decir que la Tierra se ha convertido ella misma en una caverna que no podemos abandonar. Decía el pensador alemán que la caverna primitiva era un lugar donde se concentraba la atención de los homínidos, mientras que esta última se dispersaba en la sabana o la selva primigenia; solo en la caverna, a la que puede entrarse apenas por una abertura fácilmente vigilable, pudo el hombre primitivo dormir un sueño protegido de las amenazas mundanas. Es en la caverna donde se sueña y donde se fantasea con nuevas posibilidades de supervivencia, pues no en vano está desprovista de unos víveres que es necesario buscar fuera de ella. De ahí no resulta la primacía excluyente de los cazadores, sino la protección de quienes siendo demasiado débiles para la caza “compensan” su debilidad con otras competencias:

El excluido de la caza se convierte en soñador, cuentista, bufón, imaginero o mimo, para enriquecer los tiempos hasta entonces muertos de los hambrientos de vida, los períodos de oscuridad, enfermedad, vejez o pérdida de aptitudes en los que, de pura tristeza por la parte perdida en el consenso de la horda, no serían capaces de darse compensación y consuelo.

Blumenberg llega por ello a decir –el texto original es de 1989– que la caverna favorece una “cultura del cuidado” en la que se enseña a dominar la técnica; el espacio de la caverna se vincula simbólicamente –relatos, pinturas– con el espacio de la acción. Pero la metáfora tendría larga vida y Diderot escribió que el camino de la humanidad lleva de la caverna al palacio pasando por la cabaña. Para los ilustrados, la caverna es un punto de partida que es necesario abandonar a la mayor brevedad posible, ya que en ellas juega un papel el oráculo y solo la razón hace posible el verdadero progreso humano. ¡La caverna platónica! Si la habitabilidad del planeta se pone en entredicho, sin embargo, la Tierra se convierte toda ella en una caverna que sería necesario abandonar en busca de mejores hábitats. Pero si resulta que estos no existen, el universo será percibido justamente como indiferente u hostil: si lográsemos crear una colonia humana en Marte y viviéramos precariamente en su superficie, protegidos del entorno mediante toda clase de envolturas, ¿no sería eso como encerrarnos de nuevo en una caverna más profunda que ninguna otra que hayamos conocido?

Tal vez nunca nos hayamos sacudido del todo la impresión que el descubrimiento de la vastedad del cosmos provocase a Blaise Pascal en su momento. El jansenista logró sintetizarla en una frase memorable: “Me estremece el silencio vacío de esos espacios infinitos.” Hay que hacerse cargo de lo que supuso la Revolución Copernicana para sus atribulados contemporáneos: las cosmogonías mundanas, incluida la cristiana, quedaron en entredicho ante la evidencia de un universo de extensión desconocida y edad imprecisa. Pese a que se podía seguir diciendo que el ser humano es un hijo de Dios, a su vez creador de la gran totalidad, el cuadro se iba complicando; la familiaridad de las historias religiosas, que transcurrían en un planeta más o menos cartografiado, contrastaba con la extrañeza que provocaban las descripciones científicas. Ese choque es visible en las reflexiones de Pascal, quien impele al hombre a sorprenderse de que la Tierra no sea “más que una punta finísima en comparación con lo que los astros, que ruedan en el firmamento, abarcan”. Este mundo visible, nos advierte, solo es “un trazo imperceptible en el amplio seno de la naturaleza”; por mucho que inflemos nuestras concepciones, ninguna idea puede llegar a describir “una esfera infinita, cuyo centro está en todas partes, cuya circunferencia en ninguna”. ¿Qué es un hombre en la inmensidad del infinito? Pascal no desespera: aun alojado en un “pequeño calabozo”, el ser humano tiene acceso a un prodigio que no está más allá de las estrellas, sino en su propio cuerpo y el mundo que lo rodea. Se abre ahí un abismo nuevo, dice Pascal: en las venas y las articulaciones, en los ácaros y las gotas de sudor. ¿Qué es un hombre en la naturaleza? Pascal se responde:

Una nada respecto al infinito, un todo respecto a la nada, un intermedio entre nada y todo, infinitamente alejado de comprender los extremos; el fin de las cosas y sus principios están, para él, irremisiblemente ocultos en un secreto impenetrable.

Su consejo es que nos ciñamos a aquello que podemos conocer, en correspondencia con nuestras capacidades: somos una parte del todo y, en consecuencia, el conocimiento del todo nos está vedado. Para el pensador francés, el esfuerzo de comprender los secretos últimos del cosmos es un esfuerzo inútil; lo que no le impide extraer algunas enseñanzas filosóficas, la primera de las cuales es que “pensemos bien”, pues el pensamiento es lo que distingue al frágil ser humano. Y pensar bien exige pensar aquello que puede ser pensado: lo que tenemos a mano. Nada habría entonces de pascaliano en las misiones espaciales: solo confirman el terror paralizante de la infinitud. Sobre el misterio último de la existencia –por qué hay algo en vez de nada, como se preguntó Leibniz– esas misiones han sido incapaces de iluminarnos, lo que contribuye a explicar la supervivencia de las religiones en la modernidad: la fe en la trascendencia ofrece un asidero ante el desasosiego que produce la inmensidad cósmica. Por eso se refiere Pascal al “silencio vacío” de los espacios infinitos; porque no dicen nada sobre el predicamento humano. Aunque quizá sí digan algo: que nada somos. Y esa es una razón poderosa para guardar –pascalianamente– las proporciones.

Bien es verdad que Pascal no es ni mucho menos el único que se ha preguntado por el sentido del cosmos. Tal como señala el infatigable Norbert Bilbeny en uno de sus últimos libros, Universo y sentido (Anagrama, 2025), el cielo estrellado es “lo único que ha visto la humanidad y no ha cambiado desde la noche de los tiempos”. Se trata, sin embargo, de una realidad que la mayoría de nosotros es incapaz de experimentar directamente; solo podemos verla desde lejos… pese a que la luz que despiden nuestras ciudades no lo facilita en absoluto. Y solemos hacerlo en el espacio sereno de la madrugada, señala Bilbeny, suspendida la vida cotidiana; bajo esas condiciones, preguntarse por el sentido del universo tal como se nos presenta ante la vista resulta necesario e inevitable. Pero Bilbeny nos alerta:

El impacto generado por la visión del cosmos se registra mucho antes en la percepción sensorial y en nuestra capacidad de imaginar que en el entendimiento racional y el juicio moral.

Aunque son muchos los pensadores y científicos que han indagado en los secretos del cosmos, en fin, no hemos dado con una respuesta convincente sobre el sentido del universo. De nuevo aparece el problema pascaliano de la escala: así como la limitación de nuestra mente nos priva de la visión del infinito, también nos libra del vértigo que esa visión nos produciría. La búsqueda del sentido es aquí paradójica: nunca lograremos entender el todo ni tendremos pruebas de nada, pero podemos experimentar el universo sensorialmente y reflexionar sobre el mismo a través del pensamiento… lo que de nuevo remite al “pensar bien” de Pascal, aunque, como hemos visto, el francés encontraba desaconsejable forzar nuestra mirada para depositarla en la aparente infinidad. De ahí que la categoría de lo sublime aparezca en las cavilaciones de Bilbeny: el cosmos proporciona una experiencia estética que nos abruma sin remedio. Y por ello es que a menudo optamos por “no mirar hacia arriba”, que era el título de aquella película que denunciaba con fuertes dosis de condescendencia nuestra resistencia colectiva a tomar en serio la amenaza del cambio climático.

Al fin y al cabo, se calcula que el universo se terminará dentro de unos 140.000 millones de años, mucho tiempo después de que el sol mismo se haya expandido –triste acontecimiento previsto para dentro de 5.000 millones de años– y engulla a la Tierra; no se espera que la especie humana siga viva para entonces, aunque quién sabe qué prodigios puede aún obrar la tecnología. Estremece pensar que todo eso sucederá un día; si algo no se detiene, es el tiempo. Al menos, el tiempo tal como humanamente lo percibimos. Y si la certeza inconmovible de la propia muerte –que podría acaecernos en cualquier momento por cualquier razón– ya es una fuente de malestar que atenuamos mediante la incredulidad o la desatención, ¿qué decir de la desaparición implosiva del universo prevista para el futuro profundo? Pasa igual que con el pasado más lejano: somos incapaces de hacernos cargo de su magnitud y nos sobreviene una insoslayable sensación de futilidad cuando pensamos en nuestra brevísima existencia terrenal.

De ahí sale cada uno como puede: hay quien se pega un tiro y quien se entrega al hedonismo; abundan los que abrazan un credo religioso y no faltan los que se encogen de hombros y siguen viendo el fútbol. Nada hay de raro en que evitemos reflexionar sobre los espacios infinitos del cosmos, bajo cuyo punto de vista –sub specie cosmi– una misión humana consistente en dar la vuelta a la luna y caer a toda velocidad sobre el Pacífico no deja de ser una fruslería. Si algo nos enseña el silencio vacío que aterraba a Pascal es que la vida carece de un sentido discernible: desde la invención del telescopio, ninguna cosmología religiosa puede mantener su credibilidad intacta. Pero en algo hay que creer y que cada cual escoja; cuidemos mientras tanto del pequeño calabozo en que nos ha tocado vivir. Y esperemos noticias: probado que nosotros de momento no podemos ir demasiado lejos, quién sabe si no vendrá alguien a visitarnos algún día.


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