Por qué no se pudo. Una aproximación intuitiva al desbaratamiento de la nueva izquierda

Podemos fue víctima de una guerra sucia desde el principio, pero el partido se cavó su propia tumba con varios errores y contradicciones.
AÑADIR A FAVORITOS
Please login to bookmark Close

Hagamos historia, prehistoria incluso. Un joven melenudo, de nombre Pablo Iglesias como el otro Pablo Iglesias, brilla como voz discordante en los debates políticos de las pequeñas cadenas ultraconservadoras. Repantigado (odio usar esta palabra, pero es que se repantigaba) en su sillón, repartía certeras estocadas dialécticas a sus rivales sin perder la compostura y la afabilidad. Había nacido una estrella mediática, que pronto se convertiría en el zorro político que supo capitalizar el descontento popular y las movilizaciones del 15M para construir la formación que le llevaría primero a Europa, luego al Congreso y por fin a sentarse en el Consejo de Ministros. Viajemos ahora hacia adelante en el tiempo. Pablo ha llegado a vicepresidente de un gobierno de coalición en el que pronto descubre que apenas pinta nada. Poco a poco, ha dejado de ser ese cordial titán retórico que engatusaba a las multitudes para convertirse en un señor perpetuamente indignado, en el español quizá no bajito y con bigote, pero sí cabreado, del que hablaba el poeta. Los dientes de la sonrisa que jodía al contertulio rival terminaron siendo los dientes de una mueca crispada e indeleble, muy poco vendible en los carteles electorales, muy poco favorecedora en la televisión.

Podemos ha sido el único grupo político que ha sufrido desgaste de gobierno (¡y qué desgaste!) sin llegar a él más que de un modo testimonial. Sabemos que gobernó porque así consta en los anuarios, pero gobernar sin mayoría en un consejo de ministros hostil es como tener un novio en Granada, ciudad conocida por la promiscua actitud ante la vida de sus jóvenes. Y lo poco que dejaron gobernar a Podemos fue, en parte, lo que lo hundió. No tardamos en presenciar cómo Pedro Sánchez, que veía a sus socios como un mal menor, se lavaba y frotaba las manos mientras estos huían hacia adelante sacando pecho, qué remedio, por la catastrófica ley estrella que el propio Sánchez certificó como mérito exclusivo de la parte morada del ejecutivo. Llegaremos a eso más tarde. Antes, rebusquemos en la memoria (democrática) hasta encontrar las otras causas del declive.

Guerra sucia, sucísima, sucia hasta lo paródico

Es una verdad del tamaño del Palacio de Invierno que vimos juicios dadaístas con alta cobertura informativa contra cualquier cosa que oliera a Podemos, como aquel de la niñera. Recordemos: una empleada del partido amiga de la pareja Iglesias-Montero se dejó ver con el hijo de estos en brazos y a partir de ahí se construyó una historia según la cual era una niñera encubierta pagada con dinero público. Era burdo, pero fuimos con ello y funcionó. Como funcionaron otros alambicados procesos-espectáculo, que –no sé si me equivoco y alguno llegó a cuajar–  terminaron siempre con la exoneración de la niñera de turno, pero desgastaron las ruedas del bólido electoral como si el piloto se hubiera dedicado a hacer derrapes para impresionar a las chicas de la grada.

No fue solo, ni mucho menos, el torpedo de la guerra sucia el que, siguiendo con las metáforas que incluyen vehículos, hundió el barco. Dudo incluso de que fuera el factor clave. El votante casual, el ciudadano desencantado y desorientado, que existe y es famélica legión, se puede dejar llevar por los embustes mediáticos, pero Podemos tenía una sólida base de electores que sabía leer a la perfección estas maniobras. Creo que el votante pata negra huyó –porque huyó en desbandada– por otras razones, y lo creo porque yo estaba ahí, levantando polvo con el resto de los bisontes asustados.

Posiciones ambiguas frente a los nacionalismos, capitalizadas por la oposición a la oposición
A mí, que eso de los países y las naciones me parece una cosa infantil, este ítem no me afecta, pero el español no ha perdido su alma de niño y hay que dejarle claro con qué bandera vas para que no crea que estás tratando de jugársela. Somos de moros o cristianos, de rojos o azules, de Madrid o Barça, de paisanos o extranjeros. Es muy cierto que aclarar si Podemos estaba con Puigdemont o con la patria habría espantado a buena parte de los votantes y afectado a la pretendida transversalidad del proyecto, y que quizá la estrategia más sabia era la de salirse por la tangente, pero esa indefinición también desencantó al pueblo. Ya se sabe: si no entonas el himno con la mano en el pecho y fingiendo que ese himno tiene letra, van a creer que odias cuanto el himno significa, y quienes no lo crean pero quieran que otros lo hagan señalarán tu silencio como prueba delatora de tu iniquidad.

Contradicciones morales y vitales
El asunto del chalé de Pablo Iglesias fue como el del chapapote de Aznar: un hecho trivial pero de alto impacto emotivo, susceptible de ser utilizado para llegar al corazón del ciudadano. Juras fidelidad a tu Vallecas obrero con la mano sobre las obras completas de Engels y a las primeras de cambio te mudas a un chalé. Es cierto que el chalé está en un pueblo perdido, que solo parece lujoso en las fotos de la agencia inmobiliaria y que la mudanza puede justificarse por razones de seguridad, pero de nuevo has dado herramientas al rival para ponerte en evidencia, en este caso con un fondo de razón. Ahora oímos “Galapagar” e imaginamos una especie de Puerto Banús de montaña y no el anodino villorrio que es, y pensamos en Napoleón traicionando los principios revolucionarios y coronándose emperador en lugar de en un recién casado presionado por las circunstancias y quizá por la cabeza consorte de familia para meterse en hipotecas. Así funciona la política. En política, aparentar es ser.

También se contradijo la familia Iglesias Montero en lo relativo a la libertad de expresión. No se puede clamar –con toda la razón, a mi modo de ver– contra las condenas a Hasél –esa tilde extemporánea sí que tiene cárcel– o Strawberry mientras se demanda a un juez retirado por un sonetillo satírico. Un soneto que sugería, en todo caso, nepotismo, pero al que desde la sierra se presentó como un compendio de insultos intolerables contra Irene Montero. No había insultos, explícitos o velados, en él, como probablemente tampoco haya nada de nepotismo en el ascenso de Irene, que ocupó cargos de peso y se dejó el lomo en el proyecto de Podemos desde un buen principio. Pero si no nos permiten satirizar a nuestros gobernantes, qué clase de democracia, de “régimen”, según la terminología del propio Iglesias, es esta.

Algunos de estos errores, hay que repetirlo, fueron deformados y amplificados por los guerreros sucios para hacer pupa. Recuerdo aquel episodio de los presos que quedaron sueltos tras la reforma de las leyes sobre abusos sexuales y violaciones: un suceso casi anecdótico (e inevitable cuando se cambian los tipos legales) utilizado por parte no cobarde de la oposición para darle leña al ya debilitado mono, ante la pasividad de un Sánchez que seguía con su lavado de manos y veía más próxima la vuelta al redil del PSOE de los votantes pródigos. Pero otros errores, la mayor parte, fueron obra y mérito exclusivo de sus comisores.

Desatención de lo social y lo económico
Hacer manis pintados de morado está muy bien, oficiar bodas gays es fantástico, pero vamos a lo relevante. Y en lo relevante, da la sensación de que Podemos no pudo actuar tanto como sus simpatizantes esperaban. Una sensación tal vez injusta: hubo un aumento considerable del SMI, se estableció un ingreso mínimo vital y se bloquearon los desahucios en pandemia, y es probable que sin la presión de Podemos el gobierno no se hubiera decidido a dar esos pasos, pero en conjunto no fueron percibidos como un cambio radical en el estado de las cosas, sino como parches a una situación que de otro modo se habría tornado insostenible. También se ideó una ley de vivienda, pero la norma apenas se ha aplicado –por las autonómicas trabas que ya se conocían al diseñarla– y los alquileres siguen por las nubes. Lo que realmente ha sonado, lo que ha hecho ruido, lo que ha afectado de una manera más llamativa al día a día de la gente fueron otros gestos, quizá impostados para compensar la modestia de los logros sociales o económicos. Y aquí llegamos al turrón. Al meollo, al corazón infartado del asunto. A lo del género, el género negro.

Sin género de dudas, esta fue la causa
Mientras el metro cuadrado subía y subía de precio hasta convertirse en una especie de cubo demencial, mientras la desigualdad crecía como un adolescente de buena genética, nosotros decidimos cambiar el foco informativo y nos centramos en desarrollar y ampliar una ley de espíritu loable que terminó convertida en un disparate que complicó la vida, y por tanto hizo huir del corral de quienes nos votaban, a cientos de miles de ciudadanos, y la cifra no es hiperbólica sino más bien contenida. La LIVG y su secuela, la coloquialmente llamada “Ley del sólo sí es sí”, o Ley Sisí por los más ocurrentes de sus detractores, provocan el procesamiento de entre cien y doscientos mil ciudadanos al año. Pobre diablo arriba, pobre diablo abajo, el setenta por ciento de esos ciudadanos son exonerados tras un calvario judicial interminable que los aparta de su familia, los expulsa de su hogar y puede destruir por completo su vida y su buena fama. Sumando cifras desde 2006, nada menos que tres millones de señores (señoros) han disfrutado la experiencia. Si alguno de ellos vuelve a votar al partido impulsor y apologista de la norma, es que Darwin no existe y el ser humano trabaja en contra de sí mismo. El tiro en el pie que la nueva izquierda se ha dado retumba como el grito de un tipo aturdido en un calabozo.

Pronto, además, la Ley Sisí se reveló como una utilísima herramienta de purga. Hace pocos meses, Íñigo Errejón, la cabeza número dos del ángel bicéfalo que prometía asaltar los cielos y purificarlos con su espada ardiente –y que un día abandonó el barco de que hablábamos para capitanear un navío rival–, fue relegado al banquillo de los que ya no irradian por una imparable confluencia de delirios actorales, errores patosos de virgen a los cuarenta y vendettas internas y oportunistas, todo al amparo de la ley de marras y el delirante clima social provocado por esta. Mientras tanto, derecha y PSOE se frotaban las manos, cada uno las suyas, que a veces parecen las mismas pero no lo son. Ya no hacía falta guerra sucia contra los gallos nuevos del gallinero: ellos mismos habían empezado a sabotearse. Habían creado el arma definitiva para destruir reputaciones y se la habían disparado en la cara.

La política sexy que reivindicaba el propio Iglesias en los inicios triunfales de Podemos quedaba capada por las normas neopuritanas que a los propios políticos sexys, vaya usted a saber por qué, les dio por impulsar. ¿Lawfare? Eso es pasado, un arma arcaica, un modesto tirachinas comparado con los cañones de última generación. Ahora tenemos el viogenfare. Demoledor, inmediato, no necesita juicio, ni jueces, ni que quien acusa se identifique. ¿Cuánto tardará en aparecer una denunciante anónima relatando un episodio sexual desagradable, ficticio o no, con el bueno de Pablo si este vuelve a representar una amenaza política? Fue la nueva izquierda quien validó el señalamiento anónimo como método de prueba moral, y es la propia nueva izquierda, que con mácula moral no tiene razón de ser, la que más va a sufrir con los señalamientos. Como si al votante promedio de Abascal un rumor de cortejo torrentiano le fuera a hacer dudar ni un minuto de su líder. Como si ese rumor, en el fondo, no fuera a acrecentar su admiración por él. Y, sin ver eso del todo bien, porque elogiar conductas patanescas no nos va a convertir en un país decente, no lo termino de ver mal, porque un patán es solo un patán y no un delincuente, y ni siquiera es un patán mientras no quede demostrado.


    ×

    Selecciona el país o región donde quieres recibir tu revista: