Paco Candel escribió una novela de título envidiable: Donde la ciudad cambia su nombre (servidora de ustedes estaba convencida de que era Donde la ciudad pierde su nombre. Esperemos que no venga algún discípulo de Freud a poner la lupa sobre mi lapsus y diagnostique algún tipo de fijación neurótica con esa parte del cuerpo humano que tan de cabeza trae a hombres y mujeres). Barcelona es pequeña, en realidad, si tenemos en cuenta el área bajo su influencia, la gran Barcelona compuesta por las poblaciones que se han ido formando a su alrededor. Estuvo contenida en un recinto amurallado durante siglos, luego empezó una expansión que no tendría fin si no fuera porque la geografía manda y evita que se esparza por el territorio. Pero una cosa es la piedra, el asfalto, la Barcelona real y otra muy distinta el concepto, la abstracción mental cargada de significado y a la que sentimos que pertenecemos también los que tardamos décadas en poder acceder a ella. Más allá de montes y ríos viven centenares de miles de personas que no son barceloneses pero como si lo fueran. Siempre podemos decir que somos de la provincia. Para dar charlas en escuelas e institutos y bibliotecas de barrio voy a menudo a poblaciones que forman parte de ese radio que es la periferia de la periferia y más allá. La semana pasada me tocó un municipio llamado Manlleu.
Manlleu es una población de unos veinte mil habitantes en una plana cuya ciudad más importante es Vic, con unos cincuenta mil residentes y capital de la comarca de Osona, que está a sesenta kilómetros de Barcelona pero parece otro mundo. Llegué por primera vez a esa ciudad con ocho años y el trayecto en tren desde la capital ya fue un viaje con tintes oníricos. La Plana de Vic está rodeada de montañas y tiene un clima más severo que el de la urbe mediterránea desde la que escribo. La niebla espesa cubre muchas mañanas un paisaje de tintes grises en invierno. Me fui de allí hace ya décadas pero al volver siempre me sobreviene una memoria involuntaria que nace del simple hecho de estar físicamente en el lugar, memoria de cuerpo. Mis primeras novelas están situadas en ese paisaje que es un regalo literario y casi un castigo en la vida real por lo duro de parte de su sociedad (por suerte no todo y a esa otra gente abierta e inclusiva me agarré para crecer). Una de las cosas que más me impactó en su día y que incorporé a mis textos fueron los olores, tan distintos del asfalto y la contaminación barcelonesas. Tardé tiempo en descubrir que esa extraña acritud que no acababa de identificar era de los purines de los cerdos con que se riegan los campos. Sé de algunos de mis antiguos lectores que dejaron de comprar mis novelas porque les ofendieron las descripciones olfativas que hacía de la zona: ni que hubiera solo cerdos aquí, dijeron.
No solo hay cerdos en la comarca de Osona pero es uno de los principales centros de cría, sacrificio y despiece de ese animal tan apreciado por todo el que no sea musulmán, judío o vegano. Abundan en la zona las granjas (con la escuela visitamos una y yo no podía quitarme de la cabeza que hubiera gente que comiera carne de esas bestias. ¿Pero si se revolcaban en su propia inmundicia! (entonces era musulmana y aún no había probado el buen jamón al que ahora tanto me cuesta resistirme). Más del veinte por ciento de la población de la zona es extranjera. Eso sin contar la formada por las distintas olas de inmigrantes y sus hijos que ya están naturalizados (como mi familia, cuya tercera generación, nuestros hijos mayores, ya está en la veintena y casi no ha pisado Marruecos). El crecimiento económico de la comarca habría sido imposible sin el crecimiento demográfico procedente de otros países: Marruecos, Senegal, Ghana, el Punjab indio, etc. Esa incorporación de trabajadores a la industria cárnica ha venido acompañada de formas de explotación cada vez más duras. Si hace un par de décadas un oficial de primera se podía hacer su buen sueldo con largas jornadas entre cadáveres de animales, hoy esa ardua tarea está peor pagada que nunca. Los empresarios del asunto han buscado todo tipo de estrategias para esquivar las legislaciones vigentes en materia laboral. Una de ellas era contratar personal de una nacionalidad, tenerla bajo condiciones pésimas hasta que empiezan a tomar conciencia y a tener las herramientas necesarias para organizarse y reclamar que se respeten sus derechos, entonces se les despide y son sustituidos por inmigrantes de otra procedencia. Que tardan lo suyo en estar lo suficientemente asentados para reclamar lo que les corresponde.
Fui a Manlleu a dar una charla a alumnos de instituto, la mayoría hijos de esos trabajadores explotados, relegados a barrios degradados en los que nadie quiere vivir y dejados de la mano de Dios por parte de autoridades y administraciones. Los profesores vocacionales que les dan clase atienden todo tipo de situaciones sociales que nada tienen que ver con la simple transmisión de conocimientos y por eso me llamaron a mí, para que acercara este raro oficio de ser escritora a estudiantes a los que la cultura les queda lejos. Los animo a leer porque yo crecí en unas circunstancias parecidas a las suyas y la lectura me permitió abrir ese pequeño mundo y descubrir que había otras formas de vivir. “Es que es muy aburrido”, me dice con sinceridad un chico simpático desde la primera fila. “Pero es cuestión de práctica”, les insisto. “Deberíais leer no por el colegio, las notas o porque os lo digamos los adultos, deberíais leer porque es algo bueno para vosotros.”
A veces siento que les estoy engañando con mi discurso de la literatura como vía de emancipación individual. Yo leía mucho y hacía años que escribía pero eso no impidió que la sociedad clasista en la que creí me mandara al sitio que me tocaba en tanto que mora y pobre: a limpiar una de esas fábricas que forman parte de la industria del cerdo. Es cierto que en los descansos leía a Flaubert y Nabokov y Camus pero no sé si los grandes autores de la literatura universal les servirán de consuelo a estos adolescentes cuando se vean pasando sus noches en salas frías rodeados de sangre y vísceras. No lo sé.