Gula y glotonería vienen a ser más o menos lo mismo. Etimológicamente, ambas palabras se emparentan con la garganta y el tragar. Sin embargo, la gula se volvió más famosa como pecado al tiempo que el glotón no es pecador sino un bon vivant. La imagen que se ha heredado sobre la gula es la de abundantes banquetes romanos donde los comensales han de vomitar entre manjar y manjar para recuperar espacio vacío en los estómagos.
Desde antes de que existieran los pecados capitales había moralistas que condenaban el mucho comer. Si bien no se trataba de ofender a un dios, sino que los placeres ablandaban a los hombres y el sobrepeso impedía realizar correctamente las labores militares.
Según los nuevos historiadores, el asunto de los romanos vomitones es un mito, por la interpretación que se le dio al término vomitorium, como si fuese una habitación junto al comedor para realizar precisamente esto. Sabemos que en los antiguos teatros los vomitorios eran los túneles por donde fácil y rápidamente podía salir el público.
Vitruvio, al llegar al capítulo de los teatros en su De architectura, habla de estos: “Es necesario proyectar una buena cantidad de vomitorios, cuidando que los superiores no se comuniquen con los inferiores, sino que deben ser directos y rectos, sin recodos, a fin de que el público no se aglomere al marcharse de los espectáculos, sino que desde cualquier sector tenga salidas independientes sin problemas”.
Nunca imaginé a Lúculo devolviendo el estómago, pues pese a su fama de buen comedor, era gente fina. En cambio sí veía a Nerón cometiendo el tradicional pecado de la gula.
Podemos pensar que la práctica de vomitar no era muy generalizada, pero Suetonio nos cuenta esto sobre el emperador Aulo Vitelio, que tenía fama de ser bastante obeso: “Era, sobre todo, propenso a la gula y a la crueldad, y así, hacía siempre tres comidas, a veces cuatro, que distribuía en desayunos, almuerzos, cenas y francachelas, dando fácilmente abasto a todas ellas gracias a su costumbre de vomitar”.
Luego continúa:
Se hacía invitar, por otra parte, a cada uno de estos festines por un personaje diferente en el mismo día, y a ninguno le costó menos de cuatrocientos mil sestercios la preparación de uno de estos banquetes. La más famosa de todas fue la cena de bienvenida que le ofreció su hermano, en la que, según dicen, se sirvieron dos mil pescados de los más selectos y siete mil aves. Pero incluso este festín lo superó Vitelio estrenando una fuente a la que por su enorme tamaño solía llamar “el escudo de Minerva protectora de la ciudad”. Mezcló en ella hígados de escaros, sesos de faisanes y pavos reales, lenguas de flamencos e intestinos de morenas, que había hecho traer a sus capitanes de navío y a sus trirremes hasta de Partia y del Estrecho de Hispania. Como persona de voracidad insaciable, extemporánea e inmunda, ni siquiera durante un sacrificio o cuando se hallaba de viaje era capaz de contenerse de arrebatar casi del fuego las entrañas y los panes de trigo, para devorarlos inmediatamente allí mismo, ante el altar, y de hacer lo propio en las posadas por las que pasaba con las viandas humeantes o incluso del día anterior y a medio consumir.
Ese escudo de Minerva hace palidecer la más abundante de las discadas. El escaro lo he comido en La Palma con el nombre de vieja, pero venía sin hígado. Claro que me da antojo de probar los sesos de faisanes y las lenguas de flamencos.
Busqué información sobre si devolver lo comido ayuda a adelgazar. Los reportes son ambiguos, pero siempre lo desaconsejan. Dicen que las calorías se comienzan a absorber treinta minutos después de ingerido el alimento; pero no aclara lo que ocurre si uno actúa antes de los treinta minutos. Cito en inglés las conclusiones del estudio que parece más serio: “While caloric consumption during binge eating has been measured, it is not known how many of the calories are retained in the gastrointestinal tract after vomiting”. En fin, que lo interesante es lo que no se sabe.
De unos años para acá, a Hollywood se le ocurrió que una emoción categórica provoca vómito. Mejor sería que el personaje se desmaye.
Don Quijote prepara el bálsamo de Fierabrás y “apenas lo acabó de beber, cuando comenzó a vomitar de manera que no le quedó cosa en el estómago”. Lo mismo hace Sancho, pero a él no le va tan bien con la purga, y tenemos una escena poco vistosa. “Y así, primero que vomitase, le dieron tantas ansias y bascas, con tantos trasudores y desmayos, que él pensó bien y verdaderamente que era llegada su última hora; y, viéndose tan afligido y congojado, maldecía el bálsamo y al ladrón que se lo había dado… En esto hizo su operación el brebaje y comenzó el pobre escudero a desaguarse por entrambas canales…”
Los ingredientes del bálsamo no tienen misterio: vino, aceite, sal y romero. Muchas veces los he tenido juntos en mi estómago sin consecuencias cervantinas.
Me parece mejor eufemismo “devolver” que “throw up”.
Si uno quiere glotonería en la literatura, ahí está Gargantúa y Pantagruel, biblia de los gastrólatras. A estos los condena san Pablo: “Porque por ahí andan muchos, de los cuales os dije muchas veces, y aun ahora lo digo llorando, que son enemigos de la cruz de Cristo; el fin de los cuales será perdición, cuyo dios es el vientre”.
La Enciclopedia Católica llama pecado venial a la gula cuando se da esporádicamente, pero mortal cuando se transforma en sobrepeso. “Asimismo una persona que, por los excesos en el comer y beber, ha perjudicado tanto su salud, o se ha incapacitado a sí misma para los deberes para cuya realización tiene una obligación grave, sería justamente imputable de pecado mortal.” Quizás Juan XXIII, papa grasso, no fue al cielo.
Pero según esta enciclopedia, la gula no sólo se da por cantidad, sino por calidad. Santo Tomás advierte sobre comer alguna gollería demasiado cara. Algunos platos, algunos vinos, algunos restaurantes son un pasaje al infierno.
Eso para quien crea en esas cosas. En inglés suele usarse la expresión “guilty pleasure” con suma frecuencia cuando se habla de comida.
Nunca he sentido remordimiento alguno después de comer.
El paladar suele mandar, pues el hambre se va pronto, en los primeros bocados. Luego viene el placer de degustar sin hambre. Llega el momento en que el estómago pide misericordia, pero el paladar no tiene piedad.
Por eso están mal llamadas la gula y la glotonería, pues el placer no tiene que ver con la garganta sino con el paladar, que también está mal llamado, pues el gusto tiene menos que ver con el paladar y más con la lengua y el olfato. Aunque es mejor el nombre de glotón que el de linguón. ~