Suicidio accidental de un anarquista

“Un editor anarquista de Madrid se ha suicidado. Lo filtré como se filtran las noticias: encajaba perfectamente con todo lo que ya sabía.”
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Un editor anarquista de Madrid se ha suicidado. Daniel Hernán, de La Rosa Negra. Yo había hablado alguna vez con él; en noviembre de 2025 le habían intentado cancelar de la Feria del Libro Anarquista y Social de Vigo. La organizaba la CNT, que decidió mantener su participación. Le felicité.

Ahora me llegaba la noticia de su suicidio. La filtré como se filtran las noticias, por mi sesgo de confirmación: si refuerza mi concepción del mundo la adopto acríticamente; si no lo hace, la tomo por un bulo, una excepción o un dato sin importancia. No podemos gastar energía emocional en aprehender la crudeza de la realidad, y no vamos a destrozar por la cara el cuento de hadas que tenemos montado en la cabeza. Y esta información encajaba perfectamente con el mío: lo duro que es pasar por un proceso de cancelación, y el desgaste que las denuncias públicas suponen para los movimientos sociales, cuyas asambleas tienen que desviar la atención de los conflictos mundiales para centrarla en los de parejas desavenidas. El problema, me digo, viene de cuando dejamos de fotocopiar carteles y pegarlos por la ciudad para ponerlo todo en las redes sociales. Entonces comenzamos a ser presas del mercado bursátil del debate público, que sigue matemáticamente la ley de la oferta y la demanda de nuestras pasiones. Denunciar una agresión sexual tiene tantos megustas, denunciar una explotación laboral tantos otros. Instagram mezcla lo personal con lo político, y eso ha pasado a ser el lema de los cantamañanas autoritarios para llenar a la gente de culpa. Por ahí cuelan el control en los proyectos autogestionados, los lugares de experimentación artística y otras “zonas temporalmente autónomas”, que convierten en “espacios seguros”, tal es su forma de llamar al panóptico. Pero el interés de los medios de comunicación (prensa y redes sociales) no es acabar con la opresión, sino maximizar la interacción y la audiencia, y con ello el tiempo que pasamos en las plataformas para que nos presenten su publicidad. Así, los límites de la contracultura quedan establecidos no por la capacidad de imaginación sino por los términos y condiciones de Instagram. Mark Fisher advierte que si en el fordismo la vigilancia se ejercía mediante la disciplina, en el posfordismo se ejerce mediante el autocontrol y la deuda. Foucault lo llama “concepción positiva del poder”: no por el derecho sino por la técnica, no por la ley sino por la normalización, no por el castigo sino por el control.

Iba pensando estas ideas con consternación. Tal vez sirvan para un artículo para Letras Libres, rumiaba. Joder, el suicidio de Hernán venía a confirmar que tengo razón en todo.

Pues bien, resulta que era un bulo. El suicidio había sido anunciado el viernes en las redes sociales de La Rosa Negra. Pasé el sábado pensando en lo anterior e intercambiando mensajes con quienes suelo hablar de estos temas. Por la noche me enviaron la verdad: otro enlace a redes sociales con un vídeo en el que el propio Hernán aclaraba lo sucedido.

Ni siquiera pude acabar de verlo. ¡Juas! Me eché una sonora carcajada. Está vivo, ¡joder! Qué maravilla, jaja, cómo nos ha tomado el pelo. ¿Es esta la mejor campaña de marketing anarquista de la historia? Entonces, claro, tuve que cambiar inmediatamente de sesgo de confirmación, y me salió este: en los medios de comunicación todo es ficción vedada, y este tío ha jugado con la ficción para desvelarla.

Lo cierto es que no sé si ahora Hernán preferiría estar muerto. En las siguientes horas, mientras escribo, le ha caído un buen linchamiento por este asunto. Le mando un whatsapp a Finito, cuya madre se suicidó cuando él era adolescente, a ver qué le parece. Nada, que a la gente le encanta decir lo que está bien y lo que está mal, me responde. “En vez de alegrarse de que siga vivo, ahora lo quieren muerto, jajaja”.

En realidad es sano que todo el mundo ande enfadado, pienso, para confirmar mi nuevo sesgo. Hernán ha fingido algo que pone en alerta máxima nuestro instinto de conservación y nos hace reaccionar muy emocionalmente, como los asesinatos o las violaciones. Los medios de comunicación parasitan estos hechos todo el rato, los meten en el “sistema de equivalencia general” del capitalismo, exprimiendo al máximo los que ocurren, e inventándose otros cuando faltan los reales. La publicidad apela constantemente a nuestra carga biológica (sexo, familia, estatus…) y nos  arrancan de la ataraxia para vendernos bagatelas inservibles. Y puede que Hernán haya hecho eso mismo, inoporturar nuestra calma para vender su último libro, Desqueerizar el anarquismo (ya que estamos diciendo de forma ligera lo que está bien y lo que está mal, a mí no me interesa desqueerizar nada, me encanta la gente variopinta, aunque solo estoy juzgando el libro por su portada). De todos modos, durante el sábado colgó el PDF gratis, tal vez viendo la que se le veía encima.

Hernán ha fingido algo muy duro, que ha conmocionado a la gente. Y ahora la gente se siente estafada. No es para menos: el falso suicida ha desvelado el mecanismo de la verdad intersubjetiva que queremos creer. Pero no podemos sentirnos todo el rato estafados, de lo contrario andaríamos destrozando los escaparates, yendo a prender fuego a Mediaset España y dando palizas a la gente que va a las presentaciones de libros para dejarse ver. Recuerdo el ejemplo que me contó mi amigo antropólogo libertario Alfonso Rigo: en tal tribu, un paisano desveló que otro se acostaba con la mujer del jefe. Ejecutaron al amante por falta de respeto a la autoridad, pero también al chivato, por alterar el orden de la ficción compartida. Como escribe Unamuno en el prólogo a Niebla:

“Nuestro público, como todo público poco culto, es naturalmente receloso, lo mismo que lo es nuestro pueblo. Aquí nadie quiere que le tomen el pelo, ni hacer el primo, ni que se queden con él, y así, en cuanto alguien le habla quiere saber desde luego a qué atenerse y si lo hace en broma o en serio. Dudo que en otro pueblo alguno moleste tanto el que se mezclen las burlas con las veras, y en cuanto a eso de que no se sepa bien si una cosa va o no en serio, ¿quién de nosotros lo soporta?”

Nadie. Nos gusta creer en lo que sabemos que es mentira, mientras todo el mundo crea lo mismo. Pero no soportamos que nos digan que es mentira, porque la verdad es insoportable.


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