Romualdas y su perro Bulis

La manera atentísima de describir su vida con el perro Bulis provoca la vuelta al presente de los momentos banales que van conformando la textura de la vida.
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A finales de los años ochenta, el escritor Romualdas Granauskas y su mujer, Genutė, sintieron la necesidad repentina de tener un perro, aunque hasta entonces no habían pensado mucho en ellos. Ese deseo coincidió con una serie de casualidades de tono canino que acabaron de decidirles. ¿Pero cuál sería el perro más adecuado, dadas las características de cada raza, el tamaño de la casa donde vivían y sus propias costumbres? Resuelven que el mejor sería un bóxer tigre, una raza alemana. Como se trata de un perro de raza, no es posible encontrarlo en Vilna, donde viven (“… en Rusia los tenían los alemanes de San Petersburgo; entre los propios rusos no eran populares. También los criaban los estonios y los letones, y no sabía si alguien en Lituania […] Tras la revolución de octubre, como es lógico, en Rusia no quedó ni un bóxer tigre, tampoco ni uno de sus amos…”). 

En el club canino de Estonia encuentran uno; tienen que viajar hasta Tallin, la capital báltica más septentrional. Ir a recogerlo supondrá la primera aventura. Cruzan los países bálticos en tren. Al llegar a la brumosa Tallin, Romualdas se arrepiente de haber ido en vaqueros y tienen que esperar a que abra los grandes almacenes para comprarse unos calzoncillos largos que le abriguen, y eso que solo van a pasar el día. Leído desde España, nos parecen los tres países igual de fríos, pero los cinco paralelos que separan la latitud de la capital de Lituania de la de Estonia no son cualquier cosa. La diferencia se nota también en los temperamentos, y Granauskas abraza los clichés nacionales según le satisfaga o no el comportamiento de los estonios con que se cruza en la excursión. Por supuesto, se trata de un recurso chistoso, que utilizará de vez en cuando a lo largo del libro, en el que lo confesional a veces adquiere un tono coloquial y otras veces más desgarrado. Y aunque el tema no es la decadencia del imperio soviético, aquí y allá detectamos señales del estado calamitoso del régimen, como el desabastecimiento o lo extendido de los pequeños sobornos.

Romualdas y Genutė vuelven a Vilna con el cachorrillo. Lo adoran desde el principio, y ya el libro consiste en la crónica de la educación del perro, Bulis, leal, listísimo, curioso, elegante. Como advierte el título, este libro es una carta de amor y de despedida. A juzgar por lo que comenta de pasada sobre su carrera, parece también una de las obras capitales del autor, que aquí ha puesto su técnica literaria al servicio de una emoción desbordante. Bulis aprende rapidísimo y su amo lo cuenta con detalle. Se esfuerza en comprender los motivos de algunos comportamientos de su perro, que le ha despertado sentimientos completamente nuevos. El tiempo que relata coincide con los movimientos que desembocarán en la libertad lituana. Durante gran parte del relato aparecen como fondo, quizá más presentes en la vida cotidiana porque Genutė trabaja como periodista. Pero todo lo que está pasando en la calle Romualdas empieza a verlo a distancia. Tiene problemas de corazón y le cuesta andar. De modo que los avances de Sąjūdis −el movimiento por la independencia−, la presencia de los tanques rusos en las calles, el asalto a la televisión por parte del ejército soviético, todo eso tan importante históricamente, lo cuenta casi como de fondo de su propio envejecimiento y el de su perro. Esto es algo muy especial y particular del libro. Cuenta la relación de un perro y un hombre, pero es un libro sobre la cotidianeidad. Justo cuando al leerlo iba pensando yo eso, siguió un párrafo en que el autor advierte de que no se trata de un libro sobre la cotidianeidad, pero aunque no haya sido esa la voluntad consciente del autor, su manera atentísima de describir, para recordarla, su vida con Bulis, provoca la vuelta al presente de los momentos en apariencia banales que se suceden y que van conformando la textura de la vida. Se advierte de manera muy evidente en el recuerdo de los veranos pasados en una caseta junto al lago, en Tytuvėnai, donde los atardeceres son los más bellos del mundo y nunca son iguales, de lo que nos enteramos en fragmentos atentísimos a la naturaleza, como es habitual en el arte lituano. Con traducción de Carmen Caro Dugo, de fino oído para los cambios de tono de este libro con tantos matices, la editorial Báltica nos ofrece una indagación rebosante de amor sobre la relación entre un hombre y un perro concretos, que vivieron en un tiempo y un lugar determinados y que entre los dos lograron trascenderlos por momentos, quizá por verlos a través de los ojos del otro, como se desprende de estas páginas apasionadas.

Dejo una estampa de Bulis en coche: “… ya por el lago Didžiulis, vi que se desconcertó y se inquietó un poco. De súbito y a un tiempo le invadió la inmensidad del mundo: espacios abiertos, imágenes y aromas de prados, sembrados, dehesas, cúmulos de nubes blancas allá lejos y en lo alto, por delante junto al horizonte; nunca había visto algo así en la ciudad. Y todo había que observarlo, abarcarlo y recordarlo. Cuando el coche aceleró, el aire le hacía vibrar los carrillos, pero él ni lo notó. ¡Mundo, mundo! ¡Qué grande y desconocido eres, lleno de peligros insondables, aún imperceptibles! ¿Cómo proteger a mi amo y a Genutė dentro de ti, tan vasto y complejo?” 

Al llegar el adiós
Romualdas Granauskas
Traducción de Carmen Caro Dugo
Báltica Editorial, 2026
163 páginas


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