Durante décadas, sociedades de buena parte del mundo vieron a la democracia como máxima aspiración y punto de partida para los mecanismos de la vida pública. Tradicionalmente, esa búsqueda o salvaguarda de los entornos y preceptos democráticos se ha originado con las inquietudes y valores de esas mismas sociedades; en demasiadas ocasiones, contra lo que aparatos o proyectos de gobierno han permitido, dando lugar a la disputa entre pulsiones autoritarias e inquietudes democráticas. La historia de estas confrontaciones es bien conocida.
Las ideas alrededor del deterioro de la democracia en todo el planeta comienzan en ese lugar. Por años, las páginas de diagnóstico han retratado –siguen haciéndolo– el ascenso de figuras y fenómenos que transigen los códigos del entendido democrático. Si bien el populismo de todas adscripciones ideológicas está en el centro de las conversaciones sobre la materia, es probable que existan mayores profundidades en la modificación de valores políticos. Referirse exclusivamente al populismo guarda cierta conformidad: encuentra un responsable directo, que existe, pero arriesga a pasar por alto una condición más preocupante: el populismo funciona gracias a sus receptores.
No en pocas ocasiones, la democracia o sus idearios son, en cierta medida, síntoma de lo que quieren las sociedades. ¿Qué sucede si esas sociedades –o partes de ellas, a veces mayoritarias– dejan de pensar en la democracia y no necesariamente les interesa?
Desde una perspectiva liberal, los efectos son claros. La rendición de cuentas deja de importar, la libertad de pensamiento o adscripción es irrelevante para el poder político que la desprecia, se establecen aparatos dominantes sobre minorías que políticamente cobran irrelevancia, su acceso al poder se reduce y, ahí, ni violencia o corrupción significan daños al conjunto de los ciudadanos, cuya denominación también pierde sentido.
Claramente, la raíz política de los países hace distinta la reacción común a los eventos. Valdría reconocer que en lugares donde lo ciudadano nunca ha sido territorio explorado, como México, será difícil que su evocación despierte pasiones. El sujeto principal en las ideas de república, democracia y nociones de Estado-nación modernos parece secundario. El populismo no es el único responsable, lo cual es mucho más grave desde la mirada liberal con la que escribo.
La democracia y sus valores, muchos de ellos proverbiales, no se suscriben a un mundo que ya desapareció, simplemente porque no hay construcción social que se precie de serlo en la que sus rastros se olviden y hablar de ellos sea cosa, con velocidad, de un pasado lejano. Lo que tenemos es una serie de valores democráticos, con valor probado en el tiempo, perfectibles y en constante evolución, que actúan bajo la forma de un estado de exilio. Hay exilios que se olvidan de su origen, otros que suponen difícil volver; están los inmersos en el lamento –aquí entrarían quienes piensan que la situación actual del derecho internacional, del estado de Derecho, de las instituciones, etcétera, llegaron a una condición terminal–, los menos útiles en sentido democrático. Otros, como todos los de su tipo, invariablemente construirán una nueva identidad propia y convergerán eventualmente con otras modificaciones sociales y políticas. La democracia y el liberalismo parten de dicha mutabilidad.
En México, la desconexión de la realidad política con la democrática tiene a su último y más escandaloso ejemplo en el affaire Sinaloa. En otros lugares, cuando el crimen organizado participa o se sospecha de su participación en los procesos electorales, se entra en los parámetros de crisis democrática. No en este país.
Las crisis no ocurren por el hecho en sí, sino por sus efectos y por la aceptación de que los mismos transgreden la normalidad. Un metafórico avestruz en medio del incendio puede bien imaginarse fuera de peligro si esconde adecuadamente la cabeza. Terminará sus días en medio de la rosticería, pero para ese entonces no habrá percibido la crisis, sino el fin de todo.
La crisis de gobernanza en Sinaloa, visible desde hace unos años para sus habitantes y con un gramo de objetividad desde afuera, tampoco representó en sí una crisis política, inicialmente. No para su partido político, no para el gobierno federal. Sinaloa se convirtió en crisis política solo cuando amenazó los intereses del poder ejecutivo con las acusaciones desde Estados Unidos. Elecciones en otros estados, red de complicidades, sostenibilidad de su mitóloga. La crisis política no se refiere a los sujetos de la política, la gobernanza, los ciudadanos, sus instituciones. Se refiere a los actores, del gobernador a sus secretarios, otros funcionarios, el expresidente anterior o la presidenta. Los actores siempre son el nivel rupestre de la política mayor y ese es el escalón en el que vive nuestra política. Frente a Sinaloa, ¿se puede hablar de un interés nacional por la democracia? No: frente a Sinaloa, y ante otras realidades nacionales, es realmente complicado suponernos como una sociedad interesada en la convivencia política democrática. Sinaloa sirve de ejemplo por ser extremo. Ilustra desde el punto más perverso la relación y reacción frente a hechos compartidos.
Hay denominadores comunes entre las sociedades de cada país donde los valores democráticos, o la misma democracia, parece encontrarse en el exilio. Rigidez ideológica que impide observar eventos por lo que son y lleva a situarlos en los códigos de la defensa del grupo. Instituciones a las que solo fue necesario exigirles lo que no estaban destinadas a dar para destruirlas. Rechazo a un valor compartido entre los habitantes de un espacio político; es decir, rechazo al interés ciudadano, la unidad de medida entre los propios de un mismo país. Estancamiento de las percepciones y, sobre todo, en ellas, cuando la prioridad máxima estuvo primero en cómo ser vistos para luego continuar con la protección de esa percepción por encima de la verdad que la contradice. Imposibilidad, gracias los anteriores, de caminar en medio del puente que lleva a solucionar los problemas.
No se puede hablar de política y de democracia a los extremos del puente. La aspiración democrática apostaba por cruzarlo una y otra vez. Hoy, tenemos sociedades de uno. En la sociedad de uno –el proyecto, la identidad política, la burbuja– el pensamiento es refractario. Entonces no hay política ni democracia. Afuera, la ley de la selva. Adentro, el cinismo con el todos podemos vivir en ella. ~