No sabemos qué es pero está prohibido

Bob Dylan, un extravagante autorretrato de Alfonso Ponce de León, los cuadros del ruso Ilya Repin, la cara de Benjamin Franklin en los billetes de cien dólares…
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Me pongo a pensar en autorretratos interesantes y me acuerdo del que se hizo Bob Dylan para la portada de su disco de 1970 Self portrait, que es un autorretrato también musical. Para el pintado recurrió a unos gruesos brochazos en tonos azules y rosados. La oreja derecha es un círculo casi cerrado. En las canciones hay una ingenuidad equivalente.

Siempre me ha gustado e impresionado mucho el autorretrato de Alfonso Ponce de León que se conserva en el Museo Reina Sofía. El faro ilumina la escena terrible del accidente, el haz de luz sigue la posición diagonal del cuerpo hasta alumbrar media cara. Del lado que no se ve mana la sangre, que le mancha el índice derecho apoyado en la sien. La expresión es hierática, como si en el curso de su vida el accidentado hubiese intuido ya ese final y por tanto para qué reaccionar. El descalabro lo transmite la postura del cuerpo.

En la oscuridad y en la vegetación apenas iluminada es posible imaginar la carretera oscura por la que avanzaba el coche antes del golpe. Hay un poste con un cartel que está partido por la mitad. Se distinguen los trazos superiores de unas letras: “Se prohíbe”, pero no sabemos qué.

Si no supiésemos que Ponce de León lo pintó pocos meses antes de su asesinato en 1936, se podría distinguir un punto de humor en el cuadro.

Uno de los profesores de Ponce de León en la Academia de San Fernando fue José Moreno Carbonero, que a su vez fue alumno en París de Gérôme y que es el autor de un cuadro que se puede ver en el Prado y que también muestra a un hombre como estupefacto con su destino: el príncipe don Carlos de Viana. Este cuadro, en el que también vemos solo la mitad izquierda del rostro de don Carlos, me hace pensar en los de Ilya Repin, y en particular, y por el interior de brocados y la gravedad del momento, en ese tan truculento que representa a Iván el Terrible con los ojos desorbitados abrazado a su hijo, al que acaba de matar, de quien solamente vemos el perfil izquierdo con la sangre manando de la sien.

Repin aprendió a pintar con Iván Kramskói, que a los 35 años pintó un Cristo en el desierto, ojeroso y sumido en sus pensamientos, sentado sobre una roca, asimilando su destino, en una soledad cósmica. Como el de Repin, este cuadro se puede ver en la galería Tretiakov.

Pero volvamos a la genealogía de los pintores a la que pertenece Ponce, siguiendo hacia el pasado el olor de la embriagadora trementina. Su maestro Moreno Carbonero estudió con Bernardo Ferrándiz, que había sido alumno de Federico Madrazo, alumno a su vez de Ingres, que fue alumno de David −cuyo Marat muerto no es exactamente de la estirpe de los anteriores retratados, y eso fijándonos solo en la pintura−, que aprendió con Joseph-Marie Vien, que había aprendido con Duplessis −pintor del retrato de Benjamin Franklin que aparece en los billetes de cien dólares−.

Franklin es el que está en los billetes de mayor valor; es bonito que le dediquen ese honor a alguien con una vis un poco estrafalaria y que nos hace también pensar en Lichtenberg y sus aforismos (“¿No somos nosotros también un universo?”). Por otro lado, los prohombres homenajeados en los billetes acaban por pasar de moda y uno al pagar se pregunta por qué se ha elegido a ese segundón como representante de las virtudes civiles. No se entiende por ejemplo que un tal Hamilton valga diez dólares mientras que Lincoln está arrumbado en los billetes de cinco dólares, salvo que, como se me ocurre ahora, se haya querido tener su figura lo más presente posible, en cuyo caso unos billetes de valor más bajo, que a la fuerza circulan más, son sin duda los adecuados. El billete de un dólar tiene a Washington, el número uno y principal.

En cuanto a los euros, la lista de europeos prominentes es demasiado larga y heterogénea y no era posible ponerse de acuerdo. Puede que de pagar con billetes sin rostro hayan venido las desafecciones y los problemas económicos, como un hechizo. Me habría gustado pagar con un billete, por ejemplo, de Melina Mercouri. Me acuerdo ahora de una cosa que se hacía con los billetes de quinientas pesetas: había que doblarlos un poco sin llegar a hacer un canutillo cerrado, y si entonces los mirabas desde abajo en vez de a Rosalía de Castro veías a Felipe González.

Con lo de los dólares me han venido a la mente ráfagas de versos de Bob Dylan, como “the man in the con-skin cup / By the big pen / Wants eleven dollar bills / You only got ten”. En el videoclip de esa canción, “Subterranean homesick blues”, sale al fondo del callejón Allen Ginsberg, que nació dos días más tarde que Marilyn Monroe y cuyo centenario por tanto se cumple ahora (“Everything is holy! everybody’s holy! everywhere is holy!”).

Duplessis aprendió del cartujo Imbert, alumno a su vez de Charles Le Brun, que aprendió con Simon Vouet. Ahora ya hemos llegado al Barroco desde Ponce de León.

Y como hay aquí ya muchos muertos, voy a acabar con una escena callejera que acabo de presenciar. Se ha desarrollado bajo el sol y no se entiende su sentido: vital total. Estaba en un paso de cebra esperando a que el semáforo se pusiera en verde, cuando he visto que desde la acera de enfrente cruzaba una mujer. No lo hacía por el paso de cebra sino a unos tres o cuatro metros, y no había esperado al verde del semáforo sino que cruzaba entre los coches en marcha. Ya la indumentaria habría llamado la atención: llevaba un vestido largo, como de volantes o superposiciones, de vivo color rosa y flores estampadas, iba tocada con un sombrerito y se protegía con una sombrilla a juego con el vestido. Así vestida tenía un cierto aire japonés, y como una fantasma japonesa sorteaba los coches, aunque decir sorteaba no es exacto, pues era como si no reparase en ellos. Al llegar a la mediana de esa calle de tres carriles en cada sentido se ha detenido un momento y luego ha seguido cruzando, y eran los coches los que tenían que pararse para no atropellar a aquella mujer como caída de otro planeta.

Y no se ha desencadenado ningún accidente, que es por cierto el título del cuadro de Ponce de León. ~


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