Envidio a los gregarios, esas personas capaces de integrarse en un grupo y sentir en colectivo. Hay algo liberador en esa renuncia voluntaria a la propia individualidad, que tanto pesa a veces y ahoga. Insoportable solipsismo del que seguro habló algún famoso filósofo. Tal vez renunciar no sea la palabra, puede que quienes forman parte de una masa lo que hacen es adaptar la escala sonora de su personalidad a la de los demás componiendo una melodía común hecha de todas las voces. Pero aun así siempre sentí un miedo visceral atávico cuando me vi sumida en la indiferenciación de una muchedumbre que se mueve al unísono y más aún cuando es tan poderosa que arrolla, cuando adquiere forma de riada imparable. Ni la lectura del ensayo de Elías Canetti (Masa y poder) me permitió comprender mejor esa experiencia y evito de un modo sistemático las aglomeraciones, las manifestaciones, las multitudes gritando y vociferando, tanto si es de protesta como si es de alegría y celebración. Verme de repente en ese tipo de contexto me provoca una reacción física absurda y ridícula: empiezo a llorar a chorro como si se tuviera un grifo abierto en los ojos y lo hago sin ni siquiera pasar por la emoción sentida, por la conciencia simbólica que vincula la situación con un recuerdo o un pensamiento o una proyección a futuro.
Pues a pesar de todo esto que les cuento el domingo me vi de repente formando parte de una masa cargada de esperanzas, primero, y electrificada por la euforia después. La maternidad la lleva a una a hacer cosas de lo más raras. Más en este siglo y en esta parte del mundo en el que parece que cualquier carencia sufrida por nuestros hijos puede traerles traumas y malestares, en el que los padres nos sacrificamos por ellos más que nunca en la historia de la humanidad. Somos todo para ellos: los gestamos, los amamantamos, los alimentamos pero también nos tiramos al suelo con ellos, los acompañamos a los partidos de fútbol, pasamos frío por ellos en la intemperie de los parques cuando necesitan corretear, los acompañamos a comprar infinidad de objetos que parecen imprescindibles para su supervivencia y que se inventaron hace dos días, los comprendemos más de lo que nos comprendieron a nosotros nuestros padres y de esa comprensión se desprenden no pocos deberes. Que asumimos con gusto porque los amamos y sabemos que crecerán y se irán y la vida no es más que eso: depositar esfuerzos y energías en la siguiente generación para perpetuar la especie. Todo esto me decía a mí misma para soportar lo que fue un enorme sacrificio que espero que mi hija pequeña recuerde con cariño el día de mañana: pasarme de pie en la barra de un bar lleno de gente lo que duró el partido España-Argentina, la final del mundial. De todos los fenómenos colectivos tal vez el del fútbol sea para mí el más absurdo, pero aproveché la ocasión para observar con atención lo que sucedía en la pantalla y a mi alrededor, con ojos de antropóloga inocente y confirmé lo que ya llevo tiempo sospechando: que ese deporte es la religión hegemónica de nuestro tiempo, con sus valores y sus símbolos, sus rituales y ceremonias y el fervor de los fanáticos. Vi a Iniesta sacando de la maleta de Louis Vuitton la Copa dorada y de repente me acordé del pasaje bíblico en el que la gente que Moisés había salvado se impacientaba esperando su regreso del Monte. Entonces le pidieron a Aaron “haznos un Dios que vaya delante de nosotros” y para ello recogieron todo el oro de mujeres y niños y con ese oro hicieron el Becerro y luego lo adoraron. El Oro del Mundial son esas entradas carísimas, las camisetas de poliéster a precio de seda de alta calidad, todos esos millones que los aficionados dan a unos chavales jovencísimos cuyo talento no digo yo que no sea digno de admiración, pero cuya utilidad no termino de ver. Chicos imberbes convertidos en dioses por un juego de niños que mueve el mundo.
Pero hice un esfuerzo, fui buena madre e intenté disfrutar de un entorno simpático y agradable, donde reinaba la buena vibra, como dicen ahora. Eso ya es de agradecer cuando todo es tan agrio y reinan la agresividad y la crispación. El local era un bar enorme que había sido de tapas en algún momento y ahora está regentado por una familia punjabi. Tanto los padres como los niños vestían camiseta de la roja y los hombres llevaban el daatar (el turbante obligatorio en la religión sij) del color de la selección. También los hijos varones iban ataviados con unos rumal (la tela con la que cubren el moño cuando son pequeños) de un rojo encendido. Era la estampa misma de la integración: una familia de origen indio con su vestimenta tradicional pero adaptada a la bandera del país en el que viven y que ya es muy suyo a juzgar por la alegría con que celebraron los dos goles de Ferran. Los demás parroquianos del local también eran de lo más variados, como lo son los jugadores de la selección misma. En eso sí creo que es una valiosa contribución del fútbol: la capacidad que tiene de aglutinar a todos en un solo sentimiento de pertenencia vengamos de donde vengamos y tengamos el color de piel que tengamos. Aunque hay que aclarar que en Cataluña esa adhesión no siempre es tan clara y los sentimientos son a menudo encontrados y contradictorios (Piqué, por ejemplo, era defensor de la independencia de Cataluña pero luego jugaba con la selección y el simple hecho de que se pongan pantallas para ver un partido de la selección española genera siempre polémica y oposición por parte de algunos nacionalistas catalanes).
Claro que las pertenencias colectivas siempre tienen algo de exclusión, incluso cuando se respira el buen humor, como el pasado domingo por la noche. Fue al salir del bar cuando me di cuenta de la cara no tan amable del patriotismo futbolero, aplicable seguramente a cualquier patriotismo: una chica joven vestida con los colores de la bandera argentina sollozaba en una esquina y al pasar a su lado un pequeño grupo de eufóricos hinchas españoles no pudo evitar increparlos con indignación. Y para hacerlo no dudó en meter el dedo en una posible herida identitaria: “moros de mierda”, los llamó. Yo ni me había dado cuenta de que los hinchas podían ser de procedencia migratoria como yo (y como la argentina, por otro lado), solo vi las camisetas y las banderas candentes. Me acordé del patio de mi colegio y de cómo los insultos racistas surgían cuando alguno no sabía perder. ¿Qué más doloroso podía decirles a los españoles descendientes de inmigrantes que recordarles su origen impuro? Y ahí es donde las banderas y los himnos y las identidades colectivas se me antojan peligrosas, cuando la propia frustración lleva al odio del “otro”.