Nayib Bukele es el dictador de El Salvador así como Daniel Ortega es el dictador de Nicaragua. No hay dictadores buenos y dictadores malos, hay dictadores. Se caracterizan por perpetuarse en el poder (Ortega lleva 19 años, Bukele 7), por concentrar todo el poder en su persona (en Nicaragua y El Salvador, el poder Legislativo y el Judicial, la Fiscalía y las Fuerzas Armadas están supeditadas al poder Ejecutivo), por reprimir la prensa libre. Uno es de derecha y el otro de izquierda, ambos encabezan gobiernos que violan los derechos humanos. En Nicaragua, Daniel Ortega acaba de suspender indefinidamente las elecciones, en El Salvador, Bukele violó la Constitución para poder reelegirse y detenta el control del Tribunal Supremo Electoral.
¿Hasta dónde una sociedad puede permitir que se limiten sus libertades a cambio de una mayor seguridad? Se calcula que aproximadamente 120 mil civiles murieron a manos de las pandillas salvadoreñas antes de que Bukele asumiera el poder. De acuerdo a la publicidad del gobierno de El Salvador, esta pequeña nación es hoy una de las más seguras del mundo (en realidad ocupa el puesto número 121 en el Global Peace Index 2026; México ocupa el sitio 139). Según Bukele, ahora las familias y personas “decentes” y “honradas” pueden pasear tranquilamente por calles que antes eran un infierno dominado por las pandillas. Todo depende de qué se entienda por “decentes” y “honradas”. Si arbitrariamente la policía detiene a una persona y esta tiene un tatuaje (cualquier tatuaje) puede ser detenida, encarcelada, incomunicada, sin derecho a un abogado, torturada y dejada en libertad meses más tarde sin que medie un juicio justo. La policía de hecho puede detener a cualquier persona que le parezca “sospechosa”. Desde 2022, El Salvador vive bajo un “régimen de excepción”. Los derechos civiles fueron suspendidos pretextando la lucha contra la inseguridad. Por supuesto, los opositores políticos y periodistas críticos de Bukele entran en la categoría de “sospechosos”. Muchos han optado por el exilio.
Uno de esos exiliados forzosos es Óscar Martínez, multipremiado periodista, colaborador de Letras Libres y jefe de redacción de Elfaro.net, que tuvo que salir de su país, perseguido, en mayo de 2025, luego de que Bukele acusó a los periodistas de El Faro de lavado de dinero, narcotráfico, pandillerismo y tráfico de personas. Por lo visto, para Bukele los periodistas de El Faro no son personas ni “decentes”, ni “honradas”, merecen la cárcel y quizá la tortura, entre otras cosas, por haber publicado que en las megacárceles de El Salvador han muerto 430 prisioneros cuyos cuerpos presentaban huellas de haber sido torturados. Son tan famosas esas cárceles de alta seguridad que muchos políticos de varios países del mundo han ido a visitarlas, como es el caso reciente del senador panista Antonio Martín del Campo, según lo reveló Catalina Pérez Correa. Más aún, una de las 111 propuestas que anunció el PAN en su deslucido relanzamiento fue la de crear una megacárcel siguiendo el ejemplo de las de El Salvador. Este país, nos recuerda Pérez Correa, tiene la tasa de encarcelamiento más alta del mundo. Ignoro si alcanzar o rebasar ese puesto sea uno de los proyectos del nuevo PAN. ¿Cuánta libertad estamos dispuestos los mexicanos a sacrificar en busca de la seguridad?
Óscar Martínez publicó recientemente Bukele, el rey desnudo (Anagrama, 2026), libro que detalla el tránsito político de Bukele, que de funcionario de un gobierno de izquierda en El Salvador pasó a convertirse en el líder de la derecha más recalcitrante de su país. El libro, con todo lo interesante que resulta, presenta un falla grave. Las pandillas asolaban El Salvador. “Bukele –afirma Martínez– acabó con las pandillas tras pactar con ellas durante ocho años y beneficiarse de ello para llegar a su primer cargo de importancia nacional, la alcaldía de la capital, en 2015”. Esos pactos con los pandilleros redujeron notablemente los homicidios. Óscar Martínez en El Faro publicó artículos sobre esos acuerdos desde 2020. Pero este libro no detalla esos pactos; dice el autor que la información está completa “en internet”. De manera que, sobre este punto, el libro informa poco. Afirma que fueron “pactos secretos”, que Bukele ofreció “beneficios carcelarios” a cambio de que se entregaran los pandilleros, que también exigían “evitar las extradiciones a E.U.”. ¿Se pactó algo ilegal? Suponemos que sí, por eso se mantuvieron en secreto. ¿Lograron su cometido de disminuir los homicidios? Así ocurrió.
Sin embargo, no se pueden sacrificar los medios (incurrir en ilegalidades) para conseguir fines (bajar los índices de muertes violentas). ¿Se pueden violar las normas para conseguir un objetivo superior? La respuesta es no, los funcionarios no pueden violar la ley. Si se les permite, ocurre lo que ya pasó en El Salvador: se consintió que Bukele violara la ley para disminuir los homicidios. Con ese logro como bandera, Bukele más tarde violó en cuatro ocasiones la Constitución para permitir su reelección continua. ¿Qué hay de malo en ello si tiene una popularidad del 80 por ciento? Calígula, Nerón y Hitler fueron también gobernantes muy populares en su tiempo. Bukele controla el Poder Ejecutivo, el Legislativo y el Judicial, la policía y el Ejército, controla la prensa y los medios electrónicos de comunicación, persigue a sus enemigos políticos, en sus cárceles de máxima seguridad se suprimen los derechos humanos de los prisioneros y en las calles de El Salvador los derechos civiles de los ciudadanos. ¿Qué hay de malo en ello? ¿Qué hay de malo en que un dictador disponga a su antojo de la vida y obra de los ciudadanos a los que trata como si fueran sus súbditos? ¿Qué hay de malo en que ahora Bukele se disfrace con trajes similares a los que usaba Simón Bolívar y se crea designado por Dios para gobernar a los salvadoreños? Se me ocurren muchas razones, pero el lector debe tener las suyas.
Dado el clima de inseguridad, las continuas masacres, la crisis de los desaparecidos, ¿es deseable un régimen de excepción en México como el que instauró Bukele en El Salvador? ¿Qué ganaríamos y qué perderíamos con la construcción de megacárceles como las que existen en aquel país y que el PAN quiere replicar en México? ¿Es deseable una dictadura para terminar con la inseguridad y la violencia? En México, Morena controla los tres poderes de la Unión, las Fuerzas Armadas, la policía, ahora mismo está planeando instaurar un mecanismo de censura con el pretexto del “derecho de las audiencias”. Paso a paso nos dirigimos a una dictadura. Daniel Ortega suprimió las elecciones en Nicaragua. Sheinbaum pudo condenar este hecho, no lo hizo. Morena controla el INE y el Tribunal electoral. Ahora la presidenta dice que se pueden violar las normas “en beneficio de la población”. Más temprano que tarde se sugerirá que los expresidentes pueden volver a postularse para el cargo de presidentes. O que la oposición es inútil porque cuesta mucho dinero y hay que ser austeros. A Bukele se le critican los “pactos secretos” que realizó con los pandilleros para disminuir los homicidios. López Obrador viajó en seis ocasiones a Badiraguato y tan secretas fueron esas reuniones que seguimos sin saber qué pasó en ellas. Si se acordó disminuir los homicidios, las reuniones fueron un fracaso. El sexenio de López Obrador terminó con el mayor número de muertes violentas desde la Revolución. ¿Se acordó el apoyo electoral del crimen organizado a favor de Morena? Morena detenta el mayor número de gobernadores de México. En ese caso los acuerdos de Badiraguato fueron, para Morena, un éxito. ¿Pactos a cambio de qué? ¿De control territorial?
Los pactos secretos en El Salvador, la notable disminución del pandillerismo y las muertes violentas (aunque todavía operan en El Salvador 53 pandillas), ¿se pueden replicar en México? No parece viable. No son lo mismo (en organización, fuerza económica y armamento, control territorial y apoyo social) las pandillas salvadoreñas que los cárteles mexicanos. El Salvador tiene una población de 6 millones de habitantes, México de 133 millones. La tentación de usar la fuerza, de concentrar todo el control institucional en una sola persona, está latente en México. Con toda seguridad, ahora que se acercan las elecciones de 2027, esas tentaciones latentes se multiplicarán. Convendría a quien albergue esos anhelos asomarse al breve libro de Óscar Martínez, escrito desde el forzoso exilio. ~