Reformismo21

Pero… ¿hubo alguna vez 11.000 reformistas? En memoria de Pablo Vázquez

Me despido de Pablo con la idea melancólica de que cada vez hay menos hombres de su talante moral, cuando más se necesitan.
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Conocí a Pablo Vázquez en sus, ahora lo sabemos, últimos años. En Madrid Futuro, de pasada; después en la Fundación Reformismo21, donde tuvimos ocasión de compartir más tiempo y empresas. Poco puedo por tanto añadir a lo que en su muerte han escrito amigos y compañeros como Luis Garicano, Jesús Fernández-Villaverde, Tano Santos o John Müller. Sí refrendar lo que de él han dicho quienes lo trataron: un hombre amable, curioso, inteligente, íntegro y, por no alargar la lista, bueno. De la retahíla de cargos y responsabilidades –de los gabinetes de Aznar a Renfe– que pueden leer ustedes en los obituarios de estos días, quédense con el retrato de un gestor público dedicado a que las cosas funcionen y no a la compol. Una extravagancia, ya ven.

En Reformismo21 acometió la tarea, no siempre grata, de suministrar ideas a la derecha política. Y el nombre no era en balde: sin esquivar las raíces en el humanismo cristiano, la producción de la fundación debía estar orientada a la reforma en lo económico, lo institucional y, por qué no, lo cultural. Ese era el mandato; y Pablo lo acometió con un cóctel de imaginación –casi ingenuidad, en el mejor sentido– y seriedad que era su marchamo. Con Pablo, la tarea estuvo abierta, y no solo al centro y a la izquierda, como se ha dicho a veces maliciosamente. De hecho, hizo un esfuerzo notable por indentificar e incorporar la producción intelectual conservadora que llevaba largo tiempo mudándose a otros lares. Por desgracia, el problema del reformismo nunca ha sido la falta de ideas, sino otro muy distinto: electoral y de economía política. Y es uno que no va a mejor.

Porque, mucho antes de esto, Pablo, como director de Fedea, fue el muñidor de Nada es Gratis, uno de los foros fundamentales de discusión de políticas públicas en el período animado y algo atrabiliario que sucedió al estallido de la burbuja; y que coincidió, huevo de serpiente, con la implantación de las redes sociales. Pablo y quienes impulsaron el blog entonces, escribiendo en él y discutiendo en los comentarios o en el incipiente Twitter, entendieron que no se trataba de “resumir papers”, como ha escrito Jesús, sino de aplicar lo que las ciencias sociales saben con algún grado de certeza a los debates ciudadanos; y debatir –juego de ideas– las implicaciones sociales de hipótesis y vías de investigación aún por testar. Una tarea en esencia civil, como digo.

Después la cosa ha ido derivando en casi todas partes hacia credencialismos más o menos justificados, job seeking y esa exhibición de papers, o de papirotazos, a la que aludía. Hay menos ideas –no sé si más ideología, que es una palabra gruesa–; desde luego sí más servidumbre a los dioses que toque adorar en cada momento, y a las necesidades terrenas. La lógica del algoritmo prima el cabreo y, además, sigue siendo verdad que nada es gratis. Con todo, hay francotiradores o brotes verdes, se llamen Jon González o un JFV que ha vuelto al debate español con renovadas energías y la vehemencia de siempre. Pablo hizo algo bueno y que, creo, tuvo alguna importancia para el país. Para mí, sin duda. Y lo hizo de esa forma suya, tranquila, dejando que lo contaran otros.

Me despido de Pablo con la idea melancólica de que cada vez hay menos hombres de su talante moral, cuando más se necesitan. Es cuestión de incentivos, pero quizás no solo de eso. La fe y la familia tuvieron un papel importante en su vida, en su idea de servicio, de bien y de comunidad. En resumidas cuentas –y esta es la paradoja del reformismo–, Pablo estaba hecho de esa fibra humana fundamental de la que dependen las instituciones, pero que no es evidente que las instituciones puedan crear por sí mismas.


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