En 2004 conocí los puntitos de Yayoi Kusama y la vi por primera y única vez a ella. Fue en la alucinante exposición Kusamatrix, en el Museo de Arte Mori, en Tokio. Los asistentes a la inauguración, en los pisos 52 y 53 de la Torre Mori del complejo Roppongi Hills, íbamos de sala en sala viendo puntitos, mientras ella también, como un puntito, vestida de puntitos, estaba sentada inmóvil y callada en un banco de puntitos completamente camuflajeada entre una de sus instalaciones de puntitos, viéndonos pasear a todos frente a ella como puntitos.
Yayoi Kusama fue la creadora de arte contemporáneo más célebre y longeva, pionera del movimiento avant-garde en Japón. “Descubierta por Occidente”, escribió Ryuchi Sakamato en la presentación del catálogo de esa exposición, fue un fenómeno artístico desde sus orígenes.
Nació en 1929 en Matsumoto, un pueblo rural de Nagano, al noroeste de Tokio, en una familia acaudalada, dueña de huertos. Rodeada de plantas, vegetales, flores y semillas, cuenta en su autobiografía, Mugen no ami (La red infinita, Ediciones B, 2022), que desde los diez años padecía alucinaciones auditivas y visuales. Curiosamente, los caracteres chinos de su nombre pareciera que sellaron su destino. Yayoi es el nombre que en el calendario tradicional japonés luni-solar se refiere al actual mes de marzo. Significa “brotes de vida”, “llena de vida” y el nombre de familia, Kusama, puede traducirse como “espacio de hierbas.” Fue una artista que siempre dibujó las formas de la naturaleza como si estuvieran vivas.
Comenzó a dibujar las violetas que la intimidaban, los vegetales que veía descomunales, los perros que le decían palabras, y todo lo cubría de incontables lunares, patrón que repetirá en todas sus obras. Vivió una infancia tormentosa entre las percepciones irreales que salían de su cabeza, un padre ausente y mujeriego y una madre dominante y cruel que la obligaba a espiar a su padre cuando salía con otras mujeres y que descargaba su frustración maltratándola o prohibiéndole lo que más le gustaba: dibujar. A los diez años hizo a lápiz un retrato de su madre con una expresión triste y cubierta de lunares. A los once ganó su primer premio de arte por una calabaza que dibujó y que se convirtió en uno de sus temas obsesivos, su alter ego. En su adolescencia pasó días y noches dibujando los mismos patrones.
“Pensaba que solo los humanos podían hablar, así que me sorprendió que las violetas usaran palabras para comunicarse. Todas ellas eran como diminutos rostros humanos fijos en mí. Estaba tan aterrorizada que las piernas me temblaban… En otras ocasiones iba caminando por un sendero entre los campos, y el cielo se oscurecía cada vez más. Alzaba la cabeza y veía el estallido de un resplandor a lo largo del horizonte quebrado de las montañas, y de repente las cosas a mi alrededor emitían fogonazos y centelleos por todas partes. Eran tantas las imágenes diferentes que me saltaban a la vista que me quedaba deslumbrada y atónita”, confesó en pasajes fascinantes de su autobiografía.
En 1948, pocos años después de finalizada la guerra, partió a Kioto para estudiar en las Escuela Municipal de Artes y Oficios. Tenía 19 años. Fue la época en que se dedicó a conciencia al arte de pintar calabazas hasta el agotamiento, calabazas que también le hablaban. Cuenta que, en el pequeño estudio que le rentaba la familia de un poeta, pasó días y noches “enfrentándose al espíritu de la calabaza”, mirando una sola calabaza durante un mes.
A los 23 años le diagnosticaron psicosis atípica mezclada con un trastorno esquizoide y cambios de humor maníaco-depresivos. Pero su psiquiatra también la animó a seguir dibujando, y según cuenta ella misma, sus dibujos servían como modelo de su padecimiento en conferencias sobre psiquiatría. Después de vivir como estudiante en Kioto se mudó a Tokio y ahí se dio a conocer exponiendo en galerías. En un principio los críticos japoneses no sabían cómo clasificar sus obras; decían que mezclaba una especie de cubismo y surrealismo, elogiaban con sorpresa que usara una variedad de utensilios y materiales, incluyendo tradicionales japoneses, aplicados libremente en patrones de puntos, líneas y colores, unas veces en acuarelas, otras en caligrafía, con plumillas o con los dedos.
Pero su destino se definió cuando vio en un libro de arte la pintura Corn, de Georgia O’Keefe, y con toda inocencia se atrevió a escribirle una carta. En esa misiva, fechada el 15 de noviembre de 1956, le pidió consejo para ser una artista y le envío algunos de sus dibujos. Para su sorpresa, O’Keefe le respondió desde su casa en Abiquiu, Nuevo México, el 4 de diciembre del mismo año y la animó a ir a Nueva York. Ese intercambio de cartas cambió por completo la vida de Yayoi Kusama.
En 1958, a los 27 años, Yayoi, cuatro años menor que Yoko Ono, se convirtió en la primera artista japonesa que se instaló en Nueva York, apoyada por la madre del modernismo estadounidense, Georgia O’Keeffe, que la introdujo en el medio de galerías y artistas neoyorquinos. De 1957 a 1973 vivió rodeada de artistas del expresionismo abstracto, del arte óptico, del arte pop, del arte cinético, de los happenings y de los performances mezclados con el movimiento hippie y las protestas contra la guerra de Vietnam. Compartió espacios con nombres de la talla de Donald Judd, Frank Stella, Lucio Fontana, Eva Hesse, Piero Manzoni, Yves Klein y Andy Warhol y fue pionera en mostrar materiales y formas que otros artistas de culto tomaron de inspiración.
Una de sus primeras y más famosas instalaciones fue Aggregation: 1000 boat show en la galería Gertrude Stein. Era una barca en blanco cubierta de protuberancias fálicas con las paredes y el techo cubiertos con 999 cárteles monocromos de la imagen fotografiada de la misma barca, que creaba una visión de repetición. Warhol estuvo ahí y tres años después, en 1966, produjo la famosa cabeza de vaca que repitió en carteles y pegó en las paredes y el techo, coronándose como el rey del arte pop. En la Bienal de Venecia de 1966 fue la primera artista mujer en representar a Japón con la obra Narcissus garden, inspirada en el mito de Eco y Narciso. Era una performance con mil quinientas esferas de platino que reflejaban la imagen de quien las veía. Yayoi Kusama, vestida en kimono dorado, las ofrecía en venta por dos dólares; un acto de desobediencia contra los marchantes de arte y frente a la Meca del arte, que le costó ser expulsada de la Bienal y no regresar hasta 1993, cuando ya era una artista consagrada y cotizada. Artistas afamados como Jeff Koons o Anish Kapoor usan recurrentemente esferas metálicas como espejos, pero a finales de los años sesenta las de Kusama fueron consideradas originales y disruptivas.
Tras varios intentos de suicidio, volvió a Japón en 1973 con la idea de vender también la obra de sus amigos neoyorkinos, en especial la del más cercano, Joseph Cornell, un compañero incondicional durante toda su estancia en Estados Unidos. Pero en 1977 se internó voluntariamente en un hospital psiquiátrico al sur de Tokio, del que no salió –salvo para trabajar en su estudio, que queda a unos pasos, y para asistir a exposiciones– hasta su muerte, el pasado 14 de agosto.
Durante sus primeros años de internamiento escribió sus primeras novelas cortas. La primera, autobiográfica, en 1978, Manhattan jisatsu misui jōshūhan (Suicida adicto en Manhattan); y la segunda en 1983, Kurisutofā otoko shōkutsu (El escondite de prostitutos de la Calle Christopher), que ganó el décimo premio Yasei Jidai de “escritores nuevos” en una revista literaria. También fue poeta y publicó varios libros de poemas; Sumire Kosaku (Obsesión violenta), que publicó en 1998, es el más conocido y también autobiográfico.
Yayoi Kusama murió a los 97 años y dejó una extensa obra. Fue una mujer encerrada en sus obsesiones, miedos visuales y pensamientos suicidas, pero también muy libre, a pesar de vivir encerrada en una institución de enfermedades mentales, y muy prolífica: pintora, escultora, cineasta, diseñadora de ropa, hizo performance y cubrió todo cuanto veía con lunares o redes. Sensible e impulsiva como artista, poeta y novelista, también fue un fenómeno comercial. Algunos críticos de arte la consideran una artista naif, otros neo-pop; los coleccionistas, una representante del avant-garde en Japón; para muchísimos más es una marca por la cantidad de productos que se venden en torno a ella y a su obra: desde calcetines, llaveros, galletas, pañuelos, grabados, muebles, cojines, hasta colaboraciones con diseñadores como Issey Miyake y Marc Jacobs, con marcas millonarias como Louis Vuitton y Audi o máquinas dispensadoras de Coca Cola.
Kusama nunca dejó de crear una enigmática conexión entre su mundo interior, de pensamientos obsesivos que la atormentaban, con el mundo exterior, que muchas veces deseó abandonar. De su obra literaria se habla poco, quizás porque no es muy vasta, pero una de las novelas cortas más emblemáticas de sus temas recurrentes y que particularmente me gusta es Shinjū Sakuragazuka (Suicidio doble en el Monte de los Cerezos). En ella retrata la desolación, el dolor y la muerte, a través de la vida de una inocente y pobre niña rodeada de un mundo atroz, oscuro, violento e inmoral, pero al mismo tiempo compasivo, en donde paradójicamente se busca y encuentra refugio y redención en el lugar menos esperado.
Ryuichi Sakamoto describe cuando la vio por primera vez en una de sus exposiciones: “una multitud se agolpa ante su obra. Es tan popular como un ídolo de canciones. Cuando me acerqué a ella, había un espacio de quietud a su alrededor. Le gusta exhibirse y que la vean, pero tiene la inocencia de una niña.”
Dibujó repeticiones de formas circulares de colores y redes infinitas que cubren figuras, animales, plantas, cuerpos, como una forma de sobrevivir y escapar de los miedos, angustia y deseos suicidas. “Solo creando obras de arte ininterrumpidamente puedo recuperarme de esta enfermedad”, repitió en muchas entrevistas. Sus lunares son una alegoría de lo que llama “puntos como símbolo del mundo, del cosmos. La tierra es un punto, la luna, el sol y las estrellas están formados por puntos. Tú y yo somos puntos.” Muchas de sus obras las acompañó de poemas libres que reflejaban también esa ansiedad, melancolía y soledad en la que siempre vivió, pero también esa mezcla de obsesiones sexuales, sensibilidad, ternura infantil y felicidad que no abandonó nunca. Con su arte logró sublimar una vida confinada, que a su vez la mantuvo al margen de una vida sin sufrimientos, pero siempre libre. ~