Vargas Llosa va en libros al mito

Madame Vargas Llosa

Gustavo Faverón

Fulgencio Pimentel / Peisa

Logroño / Lima, 2026, 192 pp.

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Se dice que tras la muerte de un escritor este entra a un purgatorio de espera del que sale varios años después, finalmente consagrado u olvidado. Ha pasado casi año y medio de la muerte de Mario Vargas Llosa y el ambiente en ese imaginario purgatorio literario se advierte animado. Su memoria no descansa en paz, y creo que eso le habría agradado. Detractores y apologistas discuten a voces. La opinión más extendida sobre él dice: “me gustan sus novelas, pero no sus posiciones políticas”. Tengo para mí que en ambas se respira el mismo aire. En su literatura, una formidable libertad creadora; en sus posiciones políticas, una pasión por la libertad.

Mario Vargas Llosa escribió novelas, relatos, obras dramáticas, ensayos, artículos, dictó conferencias en todo el mundo, fue candidato a la presidencia de Perú, ganó el Premio Nobel, pero sus detractores lo descalifican por sus posiciones de derecha. Solo las posiciones de izquierda son válidas para las buenas conciencias. Como si la izquierda no hubiera parido dictadores asesinos ni populistas demagogos y corruptos.

En buena hora Vargas Llosa convirtió a Alfaguara en su casa editorial. La mayoría de sus libros (incluyendo rescates valiosos como Historia de un deicidio, su libro-tesis sobre Cien años de soledad, y sus nueve piezas teatrales) se encuentran en librerías y tiendas digitales. No han dejado de aparecer penetrantes estudios críticos sobre su obra, entre los que destacan Tras las huellas de Vargas Llosa de David Gallagher (FCE-USA, 2025); una esclarecedora biografía política: Vargas Llosa, su otra gran pasión, de Pedro Cateriano (Planeta, 2025); un lúcido ensayo literario de Alonso Cueto: Palabras en el mundo (Alfaguara, 2025) y media docena de títulos más. Una mancha en este panorama crítico resultó ser la decepcionante biografía de Gerald Martin: Mario Vargas Llosa, a life (Bloomsbury Publishing), más interesada en el chisme escandaloso que en la biografía intelectual de un escritor complejo. Aunque no son estrictamente recientes, he disfrutado mucho las tres enormes recopilaciones de sus artículos periodísticos: El reverso de la utopía (Alfaguara, 2025) que recoge sus reportajes, artículos y ensayos sobre América Latina y Medio Oriente; El país de las mil caras (Alfaguara, 2024), que reúne sus escritos sobre Perú; pero sobre todo la extraordinaria recopilación titulada El fuego de la imaginación (Alfaguara, 2022), en donde se pueden encontrar un centenar de reseñas literarias, de películas, series de televisión y sus recorridos por algunos museos.

Esta vasta bibliografía palidece, me temo, ante la aparición de la más reciente novela del ensayista y narrador peruano Gustavo Faverón: Madame Vargas Llosa (Fulgencio Pimentel, 2026), acerca de la cual Letras Libres publicó una ilustrativa reseña de Félix Reátegui Carrillo.

La fuente de la literatura no es la realidad sino la literatura. Los libros engendran más libros. El realismo es un recurso literario que simula la realidad. El Quijote nace de los libros de caballería que critica. La literatura de Borges, de la biblioteca familiar. Autores como Bolaño y Vila-Matas presumen su raíz libresca y la subrayan al incorporar personajes reales en sus ficciones. Las novelas de Faverón parten de ahí. Laberintos de espejos en donde la realidad se funde con la imaginación, lo vivido con lo inventado. En Vivir abajo (2018) conviven múltiples narradores, las historias se cruzan y entrecruzan, la violencia política y el espionaje se confunden con la literatura y el cine. Todo es apariencia, simulacro. No existe la verdad sino la búsqueda de la verdad. Solo es real lo imaginado. En Minimosca (2024) Faverón redobla su apuesta. Historia y ficción conviven en un mismo plano laberíntico. Una historia se desdobla en otras historias y estas en otras más, en una desbordante ficción. Aparecen personajes reales y otros que fingen realidad pero son apócrifos. Una novela sobre la identidad, la memoria y la verdad, en una ingeniosa estructura de muñecas rusas.

Faverón desarrolla en este par de novelas “la verdad de las mentiras” que expuso Mario Vargas Llosa. Detrás de sus ficciones y metaficciones respira una idea, la de la violencia continua trasmitida de generación en generación y a la que solo puede hacer frente la literatura, la música, el cine. La cultura confronta la violencia de la historia. No la vence, la enfrenta y la contiene.

En El hablador, Vargas Llosa cuenta dos historias. La del escritor que inventa novelas y la del hablador, un sujeto que va contando historias y mitos de pueblo en pueblo para preservar la memoria de una comunidad. El novelista como creador y recreador de mitos. En este aspecto no cabe duda de que Vargas Llosa fue un formidable creador de una mitología propia en la que habitan dictadores, escritores, héroes y traidores, hombres fuertes y “chicas malas”, hombres y mujeres deseantes y violentos. Creo que Vargas Llosa nunca pensó que él mismo podría ser convertido en personaje y en mito.

Dedicada a la memoria de Mario Vargas Llosa, Gustavo Faverón en Madame Vargas Llosa (2026) incorpora en su narración al novelista peruano al mismo tiempo que inventa a una mujer brasileña transgénero que en su delirio cree ser Mario Vargas Llosa. Cómo él, ella es escritora. No copia las novelas del novelista peruano. Busca en entrevistas los planes de las novelas próximas de Vargas Llosa y con esa pista se pone a investigar y luego a escribir sus novelas en registro popular, diferentes e inferiores a las del narrador que le sirve de modelo. Ella va por la vida creyendo ser el escritor peruano. Es una mujer transgénero que se viste de hombre. Para mayor confusión, es muy parecida físicamente al novelista. En varias ocasiones se encuentra con él. La primera en una firma de libros. Ella le tiende al escritor su ejemplar y él le pregunta su nombre, ella le contesta que “su nombre es Mario Vargas Llosa”. El novelista vacila pero finalmente le firma su libro: “Para Madame Vargas Llosa, esta novela selvática y desértica, de su amigo de siempre Mario Vargas Llosa”.

En la segunda ocasión la situación es más compleja. Ella viaja a Brasil para investigar sobre la revuelta popular que un siglo antes ocurrió en Canudos, para poder escribir una novela sobre el enfrentamiento entre los bárbaros ilustrados y los bárbaros de la fe, que sería el tema de La guerra del fin del mundo. En una parada para descansar, Madame Vargas Llosa se encuentra a un hombre desarrapado, que resulta ser el mismo Mario Vargas Llosa disfrazado de Antonio Conselheiro, el santón que protagoniza esa novela inmensa. Se enfrentan en el desierto la mujer disfrazada de Vargas Llosa y Vargas Llosa disfrazado de un personaje de la novela que quiere escribir. Todo aquí es ficción, mito. Lo dice Faverón en esta novela delirante de identidades espejeantes: se trata de “un relato del poder de las historias, sobre cómo las fantasías remplazan a la vida y nos llevan a ser otros”.

Mario Vargas Llosa en sus novelas, cuentos y obras dramáticas imaginó historias y recreó mitos. Ahora él mismo es parte de una novela en la que aparece como personaje y como modelo de una mujer que cree que es el novelista. Se trata al mismo tiempo de un homenaje y de una crítica que Gustavo Faverón, novelista peruano, rinde a Mario Vargas Llosa, novelista peruano. Homenaje y crítica. Mario Vargas Llosa ingresa al mito.  ~


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