Las ciudades y los perros

Pocas relaciones entre el hombre y los animales son tan antiguas y exitosas como la que tenemos con los perros. Que se hayan convertido en sustitutos de vínculos humanos no es culpa de ellos, sino de un fracaso de la civilización.
AÑADIR A FAVORITOS
Please login to bookmark Close

Siempre me gustaron los perros. Cuando era niño tuvimos un springer spaniel inglés de pedigrí, muy afectuoso, que cuando llegaba del colegio saltaba para intentar lamerme la cara a manera de saludo. En mi adolescencia me acompañaba en mis largas y sufridas caminatas de búsqueda existencialista. Pero tengo que confesar que últimamente me he hartado de los perros.

Me explico. Donde esté en el mundo, en Madrid, en Lima, en Londres o en cualquier lugar, cuando me despierto suelo ir a caminar una hora, para despejar la mente y meditar sobre las tareas del día que comienza. Cada vez más encuentro mi camino obstaculizado por los perros. Andan en grupos con un paseador tipo Hollywood, quien no los controla. O van sueltos, ladrando o mordisqueando mis tobillos. La moda ahora es llevar al perro con un lazo largo, que fácilmente actúa como las bolas que el gaucho usa para capturar a la vaca y termina derrumbando al peatón. Con los años, he adquirido un afecto cada vez más grande hacia los pájaros. Y tengo la sospecha, seguro no científicamente comprobable, de que, a más perros, menos pájaros.

La relación entre los seres humanos y los perros es larga y profunda. El perro, siempre se ha dicho, es el mejor amigo del hombre (aunque me consta, por mis caminatas en los parques, que lo es cada vez más de la mujer). El perro fue la primera especie que domesticaron los seres humanos. Hay una afinidad entre los perros y nosotros. Como señaló Plinio el Viejo, los perros son los únicos animales que responden a sus nombres y reconocen las voces de sus dueños. El novelista británico Ian McEwan, un hombre supremamente racional, reconoció que lloró, más de una vez, cuando murió su perro. “Era un muy buen amigo”, dijo, y su ausencia repentina, “verdaderamente ha sido algo bastante grande para nosotros”.

Los perros figuran en la historia del arte desde hace cinco mil años, comenzando con el arte rupestre africano. En muchas culturas antiguas, como la mexicana o peruana, se atribuían al perro características sobrenaturales y se lo veía como guardián de los muertos. En el canon artístico occidental el perro es un símbolo de fidelidad, como en el famoso cuadro de El matrimonio Arnolfini de Jan van Eyck o la Venus de Urbino de Tiziano. Como escribió Lord Byron en su “Epitafio a un perro” (1808), tiene “fuerza sin insolencia, valor sin ferocidad, y todas las virtudes del hombre sin sus vicios”. El apogeo de esa idealización del perro tal vez se produjo en aquella ilustración de un perro que escuchaba la corneta de un gramófono antiguo en un anuncio de “His Master’s Voice” para los discos Victor.

Se ha producido una inversión. Si antes los perros eran vistos como fieles súbditos del hombre, ahora los perros son los que mandan, como en los cuadros grotescos de Cassius Marcellus Coolidge en que juegan al billar, cuyas reproducciones en tapices chabacanos uno veía en comedores de carretera en los Andes en los años ochenta del siglo pasado. En el mundo actual los perros están desplazando a los niños. En España, según el Instituto Nacional de Estadística, hay seis veces más perros que niños menores de cuatro años. Y están más consentidos que los niños.

Cerca de mi barrio madrileño hay dos boutique hotel para perros. Uno dice (en inglés) que ofrece spa y daycare; el otro promete “servicios de guardería, peluquería y tienda con experiencias personalizadas”, signifique lo que signifique eso. Hay un hotel en la Gran Vía que ofrece cuatro menús personalizados para perros, de pollo, pavo, salmón o hasta buey. Ya hay aerolíneas que aceptan a perros como pasajeros (felizmente los que he visto: estaban tan dopados por sus dueños que no se ponían a ladrar). Japón ha quitado de su índice de precios las corbatas y las medias de mujer, pero ha añadido los seguros para mascotas. La última tendencia en Estados Unidos es que los propietarios demandan péptidos y drogas contra el envejecimiento para sus mascotas.

¡¿Qué diablos nos pasa?! El problema no son los perros, somos nosotros. Detrás de la adulación y antropomorfismo hacia los perros hay un drama humano, profundo y trágico. Es la soledad aterradora de la vida urbana actual, y la dificultad cada vez mayor que las generaciones jóvenes tienen para socializar con sus pares. Empezó en la pandemia del covid. Todo indica que el fenómeno se ha prolongado e intensificado con los smartphones y las redes sociales. Ocupan un tiempo cada vez más grande en la vida de los usuarios –se ven a muchas personas, en su mayoría jóvenes, pegadas a la pantalla de su teléfono hasta cuando caminan por la calle–. Según John Burn-Murdoch, periodista de datos del Financial Times, el predominio del mundo virtual hace que se formen cada vez menos parejas estables en el mundo real, lo cual explica que haya menos niños. Como escribió, “la caída en la tasa de nacimientos parece formar parte de un fenómeno más amplio de la soltería de adultos jóvenes, su aislamiento y un deterioro en el bienestar”. El auge de la inteligencia artificial y los robots humanoides contribuiría a intensificar estas tendencias.

El papel de los perros es precisamente menguar ese aislamiento y de ahí su proliferación actual. Me parece un fenómeno de las grandes ciudades, donde el anonimato es un riesgo constante. Que yo sepa el equilibrio entre los humanos y los otros animales se mantiene en el mundo rural.

Si hay algo que falla, entonces, será en los seres humanos. Las relaciones humanas son de una riqueza inigualable, pero implican riesgos, dolores y decepciones. Por otro lado, los perros ofrecen afecto incondicional a sus dueños, a cambio solo de una alimentación diaria y un hueso de vez en cuando. Hoy camino con la idea de que la culpa no es de los perros, sino de un fracaso de la civilización humana. ~


    ×

    Selecciona el país o región donde quieres recibir tu revista: