Rey Elnó, pero el león sí

‘Rey Elnó’, novela de Ánjel María Fernández, transcurre en un zoológico el día de su cierre y los pocos siguientes. Y no es una novela alegórica.
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La ambientación en un sistema cerrado es un recurso clásico de las novelas alegóricas, quizá porque el encierro de los personajes en una especie de escenario contribuye a volverlos marionetas. Si esos personajes son además animales, los atributos de cada especie ayudan a otorgarles un papel en la sociedad a escala que representan. He leído estos días Rey Elnó, novela de Ánjel María Fernández que transcurre precisamente en un zoológico el día de su cierre y los pocos siguientes. Pues bien, no es una novela alegórica, lo que la hace más interesante y desde luego menos previsible, y si me refiero a ella a partir de lo que no es se debe a que su lectura, sin dejar de entretenerme y hasta hacerme reír, me iba inspirando preguntas sobre los géneros literarios, y también se debe por supuesto a que en muchos casos las narraciones con animales son alegóricas o satíricas, fatalidad de la que escapa, ahora que lo pienso, la literatura infantil, al menos los libros que no pretenden aleccionar a los niños.

Me parece que quiero decir que aquí el texto está al servicio de sí mismo y no pretende demostrar nada, aunque el narrador con frecuencia llama la atención sobre sí mismo, a través de juegos de palabras, refranes bien traídos, observaciones sobre la situación que está exponiendo, etcétera, y estos recursos, si no lo pretenden, sí que acaban por demostrar algo: la existencia del narrador. Más abajo pondré algunos ejemplos.

Elnó es el león del zoo, y aunque sí que es el más chulo y el menos asustado porque los demás animales estén también libres −por su fiereza y porque se los puede comer, claro−, solo se representa a sí mismo, como si en lugar del rey de la selva fuera un notario de Clermont-Ferrand. Hay también una cebra y un burro yonkis, un camello dubitativo y cobardica, una ballena mística, un coro de moscas cantarinas, un gato despistado. Parte de lo que hacen tiene que ver con su naturaleza como moscas, como gatos, como lo que sean, y parte no. Aunque los humanos que aparecen padecen sus problemas típicamente humanos, lo primero que conocemos de ellos son sus nombres, que como son nombres de números (Uno, Dos, Tres y Cuatro) nos parecen nombres puestos por los animales. De este modo nos vemos colocados en el punto de vista de los animales encerrados, que parecen así más diferenciados que sus vigilantes. Una de las primeras apariciones llamativas del narrador tiene que ver con esos nombres, y en un primer momento se puede confundir con un error ortotipográfico: “[el león] fue al encuentro de Uno, de los vigilantes”. Me refiero a la coma. Pero es que ese vigilante se llama Uno. El juego sigue después, cuando nos encontramos con que el león “se fue a paso ligero a buscar a Dos, de los vigilantes”. Los retorcimientos sintácticos que recolocan sobre la marcha la imagen entregada no son los únicos juegos: recuerdo sin esfuerzo por ejemplo que el hipopótamo pregunta si “popodemos” hacer algo, y los cocodrilos “cocomen” cosas. El burro drogado equivoca todo el rato las palabras. El narrador se dirige a los lectores. A veces el uso de las palabras se acerca al de la poesía visual. Y también son frecuentes los casos en que un orden astuto de las palabras genera proposiciones desconcertantes, a veces por ambivalentes, a veces por rítmicas. He cometido la torpeza de no irlas subrayando y ahora me veo obligada a buscarlas a lo loco por el libro, por lo que no estoy segura de dar con las mejores: “el hijo avejentado por yonqui lo engañó”, “el retrato sin retoques del hombre al que pertenezco”, “luego vista fija en el cielo y apertura de ojos supina”, “cedió mamífero perdido su vigilia”, etc.

Fernández ha publicado en Pepitas una obra muy heterogénea. Por ejemplo, Había del verbo a ver, un diario de un curso como profesor de instituto, divertido y desolador, que es el único que he leído. Tiene dos obras narrativas, Los amigos y Javier Cámara: El hijo del labrador, que por lo que leo en la web de la editorial mezclan la fantasía con la vigilia. Además ha publicado con José Antonio Ruiz Gracia Insultario (“a medio camino entre la reflexión irracional y el exabrupto sofisticado”) y ha traducido junto a Elvira Valgañón los limericks de Edward Lear. El tipo de sensibilidad que se le presume para haber emprendido esa traducción y para afrontar libros de esa heterogeneidad se detecta también en Rey Elnó.

Rey Elnó
Ánjel María Fernández
Los aciertos & Pepitas, 2026
112 páginas


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