En la historia de la circulación de las imágenes hay que detenerse en Alphonse Mucha, que a finales del siglo XIX elevó el cartel publicitario al nivel de expresión artística, forma y belleza encaminadas a la comunicación de una idea. En 1894 el creador checo hizo el afiche de Gismonda, la obra de teatro de Sarah Bernhardt, para su presentación en el Théâtre de la Renaissance de París. De tamaño natural, la representación de la figura de Bernhardt, coronada por un halo con motivos de inspiración bizantina que graba su nombre, se eleva en un pedestal, cercana y a la vez inalcanzable –lo mismo que, después en el cine, soñaron Garbo, Marlene y sus creadores–. Mucha consigue el efecto con una línea, la hoja que sostiene la actriz con una mano, que se alarga por encima de su cabeza para engrandecer a la diva.
Mucha entendió muy bien lo que quería Bernhardt, una de las primeras figuras del entretenimiento que utilizó la fotografía y otros medios gráficos para hacerse notar y promover la idea del contacto con lo divino de su arte. El cartel causó sensación. Luego de Gismonda, la actriz ofreció a Mucha un contrato de seis años para que diseñara los afiches de obras sucesivas: Hamlet, La dama de las camelias y Lorenzaccio. Hay que preguntarse en qué medida el checo contribuyó al legado y la leyenda de Sarah Bernhardt, porque el teatro es efímero, pero el arte gráfico de Mucha sobrevive. Ahora se le puede observar en el Museo Kaluz, que presenta la muestra Alphonse Mucha. La magia de la línea.
El trayecto de Mucha comenzó mucho antes, en el pueblo de Moravia donde nació en 1860. Inicialmente quería ser músico, cantaba y tocaba el violín. Era un hombre religioso, criado en el catolicismo, y ferviente patriota. Son rasgos que se encuentran en su obra: la exaltación de lo divino, comparable a la música sacra, y la riqueza del folclor de los pueblos eslavos, especialmente los motivos florales estampados en objetos de uso común, como vasijas y jarrones. Mucha entró de lleno al mundo de las imágenes cuando comenzó a trabajar como aprendiz de escenógrafo en Viena. Como se ve, su formación y camino recoge múltiples expresiones artísticas que se concretaron en la litografía.
Su trabajo como ilustrador de revistas y libros es notable. Están, por ejemplo, sus dibujos para Krokodil, revista checa de sátira política, que integran el título de la publicación –trazado con una tipografía que adelanta los monogramas de las marcas comerciales– con lo representado, texto e imagen que se complementan. También las ilustraciones para los libros Cuentos de las abuelas y Campanas de Navidad y de Pascua, que sintetizan fragmentos de las obras y los decoran. Como artista moderno, Mucha trabajó con modelos y fotografías que tomaba en su estudio parisino de la rue Val-de-Grâce, para después reproducir las imágenes en otros medios.
Mucha fue una figura adelantada a su tiempo, una especie de alquimista que fusionaba los elementos con los que trabajaba, confiriéndoles en la mezcla un lugar nuevo. Un poco como Yves Saint Laurent, que recogió las ideas del diseño y propuso a la moda como vehículo político y de deseo. Los carteles para la marca de cigarros Job y la leche de Nestlé de Mucha son cumbres del arte publicitario. En el primero, el gesto voluptuoso de una mujer que fuma: apenas se ve el cigarrillo entre sus dedos pero el humo la envuelve, igual que su inmensa y espesa cabellera que se enreda en su cuerpo. El poster es una declaración, una mujer dueña de su deseo –“fumando espero, al hombre al que yo quiero / tras los cristales / de alegres ventanales / y mientras fumo / mi vida no consumo”, cantaría muchos años después Sara Montiel– que contagia el placer de fumar e invita, en última instancia, a comprar los cigarros. El de Nestlé es otra manera de condensar la época de optimismo del Art Nouveau con que se asocia a Mucha: la madre como diosa griega que parece flotar, que prepara la comida a su hermoso bebé, un gesto simple y al mismo tiempo heroico, lleno de belleza; en las esquinas del anuncio, de disposición vertical, unas palomas alimentan a sus crías.
No hay actos grandilocuentes en lo que representa Mucha: más bien se trata de la manera en que los personajes están envueltos. La fascinación viene de su adorno, de la decoración, de la presencia profusa de flores y detalles, un anillo, una piedra preciosa, una cinta que resplandece. Esa es otra aportación del arte de Mucha que confiere dignidad a lo decorativo, a la ornamentación. La belleza como motivo y consecuencia, una estampa reconocible, especialmente de la idea de lo femenino, como la Venus de Botticelli o Marilyn con la falda levantada. Imágenes bellas, inolvidables, quizá problemáticas en el contexto actual, pero, de forma curiosa, todavía eficaces.
La muestra del Kaluz no desestima los procedimientos y soluciones a los que llegó Mucha, para nada vacíos o superfluos, sino decisiones formales específicas. La imagen circular, que Brian Reade, curador de la retrospectiva de Mucha de 1963, llamó “fórmula Q”, está presente en muchas de las obras del artista. Crea un efecto de serpentina en las composiciones, que rodea a los personajes, siempre femeninos, con ropajes y largos cabellos, y guía la mirada del espectador para que recorra la imagen y se centre en ciertos aspectos. Con esto se crea un efecto de movimiento, un ritmo musical que da la impresión de que los halos detrás de las figuras giran, y que el viento agita las melenas como aleteos divinos de mariposas. La belleza es digna, constante, posible, se mueve, está viva.
Mucha también dedicó parte de sus esfuerzos a proyectos como la creación de veinte lienzos monumentales que cuentan la historia de los pueblos eslavos, donde plasma su folclor, tradiciones y mitos. Creó La epopeya eslava para el pabellón de Bosnia-Herzegovina para la Exposición Universal de París de 1900. Esta sección de la muestra no encontró una resolución del todo adecuada: en una sala minúscula se montaron unos hologramas que reproducen escenas de los lienzos que sin razón compiten con un espejo, irresistible para las selfies de museo. Mucha igualmente ilustró Le Pater, su interpretación del padrenuestro en un libro del cual se pueden ver algunas obras muy sentidas, de carácter más íntimo y en las que se reconocen sus trazos característicos.
Cerca del final, la exposición documenta la influencia de Mucha en el manga, los cómics y la novela gráfica. También en el diseño de portadas de discos de, por ejemplo, The Supremes, Grateful Dead y King Crimson. No está en la muestra, pero quién no ha notado que el célebre manga Sailor Moon es una reinterpretación de las posturas y el movimiento de serpentina de las mujeres de Mucha. Es una manera de decir que las estampas del artista checo son parte de la historia de cómo las imágenes circularon fuera de los salones de arte, en carteles y postales, de una manera democrática, e influyeron poderosamente en todas las vertientes del diseño. Su arte y estilo se hicieron canon.
Alphonse Mucha. La magia de la línea se presenta
en el Museo Kaluz hasta el 8 de febrero de 2027.