Con mi muerte expío mi culpa

En el año 2001, por error de dos controladores aéreos, dos aviones de Japan Airlines estuvieron a punto de chocar en el aire. Los controladores fueron a prisión. Este artículo no habla sobre trenes.
AÑADIR A FAVORITOS
Please login to bookmark Close

En septiembre de 1985, el señor Hiroo Tominaga decidió acabar con su vida. La nota periodística dice que “lo encontraron con heridas en cuello y pecho en su casa de Yokohama y había un cuchillo de diez centímetros junto a su cuerpo”. Dejó un mensaje. “Con mi muerte expío mi culpa”.

Dieciocho meses después, Susumu Tajima se bebió una botella de herbicida y “dejó una nota de despedida para su esposa, quien lo halló en el baño el martes por la mañana”.

Tominaga había sido empleado en el área de mantenimiento de Japan Airlines y Tajima, jefe de inspectores del Ministerio de Transporte en el aeropuerto Haneda de Tokio.

A ambos les cayó en la conciencia su parte de responsabilidad por el accidente del 747 de la aerolínea japonesa en el que murieron 520 personas. Se determinó que la causa fue una mala reparación que se había realizado siete años antes. Se trata de una pieza que aguantó doce mil vuelos, pero poco a poco se fue desgastando, hasta que la presión de la cabina la reventó, y esa explosión destrozó el estabilizador vertical. Los pilotos perdieron la capacidad de maniobrar el avión y tras treintaidós minutos angustiantes se estrelló en un cerro.

Ni uno ni otro fueron responsables directos de esa mala reparación, pero en esos siete años tuvieron la posibilidad de haberse percatado del error. No fue negligencia criminal, como diciendo “Ya cuando el avión se caiga ya va a ser otro pedo”, pero si hay una tradición de suicidio por honor en Japón es porque existe la tradición del honor.

Acudo al diccionario para no dejar el honor en términos ambiguos: “Cualidad moral que lleva al cumplimiento de los propios deberes respecto del prójimo y de uno mismo”.

Si de pronto hubiese una epidemia de honor, no sé cuánto harakiri o seppuku habría en el mundo o en nuestro país.

Los propios señores Tominaga y Tajima quebraron algunas tradiciones niponas. El recurso del herbicida no habría sido bien visto por un samurái. Mucho más cerca estuvo el señor Tominaga con el cuchillo de diez centímetros, si bien el defecto mayor está en escribir: “Con mi muerte expío…”.

La antigüedad dictaba que no se dejaran cartas, sino poemas de muerte, y en estos versos lo correcto era no mencionar la palabra “muerte”, ni transmitir angustia o pesar. La despedida tenía que hacerse con una carga de belleza.

Por ejemplo, el poema con que se despide Mishima:

Una leve tormenta nocturna dice:
“Caer es la esencia de una flor”
Y precede a los que no se atreven.

O el de un tal Tokugawa Ieyasu:

Ah, qué placer. Dos despertares y un dormir,
El sueño de un mundo que escapa.
La promesa de los tonos del alba.

Hay que haber planeado o anticipado la muerte para escribir uno de estos poemas, además de tener sensibilidad. Lo normal es una carta.

Emilio Salgari conocía bien el ritual japonés del seppuku y lo imitó lo mejor que pudo. Como prosista, no dejó un poema de muerte, sino tres cartas. La más famosa de ellas estaba dirigida a sus editores, y terminaba diciendo: “Los saludo rompiendo la pluma”.

La mujer de Salgari había ingresado a un centro siquiátrico y él se hallaba sin dinero; por eso dedicó unas palabras bien justificadas a sus editores.

A ustedes, que se han enriquecido con mi pellejo, mientras me mantenían a mí y a mi familia en una constante semimiseria, o incluso peor, apenas les pido que, en compensación por todas las ganancias que les he proporcionado, se hagan cargo de los gastos de mi funeral. Los saludo rompiendo la pluma.

A ningún escritor le extrañará que los editores se hicieron ojo de hormiga y fueron los propios lectores y vecinos de Salgari quienes armaron una coperacha para darle sepultura.

Sin el protocolo estético del seppuku, la espada en el vientre era un método practicado en la antigüedad de Grecia y Roma. Áyax hundió su espada en el suelo con la punta hacia arriba y se dejó caer sobre ella. Así cuenta Sófocles las últimas palabras del héroe:

¡Oh Muerte, Muerte!, ven ahora a visitarme. Pero a ti también te hablaré cuando viva contigo, en cambio a ti, oh resplandor del brillante día, y a ti, el auriga Sol, los saludo por última vez y nunca más lo haré de nuevo. ¡Oh luz, oh suelo sagrado de mi tierra de Salamina!, ¡oh sede paterna de mi hogar, ilustre Atenas y raza familiar! ¡oh fuentes y ríos de aquí, llanura troyana!, a ustedes les hablo y les digo adiós, ¡oh ustedes que han sido alimento para mí! Esta palabra es la última que os dirijo, las demás se las diré a los de abajo en el Hades.

Curiosamente algo falla al decir “esta palabra es la última”, pues podemos notar que la última fue “Hades”.

Con menos mitología y más carne y hueso, también Catón empleó la espada. De sus últimos momentos, Plutarco nos da la mejor y más cruenta reseña:

Ya cantaban los pájaros y se volvió a quedar dormido un rato. Cuando Butas regresó y le contó que en los puertos había gran tranquilidad, Catón le ordenó que cerrara la puerta y se tendió en el lecho como si fuera a seguir descansando lo que todavía quedaba de la noche. Pero, una vez que salió Butas, desenvainó la espada y se la clavó por debajo del pecho; pero el impulso fue demasiado débil a causa de la hinchazón de la mano, por lo que no murió de inmediato y, en la agonía, se cayó del lecho e hizo ruido al tirar un ábaco de figuras geométricas que tenía al lado. Los esclavos, al oírlo, empezaron a gritar e inmediatamente acudieron el hijo y los amigos. Al verlo empapado en sangre y con la mayor parte de los intestinos fuera, pero todavía vivo y con los ojos abiertos, todos se estremecieron; el médico se acercó y, como los intestinos habían quedado ilesos, intentó colocarlos de nuevo en su sitio y coser la herida. Pero cuando Catón volvió en sí y recobró el conocimiento, apartó al médico, reabrió la herida y se destrozó las entrañas con las manos, y murió.

Lo que más contribuye a la credibilidad de este episodio es “un ábaco de figuras geométricas que tenía al lado”. Es lo que da singularidad a la narración y el efecto de que el relator original presenció los hechos.

Áyax se suicidó por una mezcla de rabia y vergüenza. Catón por un coctel de principios políticos y personales.

Desde aquel percance de 1985, Japan Airlines no ha tenido pérdidas de vidas. Aunque en el año 2001, por errores de dos controladores aéreos, dos de sus aviones estuvieron a punto de chocar en el aire. Un DC-10 y un Boeing 747, lo cual hubiese causado 677 muertes. Sin embargo, el piloto del Boeing alcanzó a reaccionar con una veloz maniobra para evitar la colisión. Cien de sus pasajeros sufrieron heridas por el brusco movimiento. Los controladores fueron a prisión. No hubo cuchillos ni herbicidas, y no hace falta un exceso de celo nipón en tales situaciones, pero sí hubo responsables que pagaron.

Otro día hablamos de trenes. ~


    ×

    Selecciona el país o región donde quieres recibir tu revista: