Fotograma de Alea Jacarandas, de Hassen Ferhani.

Documentales entre el ombligo y el mundo

Las películas exhibidas en el festival de cine documental Visions du Réel 2026 oscilaron entre la exploración de temas personales y la denuncia de los males del mundo. Estas son algunas de las que destacaron.
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En la escena más citada y citable de El ladrón de orquídeas (2002), la insuperada obra maestra de Spike Jonze escrita por Charlie Kaufman, un inseguro aprendiz de guionista (Nicolas Cage interpretando al mismo Kaufman) asiste a una conferencia impartida por el gurú de la escritura cinematográfica Robert McKee, encarnado por Brian Cox. El aprendiz le comparte al agresivo McKee su idea de escribir una película en la que no pasa gran cosa y en la que el protagonista no cambia, no aprende nada, no tiene ninguna epifanía, “tal como sucede en el mundo real”, dice Kaufman/Cage tartamudeando.

McKee se le queda mirando unos segundos, se levanta del banco en el que ha estado sentado y, con una taza en la mano, responde, incrédulo: “¿no pasa nada en el mundo?”, subiendo la voz hasta terminar gritando, furioso e indignado: “¡Asesinan gente todos los días! Hay genocidio, guerra, corrupción… Todos los días, en algún lugar, alguien toma la decisión consciente de destruir a otra persona… Si no puedes encontrar esas cosas en la vida, entonces, amigo mío, ¡no sabes nada de la vida! ¿Y por qué carajo estás desperdiciando mis dos preciosas horas con tu película? ¡No me sirve para nada!”.

Debo confesar que un día sí y otro también recuerdo al fervoroso Cox gritoneante cada vez que me topo con un filme documental en el que su realizador o realizadora ha decidido que, como no está sucediendo nada importante en el mundo, no le queda más remedio que dirigir la cámara hacia su propia familia –el hermano, la mamá, la tía, los abuelos, el primo segundo– o hacia su propio reflejo en el espejo. Por supuesto, no todos los documentales ombliguistas son por definición desechables ni detestables –recuerdo un gran ejemplo mexicano, el conmovedor Un día menos (2009), de Dariela Ludlow, sobre sus ancianos abuelos acapulqueños– pero, la verdad, con el mundo en el estado que está –guerras en Medio Oriente y Ucrania, fascismos rampantes, crecientes amenazas laborales en este nuevo mundo tecnofeudalista en el que vivimos–, no deja de parecerme curioso que haya documentalistas a quienes, después de ver lo que sucede a su alrededor, lo primero que se les ocurre es hacer una película sobre su hermano / papá / tía / embarazo. Seguramente no hay nada más importante que ellos.   

Esto pudo constatarse en la más reciente emisión del festival suizo de cine documental Visions du Réel, el más antiguo y prestigiado del mundo, que finalizó hace un par de semanas. Su programación podría dividirse entre estos dos extremos: el cine documental que voltea a ver al mundo y, en contraste, el ensimismado que no hace más que verse el ombligo.

La noche de la infancia, de Xisi Sofia Ye Chen.

El filme ganador del festival pertenece a la segunda categoría, aunque no carece de méritos temáticos y formales. La noche de la infancia (España – Francia, 2026), de la española de origen chino Xisi Sofia Ye Chen, es un melancólico y reflexivo documental sobre el hermano mayor de la cineasta, A Wen. El tipo es 10 años mayor que la directora y, por decir lo menos, tuvo una juventud complicada: nacido en China, enviado por sus padres inmigrantes a Madrid siendo apenas un niño, se vio involucrado en su adolescencia y juventud con la mafia china-española en Barcelona, ganaba mucho dinero que luego perdía en los casinos, tuvo problemas por no poder pagar sus deudas y estuvo a punto de morir baleado en un enfrentamiento.

Todo esto ha sido dejado atrás. O por lo menos eso parece. Después de haber regresado de China –donde pasó un tiempo para reeducarse en un monasterio bajo la mirada de cierto “maestro” budista–, A Wen busca resucitar en su país adoptivo, lo que significa “atreverse a olvidarlo todo”. Su hermana ha hecho este documental para mostrar el esfuerzo de A Wen para intentar “volver a nacer” y, de pasada, para mostrar las cicatrices que deja la inmigración y el desplazamiento. Por lo menos la directora Ye Chen ha tomado de pretexto el ombligo familiar para voltear a ver hacia afuera.

El filme ganador de la sección Burning Lights es otro filme ombliguista pero que, al igual que La noche de la infancia, decide mostrar íntimamente a la familia para luego voltear a ver el mundo. En este caso, a su ciudad natal.

Alea Jacarandas (Argelia – Francia, 2026), dirigido por Hassen Ferhani, nos presenta una historia fascinante. Sucede que por allá de 1838, alguien llevó las jacarandas latinoamericanas a Argelia. En la actualidad, esos árboles “migrantes” forman parte del paisaje de Argel, la capital de ese país, en donde el periodista, escritor e intelectual Améziane Farhadi –orgulloso papá del cineasta Hassen– ha contabilizado, por lo menos, unos 200 árboles.

Estamos ante un personalísimo documental que cruza lo más íntimo y familiar con lo cotidiano, en un sentido homenaje al papá escritor y a una ciudad que aparece, tras el lente de la cámara del cineasta, genuinamente entrañable. Una ciudad que, por cierto, es la protagonista de las novelas del viejo Améziane y que termina siendo, también, la protagonista del filme que estamos viendo. Uno termina el documental con los deseos de viajar a Argel, pasearse por sus calles y descansar bajo la sombra de alguna enorme jacaranda migrante y desplazada.

Aunque estos dos filmes ombliguistas premiados sí son realmente valiosos –por lo menos sus directores tomaron a la familia como pretexto para explorar el mundo a su alrededor–, yo sigo prefiriendo el cine documental que, desde un inicio, nos presenta escenarios nuevos y desconocidos.

Este fue el caso deDu soleil et du plomb (Marruecos – Bélgica – Francia, 2026), dirigido por Jerôme le Maire y presentado en la sección oficial. Estamos en el desierto de Marruecos, tierra de la tribu nómada de los bereberes. En ese lugar, los milenarios habitantes de esos terrenos están siendo arrinconados por la modernización energética, pues se está levantando un megaproyecto de energía eólica y solar con un valor de 4 mil millones de dólares, por lo que innumerables familias como la de Hamid, que se dedica a criar y pastorear ovejas y que es protagonista de este documental, están siendo desplazadas para producir 2 mil millones de megawatts.

Ni modo. Este es el precio que hay que pagar por el sol y el plomo del título original y, por supuesto, por la electricidad que todos necesitamos en nuestros aparatos, en la computadora en la que estoy escribiendo esto, en el dispositivo en el que usted lo está leyendo. El asunto es que el precio lo están pagando Hamid y los suyos, no nosotros.

Heat , de Jacqueline Zünd

Algo similar sucede enHeat (Suiza, 2026), dirigido por Jacqueline Zünd. Desde el inicio de este documental, me pareció que estaba viendo una nueva versión del clásico Nanook el esquimal (Flaherty, 1922), solo que distópica y con decenas de grados centígrados más.

Zünd nos presenta una absorbente crónica de los ires y venires de cinco habitantes de la zona del Golfo Pérsico que sobreviven en el calor del título, a más de 50° C un día y el otro también. La mayoría de ellos son inmigrantes, todos ellos son trabajadores de sol a sombra –más bien de sol a sol– y, por supuesto, están alejados años luz de los multimillonarios que disfrutan de la vida encerrados en los centros comerciales, en los lujosos departamentos y hasta en alguna cafetería cuyo mobiliario está hecho completamente de hielo. No hay comentario alguno en off, a no ser los testimonios en off de los cinco protagonistas que acompañan a las imágenes del trabajo diario. Parece que estamos viendo la vida en otro planeta. De alguna manera, lo es.

Lo que sí sucede en este planeta, en el aquí y el ahora, es lo que nos presentaThe roots of madness (Suiza, 2026), de Edgar Hagen, el mejor filme que vi en Visions du Réel 2026, presentado y ninguneado en la competencia nacional suiza.

Se trata de un oportunísimo documental centrado en el veterano periodista germano Ulrich Tilgner, quien durante más de 40 años ha cubierto los conflictos de Medio Oriente. El cineasta Hagen acompaña a Tilgner a repasar los distintos escenarios conflictivos que ha reporteado el periodista alemán –Afganistán, Irak, Siria y otros lugares más de la misma región– para cerciorarse de que, shocking news!, todo ha empeorado y con el mismo común denominador: la permanente intervención estadounidense que, desde el inicio y parafraseando a la mismísima Hillary Clinton, “llegó, miró y la cagó”.

Tilgner no le echa la culpa solamente a Estados Unidos ni absuelve a Alemania ni al resto de Europa: señala las raíces inocultables de esa locura y la enorme responsabilidad de los “civilizados europeos” por la brutal colonización de esos territorios –Medio Oriente, África, you name it– y su criminal rechazo a la inevitable migración provocada por el hambre, la destrucción, el genocidio. Con Trump jugando guerritas en este momento en Irán, el documental es tan didáctico como deprimente. Y, eso sí, nunca voltea a verse el ombligo. ~


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