Marca personal a Succession: Demonios de cumpleaños

La tercera temporada de Succession se acerca a su final, pasando del éxtasis a la desolación en el que quizá sea el episodio más cruel de la serie hasta ahora.
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En teoría, los cumpleaños son días en los que el mundo festeja públicamente la dicha –real o inventada, da igual– de que hayamos pasado un año más en este planeta. Una oportunidad para celebrar y ser felices. En la praxis, sin embargo, los cumpleaños suelen ser pruebas de resistencia que nos obligan a realizar un incómodo examen existencial. ¿Estamos satisfechos con nuestras vidas? ¿Qué tanto hemos avanzado? ¿Qué falta por hacer? ¿Vale la pena vivir otro año más?

Si sumamos al estrés existencial la presión de organizar una fiesta que aspira a ser memorable, el potencial pernicioso del cumpleaños puede alcanzar dimensiones traumáticas. En Too much birthday, el libro infantil que le da nombre al episodio siete de esta temporada de Succession, la familia de osos Berestain planea un festejo espectacular para el sexto cumpleaños de Sister Bear: un despliegue que incluye juegos, carrusel, paseos, bailes y hasta un paseo en pony. Exasperada por la expectativa de pasarla bien, la osita no tiene un minuto de descanso. Al final de la jornada, Sister Bear estalla en lágrimas al no poder apagar las velas del pastel de cumpleaños. Lo que se suponía iba a ser el mejor día de su corta vida, les revela a los osos, termina siendo una pesadilla. Algo similar le sucede a Kendall en su cumpleaños 40, donde pasa del éxtasis a la desolación en el que quizá sea el episodio más cruel de la serie hasta ahora.

A continuación, la Marca Personal a “Too much birthday”

1.

Tras estar contra las cuerdas por varios episodios, el panorama comienza a despejarse para Waystar Royco. De acuerdo con los contactos de Gerri en el Departamento de Justicia, todo indica que la compañía solo será sancionada económicamente por los abusos sexuales cometidos en la línea de cruceros. Nadie irá a la cárcel. “Va a ser un número”, exclama Logan. El asunto aún no pasa de ser un rumor, por lo que el optimismo se limita a un discreto brindis con champaña en la sala directiva.

El único eufórico es Tom (Matthew Macfadyen), quien se escapa a la oficina de Greg y estalla de alegría. Como suele suceder con Tom, la explosión es entre cómica y amenazante. Por un momento parece que Tom va a lanzarse a los labios de Greg. El asunto no pasa a mayores y todo queda en un beso en la frente. La atracción que siente por Greg ya es inocultable. Tom inició la serie como un gusano arribista e irritante que gozaba de actuar como bully. Aún lo es, pero el distanciamiento con Shiv, la posibilidad de ir a la cárcel y el amor no correspondido de Greg –quien prefiere buscar el afecto de Comfrey, la publirrelacionista de Kendall– le han inyectado una gravedad casi trágica al personaje. Brian Cox y Jeremy Strong acaparan los reflectores, pero Macfadyen no desmerece ante ellos.

La nueva prioridad para Waystar Royco es comprar GoJo, la plataforma de streaming que el imperio mediático tradicional requiere para ser viable en el mediano plazo. Waystar Royco desea ganar “las guerras del streaming”, algo casi imposible de conseguir con StarGo, la plataforma de la compañía.

La fusión entre la librería de contenido de Waystar Royco y la vanguardia tecnológica de GoJo no solo sería bien vista por los mercados, sino que afianzaría la influencia mediática del clan Roy en la era de los medios horizontales y los contenidos sin fin. El problema es que el creador y CEO de GoJo, Lukas Matsson (Alexander Skarsgård), no desea vender. Los Roy no tienen opción: habrá que cortejarlo. Con la venia de Logan, Shiv y Roman asisten a la fiesta de cumpleaños de Kendall con el objetivo de buscar a Matsson y convencerlo de iniciar negociaciones.

2.

Tras semanas de preparativos, Kendall por fin celebra sus 40 años. La fiesta es el evento obligado de la temporada, un quién es quién del poder y la celebridad estadounidenses.  El tema de la fiesta es el mismo Kendall. “Bienvenido al mundo de Kendall Roy”, anuncia una enfermera tras cruzar un túnel de colores y texturas vaginales que simbolizan el nacimiento de Ken. Los escenarios subsecuentes son representaciones virtuales de su memoria y aspiraciones: una réplica de su oficina con pantallas que muestran llamaradas infernales, un túnel de cumplidos donde actores lanzan loas diseñadas para subir la autoestima de los invitados, una banda de niños que ejecutan covers de Wu-Tang Clan, salas con portadas de periódico falsas que vaticinan el fracaso inminente de los hermanos, una pista de baile que toca hits todo el tiempo y la cereza en el pastel: una “casita del árbol” a la que solo puede entrar la gente VIP. La acumulación es irritante: un ejercicio de narcisismo demanda la atención total de los asistentes. “El mejor presente para Ken es que estén presentes”, afirma una de las anfitrionas. En la marquesina de la entrada se lee “The Notorious KEN: Ready to Die”, pero la fiesta bien pudo haberse titulado Being Kendall Roy. “Too much birthday” está más cerca de los laberintos mentales de Charlie Kaufman que de la sátira vérite de La celebración, la influencia primaria del programa. Un verdadero malviaje.

En “The disruption”, tercer episodio de esta temporada, una periodista le comenta a Kendall que da la impresión de estar muy preocupado por controlar la percepción que la gente tiene de su persona. Él contesta que es natural –“vengo del mundo de la imagen”–, pero que se siente feliz en su “espacio mental”.  La fiesta de cumpleaños es una materialización de ese espacio. Para sorpresa de nadie, la mente de Kendall es un desastre. “Too much birthday” es una crónica de su desmoronamiento sicológico: del desplante mesiánico (ese cover de “Honesty” con la cruz gigantesca de fondo) a la fragilidad espantada de un niño urgido de consuelo. Kendall inicia el episodio como Kanye West, pero lo termina como Linus, el amigo de Charlie Brown que requería abrazar su frazada favorita para evitar los ataques de pánico.

El elemento que detona el derrumbe de Kendall es la tarjeta de feliz cumpleaños que le manda su padre a través de Roman. Lejos de decir “te quiero, Ken”, la tarjeta es otro gran “jódete” de Logan: una propuesta de compra de acciones por 2 mil millones de dólares. “Cash out and fuck off!”. La liquidez de la compra le permitiría a Kendall independizarse de la familia y armar un camino propio; el problema, desde luego, es que necesita la acreditación emocional de ser el heredero triunfante de Waystar Royco. La oferta paterna no es el único gusano en la manzana. Kendall cobra conciencia de que sus hermanos menores no están ahí para felicitarlo, sino para seducir a Matsson, lo que conduce a una andanada de hostilidades que deriva en el destierro de Shiv y Roman de “la casita del árbol”, el lugar feliz de Ken.

3.

Roman, hábil y malicioso, logra colarse al santuario VIP. Al margen de lo que diga Kendall, Roman pertenece ahí (como lo demuestra la forma en la que intimida al guardia de seguridad para poder entrar). Encuentra a Matsson, un monstruo que solo desea “privacidad, coños y pasta”. De manera similar a la relación que establece con el aristopopulista Mencken en el capítulo anterior, Roman conecta con los bajos instintos de Matsson. Ambos sellan la alianza mientras orinan sobre un teléfono que corre la aplicación de StarGo. La aplicación de los Roy realmente es digna de esos meados: el contenido nunca termina de descargarse.   

Roman ha avanzado con pasos agigantados en la carrera sucesoria. No obstante, Mencken y Matsson son demonios difíciles de controlar. El cortejo de ambos podría traducirse en consecuencias devastadoras para sus aspiraciones directivas. No sería la primera vez que la ambición le explota en la cara (basta recordar el cohete espacial de la primera temporada).

Shiv descarga la presión en la pista de baile. Los vasos comunicantes con Seinfeld son cada vez más obvios. La imagen remite a “The little kicks”, un episodio famoso por mostrar los malos pasos de baile de Elaine. Shiv baila como Elaine en tacha.

4.

Como sostiene Jesse Armstrong, showrunner de Succession, los momentos más disfrutables de la vida pueden desvanecerse con extrema rapidez. Una vez que la burbuja de confianza se rompe, Kendall se resquebraja mientras busca infructuosamente el regalo de sus hijas. Naomi, a estas alturas más madre que novia, se mantiene a su lado. Visiblemente intoxicados, los hermanos se entrecruzan en el bar. El festival de insultos es aplastante. Frustrada por no haber sido informada de la oferta a Kendall, Shiv insinúa que Roman es un impotente que jode a los demás para compensar su pobre desempeño sexual; Roman le responde que su enojo se debe a que Logan ya no quiere coger con ella y él es el nuevo favorito. Kendall se confiesa asqueado y los califica como traidores y mentirosos. Connor guarda silencio, pero no se quita el abrigo, lo que en la mente de Kendall arruina la vibra inmersiva de la fiesta. Como suele pasar en las celebraciones de cumpleaños, los únicos que se la pasan bomba son los que no conocen íntimamente al festejado.

“Tú no eres una persona real”, le dice Kendall a Roman, quien asume el insulto como medalla de honor. Por otro lado, ¿qué tan honesto es Kendall? “If I second guess it, it collapses”, “Shit is about to pop off”, “All bangers, all the time”. Kendall es tan real como un avatar de Twitter: un constructo de frases hechas, un holograma, una imagen que se distorsiona en cuanto alguien intenta conectar con ella, como Greg descubre metafóricamente tras ser humillado con rudeza por el cumpleañero.

Kendall es un contenedor vacío que busca ser llenado por la aceptación ajena. Lo único genuino en él es el dolor. “Sólo deseo estar en casa”, confiesa. Pero ¿dónde es eso, exactamente? Nunca vemos una gota de sangre en pantalla, pero “Too much birthday” es una de las horas más violentas de la televisión de este siglo. También una de las más hilarantes. Una joya, pues.

Pd. Contra todos los pronósticos, Comfrey acepta salir con Greg. ¡Vientos, Greg!

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