Postales de Jonas Mekas

Destellos de belleza

Jonas Mekas

Traducción por Pablo Marín

Caja negra

Buenos Aires, 2022, 360

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La próxima Nochebuena se cumplirán los cien años del nacimiento de Jonas Mekas, el poeta y cineasta lituano que tuvo que dejar su país en 1944, por el riesgo que corría si caía en manos de los nazis que habían invadido su país. Salió de Lituania con su hermano Adolfas, tres años más joven. No llegarían a los Estados Unidos hasta 1949, uno con 27 años y el otro con 24. La comunidad emigrada lituana se había establecido en Chicago, y allí es adonde se dirigían los hermanos, pero al desembarcar en Nueva York les pareció una ciudad lo bastante interesante como para detener el viaje allí. La ciudad no se había convertido todavía en el divertido hervidero de artistas, excéntricos y buscavidas que alcanzaría fama mundial tres lustros más tarde (y en cuya eclosión ellos desempeñarían un papel crucial), pero ya daba señales. Allí fundaron la revista Film Culture, para hablar de las películas, la Film-Makers’ Cooperative, para distribuirlas, y los Anthology Film Archives, para conservarlas y proyectarlas.

El centenario, al que ha estado a punto de llegar para brindar, ya que murió en 2019, se está celebrando en todo el mundo con exposiciones, proyecciones, muestras retrospectivas y mesas redondas. Son un éxito de convocatoria, porque la figura de Mekas representa un ejemplo vital para mucha gente joven y no tan joven a lo largo de todo el mundo: sobre todo cinéfilos, pero no solo. Mekas se asocia a la curiosidad permanente por todo aquello que nos rodea, con especial sensibilidad para lo pequeño, lo modesto y lo que puede pasar desapercibido, en lo que uno siempre, si está atento, puede advertir un milagro. Se asocia también a lo amateur, a lo que se hace con pocos medios, con mucho ingenio y con ingenuidad también. Su vida, prolijamente documentada en fotos, diarios y películas, parece discurrir siempre al borde del éxtasis, en una especie de instantánea sublime. En su actitud tintinea algo del místico y algo del vagabundo, y eso es algo que lo une profundamente a los Estados Unidos, el país de Emerson y de Walt Whitman que cruzan los trenes en los que viajan sin un dólar los lonesome hobos de las canciones. Además pareció conservar siempre un ánimo juvenil, en cierto modo subrayado por su asombrosa longevidad. Un joven es alguien recién llegado, al mundo, a Nueva York, a América, alguien que no ha aterrizado del todo. A veces, por debajo de su entusiasmo contagioso, de su ingenuidad prístina, parecen asomar la tristeza profunda y el desarraigo que da la sensación que quiso mantener a raya.

Podríamos considerar la publicación de Destellos de belleza, por parte de la editorial Caja Negra, como parte de la celebración por los cien años. Del mismo autor, Caja Negra ha publicado también Ningún lugar adonde ir (2008), el diario del comienzo del exilio, y el Cuaderno de los sesenta (2017), una compilación de textos críticos y entrevistas publicados entre 1958 y 2010. Destellos de belleza, que saca su nombre de la película As I Was Moving Ahead Occasionally I Saw Brief Glimpses of Beauty, es una colección de un centenar de breves textos de muy diversa índole acompañados por fotos, afiches o fotogramas. Lo acompaña un interesante y clarificador prólogo de Pablo Marín, autor también de la traducción, que destaca “la apertura de su archivo personal para afirmar una vez más esa sencillez visionaria de mostrarse a sí mismo a través de las huellas –concretas y recordadas– del camino recorrido”, y detecta pistas sobre “cómo construir lazos personales y comunidades creativas independientes”.

La versión original en inglés se tituló A Dance with Fred Astaire, que es el nombre de uno de los textos. Aquí Mekas cuenta cómo en una ocasión fue convocado por Yoko Ono para bailar con Fred Astaire para la película Imagine: “El entrenamiento actoral de mi juventud sirvió para saber que un profesional puede aprender de un ensayo, pero en cambio un amateur solo puede empeorar”. El capítulo es un buen ejemplo de lo que encontraremos en el libro: escenas insólitas, un abigarrado desfile de personajes del underground o bien del establishment, soluciones inesperadas a problemas que parecen irresolubles, intuiciones fugaces que pueden transformarse en axiomas vitales, recuerdos que afloran sin que necesitemos saber por qué, etcétera.

Las entradas se suceden sin orden cronológico, como si fuesen una colección de postales revisadas a lo loco antes de devolverlas a la caja. Esto hace que la lectura sea muy divertida, ligera y luminosa. De ahí puede salir de todo, tanto escenas graciosas como emocionantes retratos de amigos desaparecidos. A una tentativa –abandonada ese mismo día– de 1995 de registrar lo que hace en un día, hora por hora (“12:35: Envío otro fax a la Galerie du Jour. 1:00 pm: Media hora desperdiciada entreteniendo a cien niños de una escuela debido a que Nickelodeon tv jamás vino”) le sigue el recuerdo de la vez que conoció a Timothy Leary, en 1965, cuando rechazó tomar LSD con él ya que lo había probado un año antes y “deseaba que fuera algo único, de esas cosas que se hacen una sola vez en la vida”. 

Cuenta también, por ejemplo, la tarde de 1960 en que Adolfas y él, que aún pasaban mucha hambre, se comieron todas las galletas que Anaïs Nin había preparado en su casa para los invitados a ver la película que había rodado Ian Hugo, su marido, o los cabreos del apasionado Peter Kubelka, que se largaba a dar largos paseos para tranquilizarse, o cómo conoció a Arnold Schwarzenegger disfrazado (Schwarzenegger) de Papá Noel, o los viajes a la Unión Soviética, donde se topó y trató de burlar el paranoico sistema, o la bronca que le echó Henri Langlois cuando se enteró de que no había hecho copias clandestinas de las películas de Jean Epstein cuando tuvo la oportunidad, o evoca, de manera sencilla y conmovedora, el paseo que dio por Ávila en 1967 y que recogió en una película, o el milagro de Fátima que se manifestó años después de su visita a Portugal, y en resumidas cuentas un centenar de historias que hacen reír o que arrojan luz sobre cómo pudieron trabajar los artistas de los años sesenta. Y entre todas ellas, como siempre, se adivina un misterio que protegió con toda esa exuberante exposición, y que quizá se quedó en Lituania, con los comprometedores diarios que dejó enterrados en el jardín de su tío, cuando tenía 22 años y Europa estaba en plena guerra. 


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