Cuentos de Firozsha Baag, de Rohinton Mistry

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“Le dijeron que no temiera la vergüenza”. La vergüenza de volver, la que acompaña al fracaso, la que a veces asoma, como no queriendo, cuando uno se da cuenta de que es diferente al resto y cree que en ello hay algo malo. Pero también, en las historias de Mistry, la que parece recalcar que cualquier ser humano, que todos, hemos cometido o cometemos en nuestra vida cotidiana actos que podrían ser vergonzosos y, sin embargo, eso no nos vuelve “menos humanos” o “más bárbaros”. Sino que seguimos siendo las mismas personas que aman, odian y se enternecen.  

Rohinton Mistry nació en Bombay en 1952 y ha sido dos veces finalista del premio Booker –con las novelas Un perfecto equilibrio y Asuntos de familia–, mientras que Un viaje muy largo fue galardonado con el Premio Commonwealth Writer. El título de ésta última podría ser una metáfora de su propia vida, pues emigró a Canadá en 1975, pero también de los personajes de este libro, que aún sin salir del mismo conjunto habitacional de Firozsha son viajeros.

Cuentos de Firozsha Baag puede leerse así: como un grupo de relatos que se sucede en uno de esos conjuntos habitacionales tan comunes en cualquier capital del mundo en los años cincuenta y sesenta –Madrid, Ciudad de México, Bombay, Moscú, Paris o Nairobi– y cómo esta nueva convivencia, tan cercana y tan distante, tan entrometida, perfilaba una nueva forma de vida en las sociedades donde ya los niños dejarían de crecer en una casa para crecer en apartamentos o pisos que, año con año, se van haciendo cada vez más pequeños en cualquier ciudad.

Ahí las historias de unos vecinos y otros se conocen aunque no se quiera, simplemente porque se escuchan las discusiones a través de las paredes, porque se mira por la ventana y, también, porque a veces el tedio le saca a uno ese pequeño detective que lleva dentro y se pone a imaginar cosas a partir de las bolsas de basura o de la ropa que está colgada a secarse. El tedio que está instalado en algún vecino –ese que no falta y que está solo– y que dedica su vida a hurgar y contar las vidas de los otros.

¿Y qué otra cosa hace el escritor sino ésa?

Pero no sólo ésa. Aunque sí, claro, y en el último texto del libro se discute sobre la importancia de la evocación para la escritura y esas otras cosas que parecen sólo tener relevancia para quienes se dedican a escribir –junto con los padres del autor y los amigos que saben que aparecen como personajes. Los Cuentos de Firozsha Baag también pueden ser leídos como una novela. Hay un personaje principal, el narrador, a cuya transformación asistimos y también a la de otros personajes que se van transformando de un relato a otro: la vecina que padece cataratas, el muchacho que se debate entre la acción social y salir del país, el otro que va resolviendo su sexualidad desde el encuentro en el colegio con un compañero, etcétera. Pero la transformación principal tal vez no sea la de ninguno de ellos sino, a la manera de John Dos Passos en Manhattan Transfer –o de Carlos Fuentes, Camilo José Cela o de quien se quiera– la de la vida cotidiana, la de la sociedad en los cincuenta y sesenta que comienza a volverse predominantemente urbana y aparecen los electrodomésticos como el paraíso deseado –la televisión, el tocadiscos, las lavadoras… junto con la idea del turismo, la música pop, las marcas internacionales que se venden como símbolo de estatus. Y, mientras esto sucede, también la vieja clase alta va perdiendo su poderío, los Mercedes Benz se corroen y las carreras universitarias dejan de ser garantía de riqueza. Entonces hay que moverse, tal vez emigrar como hicieron los ancestros siglos atrás.

Éste sería el tercer hilo conductor del libro: la dupla inmigración-emigración. Esta constante humana que tan fácilmente se olvida y se sataniza en el otro y se justifica en los seres queridos. El amigo o pariente que emigra es una finísima persona, pero el vecino inmigrante es una lata por su ruido y su olor, es un muerto de hambre o un criminal en potencia. Nuestro amigo no, nunca. Tampoco nuestros padres, abuelos o bisabuelos que emigraron a donde nosotros nacimos, o que fueron y volvieron. Por eso, también, los textos de Firozsha Baag parecen tan actuales –y dado que el autor se cuida de no mencionar fechas, no faltará el ingenuo que piense que retrata el Bombay del siglo XXI. Cuando un personaje dice: “los gratis siempre invadían lugares, nunca iban sencillamente a ellos… rezumaba el hedor de la intolerancia. Relegaba a toda una raza al mudo papel de coolies y sirvientes irredimibles para siempre”. Ahí, en lugar de gratis, se puede cambiar por el gentilicio que se quiera –marroquíes, mexicanos, españoles, alemanes…–, sólo es cuestión de cambiar la época y el lugar de referencia.

Entonces el escritor es algo más que alguien que sólo repite las anécdotas del otro: Mistry es el alquimista que hace un espejo humano. Un espejo para ver reflejados nuestros odios en los odios del otro –y que así nos parezcan tan poco justificados–, un espejo donde se refleje nuestro amor en el amor del otro –y, así, nos demos cuenta de la igualdad. Rohinton Mistry construye y juega con estos espejos. Los personajes no son ni detestables ni inmaculados: son humanos. Y el autor nos lleva a compartir las pasiones de cada uno como si fueran propias, con toda esta dosis de ternura que tenemos para nosotros mismos. ~