Escenas de un viaje a Melilla (Un homenaje a Luis Buñuel)

El 29 de julio se cumplen 40 años de la muerte del cineasta. Este cuento es un homenaje a 'El discreto encanto de la burguesía'.
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LOS GRUPOS DE PERSONAS TIENEN ALGO EXTRAÑO Y SORPRENDENTE, NO IMPORTA QUÉ CIRCUNSTANCIA LAS HAYA REUNIDO 

Todos los aeropuertos son igual de tristes e impersonales, y una vez superada la sensación de frialdad, producen algo consolador, como una cierta hermandad entre todos los transeúntes que se cruzan ahí: los que van en chanclas, los que llevan abrigo, los que viajan en primera, los que compran la prensa internacional, los que fumaban en las peceras, todos, de pronto, están igualados en la incomodidad de estar en un no lugar. No fue eso lo que unió, en cambio, al grupo de pasajeros que llegó desde Madrid al aeropuerto de la Ciudad Autónoma de Melilla aquel mediodía de finales de mayo. La temperatura no era excesiva, sobre todo gracias a la brisa marina. Todo parecía dispuesto para agradar a este grupo compuesto por un cineasta, un piloto, una escritora y un cantautor. Iban acompañados de sus parejas, menos el cineasta, que había elegido como acompañante a su director de arte, y el piloto, que se había sumado a la expedición casi al final y se había ofrecido a enseñarles la ciudad. Estaban todos invitados a unas jornadas sobre cine y literatura; se proyectaría la película más reciente del cineasta, el cantautor daría un concierto acústico, la escritora leería unos textos suyos. Luego habría debate, preguntas del público, etc. Tendrían que acudir a charlas, recitales y proyecciones de otros, tal vez participar en los debates posteriores y compartir mesa con el resto de participantes. 

El piloto se había pagado su billete, había conseguido ir en el mismo vuelo que sus amigos y los había hecho pasar a todos a la cabina del avión. Nadie se negaba a esa sonrisa y a esa mirada que puede parecer inocente pero que en realidad tienen solo los que nunca han tenido que enfrentarse a grandes obstáculos para obtener lo que quieren. Iban entrando de dos en dos, no cabían más. Los conductores de ese avión apenas se inmutaban. La escritora se había mareado un poco, un vértigo momentáneo, al entrar en la cabina. Era todo mucho más pequeño de lo que esperaba. El director de arte dijo que esperaba que la luz fuera más cegadora. 

-¿Quieres conducir? –le había preguntado el piloto a la novia del cantautor, y ella se había reído. 

Todo eso había sucedido unas horas antes, ahora estaban esperando sus maletas, menos el piloto, que se había ofrecido a llevar la guitarra del cantautor para que la guardaran bien y había vuelto liberado de cargas para esperar el despegue del avión. 

-La verdad es que me muero de hambre –dice el novio de la escritora. No era su novio en realidad, o no muy serio. Se habían acostado casi cinco veces, pero quedaban mucho y hacían planes juntos. Al principio, el sexo había sido extraño y torpe, pero voluntarioso, y enseguida se habían acostumbrado al cuerpo del otro. La invitación a Melilla era el intento de ella de impresionarlo. Era lo más cerca del glamour que había estado nunca. 

-Os voy a llevar a un sitio buenísimo –dijo el piloto, que era el único de la expedición que había estado antes en la ciudad–. Aquí nos van a cobrar un dineral por un bocadillo con un trozo de queso rancio, no merece la pena ni el café. 

Poco a poco fueron saliendo las maletas. El piloto reconoció la de la novia del cantautor y le ayudó a bajarla de la cinta. 

**

A VECES LOS RECEPCIONISTAS LEEN LIBROS DE JANE AUSTEN CUANDO NO TIENEN QUE ATENDER A LOS CLIENTES

Los dos taxis, dos Mercedes blancos de principios de los 2000, llegan a la calle del hotel uno seguido del otro. Es un poco confuso el momento de pagar: en uno de los taxis se pide factura, en el otro no; bastará con el recibo para que nos lo den, se dice la escritora. En el hotel hay cierto trajín, porque hay más invitados al congreso, hay más actividades, y el tipo de la organización saluda a los invitados, les indica dónde está la recepción del hotel, allí les darán la llave, por supuesto que pueden dejar las maletas ahí, la guitarra también, claro, sin problemas. Las cámaras mejor no, por lo que pueda pasar, ja ja. Es una broma, sin problemas. Es agotador: dice lo mismo a todos y cada uno de los que llegan, es simpático y acogedor, los acompaña hasta la recepción y vuelve a la puerta a seguir siendo majo con otros. Es verdad que ha habido una mirada un poco diferente, ha habido algo eléctrico, esa clase de cosa que se da cuando alguien se siente atraído por otro. El director de arte no se lo esperaba y ha tardado un par de segundos en responder a esa mirada con la misma intensidad. Luego ha aprovechado la oportunidad para dejar claro que no compartía habitación con el director de cine. 

-Cineastas, os toca –ha dicho el piloto–. No me mires así, haces cine, eres cineasta, lo vi en una película. 

-Sí, sí, bueno, es que no compartimos habitación –dice el director de arte. 

El piloto sonríe al recepcionista y espera a que acabe su tarea antes de hablarle. Consigue una habitación a pesar de que presuntamente el hotel está completo y la paga por adelantado y en efectivo. 

-Disculpa, una cosa más, mi amiga tiene mucha hambre, creo que está a punto de desmayarse, ¿verdad? –dice mientras coge por los hombros a la escritora, que piensa que quien estaba hambriento era su novio, pero ahora que lo piensa quizá ella también comería. 

-Sí, la verdad es que sí. Me estaba preguntando dónde está el bar. 

-No tenemos bar, señorita –responde el recepcionista. 

-¿Me tomas el pelo?

-Tenemos restaurante, claro, pero ahora está cerrado. Puedo ir a mirar si hay unas patatas o algo así, si quiere. 

-Muchas gracias –interviene el piloto–. Creo que no hará falta, mejor nos vamos fuera, ¿no os parece? 

-Sí, damos un paseo por la ciudad vieja –dice la novia del cantautor. 

La escritora y su novio se miran antes de recoger sus bultos. Y como si fuera una obra de teatro, todos se van hacia los ascensores arrastrando las maletas en busca de su habitación. El recepcionista espera a que abandonen la sala para volver a su libro: ya sabe que Mr. Darcy y Elizabeth Bennet acabarán juntos, está clarísimo, y eso que es la primera novela de Austen que lee, pero quiere leerlo con sus propios ojos. Cuando el grupo se reúne de nuevo en la recepción unos minutos después, apenas se inmuta. 

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CUANDO LA NECESIDAD APRIETA SE CELEBRA MÁS DAR CON UN SUPERMERCADO QUE CON EL CASCO HISTÓRICO

-No me lo puede creer –dice el piloto frente a la puerta cerrada del restaurante–. Sofía –le dice a la escritora–, lo siento de veras. Tendría que haber preguntado en el hotel. 

Un peatón los ve parados como pasmarotes en mitad de la acera, mirando con desilusión el interior del bar apagado. Hace calor, el sol está alto y los imagina sedientos y quizá perdidos. Tienen ese aire de quien ha corrido para llegar al oasis, que se ha esfumado un segundo antes de alcanzarlo. 

-Es que solo abre para cenas, ¿saben? –dice el peatón–. Pero si siguen por esa calle, todo recto y luego toman la calle chica que sale a la izquierda encontrarán una plaza, ahí tienen el bar de mi primo, no cierra nunca la cocina. 

La expedición le da las gracias al amable peatón y espera que se aleje para rechazar unánimemente su propuesta en una especie de asamblea rápida e improvisada. Vuelven al hotel y de camino entran en un supermercado y allí se abastecen de galletas y patatas fritas; compran agua y botellas de vino. El cantautor encuentra los chicles favoritos de su infancia y se sorprende de que sigan existiendo. Compra cinco paquetes. El director de arte se toma su tiempo para elegir un par de aguacates en su punto justo. La novia del cantautor elige un cepillo de dientes, se lo da al cantautor y le dice que le espera fuera. La escritora pasa rápido por la sección de congelados: le encanta el helado de stracciatella. Se muerde el labio y deja atrás, estoicamente, su helado favorito. El piloto se ha quedado en la entrada y ahora está hablando con la novia del cantautor. Le aparta el pelo del hombro y ella sonríe y cambia el peso de su cuerpo de una pierna a otra. La novia del cantautor está enamorada del cantautor, pero siente una atracción descontrolada hacia los pilotos, quizá culpa de Harrison Ford: con su anterior novio rompió después de que este descubriera que se había acostado con su mejor amigo del colegio cuando lo acogió en su casa. El mejor amigo era piloto y había ido a casa de su amigo a recuperarse de una ruptura con una sobrecargo. 

La expedición camina de vuelta al hotel bajo un sol cegador. Un ligero viento hace que el trayecto sea más agradable y agita las camisas contra los cuerpos. Aun así, todos sudan, menos el piloto. Los cineastas se protegen los ojos del sol con la mano; la escritora hace parasol con una bolsa de patatas, el resto lleva gafas de sol. En la acera de enfrente hay una tienda con pamelas en el escaparate, la escritora piensa que tal vez necesitaría una, pero está cerrada. Como se ha parado un momento, su novio ha aprovechado para fijarse en su culo. Ella ha notado la mirada y se ha acordado de los brazos fuertes de él. Ha tenido muchas ganas de llegar al hotel. Sigue a los demás, que ahora, al abandonar las calles peatonales caminan en fila india sin hablar, decepcionados por el paseo y agotados por el viaje. 

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EN LOS HOTELES SIEMPRE PARECE QUE ESTÉ TODO EL MUNDO DURMIENDO SIN IMPORTAR LA HORA QUE SEA EXCEPTO CUANDO SE CELEBRA UN EVENTO

Resulta que Julián, el tipo de la organización, ha pasado a recogerles para avisarles de la comida, pero eso ha sido hace bastante, más de una hora, según dice el chico de la recepción, visiblemente molesto por la interrupción de su lectura. Todos miran sus teléfonos móviles extrañados por que no les haya avisado: descubren que no tenían cobertura. Les llegan los mismos mensajes de Julián al cineasta, al cantautor y a la escritora de golpe. Ya es demasiado tarde para nada, así que cada cual se va a su habitación. 

Nada más entrar en su habitación, el cantautor saca la guitarra de su funda, la afina y comienza a probar acordes. Tiene un par de versos sobre la nostalgia y la infancia y los chicles con los que ahora su novia hace una pompa enorme y le mira sin pestañear. El cantautor no se da cuenta de la insinuación de su novia y rasga acordes buscando una melodía, pero no se da cuenta y le sale una de Mecano. 

El director de arte ha estado a punto de pedirle al director de cine el teléfono de Julián, el de la organización, pero no estaba en su habitación: tiene una cita con una periodista, que ya le espera en la recepción. En su habitación, el director de arte se da una ducha y se tumba con la toalla rodeándole el cuerpo y un libro entre las manos. Se queda dormido enseguida y sueña que viaja en un avión en el que todo el mundo lleva camisetas rojas y gorras y come comida basura. El avión, está claro, va a estrellarse y él es el único que lo sabe. 

La escritora y su novio están sobre la cama, intentan quitarse la ropa el uno al otro con cierta urgencia. Han cerrado las cortinas y tienen el pelo revuelto. Entonces llaman a la puerta. Con insistencia. Se visten rápido y la escritora abre: es el piloto. 

-No os importa que venga, ¿verdad? Verás, Sofía, quería hacerte una consulta. Tengo una amiga que escribe y quería que leyeras su manuscrito. Me lo ha mandado y te he impreso una copia. Lo tengo aquí, toma. ¿Podrás leerlo? No ahora, claro, cuando puedas. Sin prisa. Es una chica estupenda, con mucha gracia y una sensibilidad extraordinaria. 

El novio de la escritora está detrás de ella, le gustaría fumar pero no sabe si se puede en el hotel. Entonces el piloto le mira. 

-Discúlpame –le dice el piloto–, ¿a qué te dedicas? 

-Corto el pelo –dice él. El piloto durante unos segundo no sabe bien qué decir –. Soy peluquero. 

-¿Solo cortas o también das color?

-Prefiero cortar. Odio teñir, es bastante delicado el color, ¿sabes? Y los químicos destrozan el pelo. Los buenos tintes cuestan mucho dinero. 

-Corta el pelo en las casas de sus clientes también –dice la escritora, rendida a la evidencia de que no van a follar. El manuscrito no parece muy largo: 150 folios–. Dile a tu amiga que ponga el texto a doble espacio. Es el mejor consejo que le puedo dar. Cuando lo lea te digo algo más. 

-Gracias. Doble espacio –dice el piloto y luego mira al novio–: ¿Tú crees que debería arreglarme las puntas? 

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AQUÍ LOS ATENTADOS Y LOS MUSICALES SOLO SUCEDEN EN SUEÑOS Y PESADILLAS, A VECES NO SE SABE CUÁL EN QUÉ

-En realidad eso es lo bonito del cine, no tanto lo que tú has pensado rodar como dejar espacios en los que la vida se cuele en el cine. Claro que los maestros del Hollywood de los estudios y después son maravillosos, y me encantaría poder hacer, no sé, un musical, tipo Cantando bajo la lluvia, me encantaría, de verdad, pero es muy difícil, hay que pelearse con mucha gente, convencerles de que no tiran su dinero, y si ponen dinero quieren decidir y siempre hay un primo, un amigo… lo que me gustaría de verdad es poder hacer eso sin que fuera tan caro, encontrar la manera, no sé… veremos. Algo tipo Las señoritas de Rochefort, quizá… Pero lo que quería decir es que el cine es básicamente tiempo, transcurre en un tiempo, dura un tiempo y además, bueno, todos de alguna manera lo que queremos es congelar el tiempo, para no envejecer, para poder volver una y otra vez a situaciones que nos obsesionan… 

Mientras el cineasta habla, la periodista toma notas, pero solo de vez en cuando: lo está grabando todo con el iPhone. Aun así, apunta alguna cosa en su cuaderno. Por un momento los ojos del cineasta se van al canalillo de la periodista, que no se da cuenta porque está mirando su cuaderno. No tiene más preguntas. Le da las gracias y se va sin darle siquiera tiempo a preguntarle si irá a la proyección. El cineasta mira hacia la barra y la ve tristemente vacía. Se tomaría algo, la verdad, piensa. Aparece el director de arte, visiblemente agitado. Empieza a hablar.

-Estábamos aquí en la recepción del hotel y había una periodista que te hacía una entrevista y queríamos beber algo pero el bar estaba cerrado. Yo había quedado con alguien, pero era una trampa: unos tipos vestidos de negro y con pasamontañas añil, empezaba a disparar indiscriminadamente. No nos mataban, aunque a ti te daban en la pierna y no podías caminar. ¿Y sabes en qué pensaba yo?

-La verdad es que no, no tengo ni idea –responde divertido el cineasta. 

-Pensaba ¿por qué añil? –el director de cine se ríe–. En serio, ¿por qué? Creo que quiere decir algo. 

-Quiere decir que eres un psicópata, que sueñas que te van a matar y estás pensando en los colores. Por eso eres el mejor en lo tuyo. Anda, vamos a dar un paseo. 

-¿Tienes el teléfono de Julián, el de la organización? –se anima por fin a preguntar, pero el cineasta, dice, se ha quedado sin batería en el teléfono–. Es mi segunda pesadilla: en la primera íbamos en un avión y todos los pasajeros llevaban camisetas rojas y gorras. 

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EN LA PLAZA DE ARMAS, MIRANDO HACIA LA ENSENADA DE LOS GALÁPAGOS, EN UNA TERRAZA, UN CAMARERO PREPARA EL AUTÉNTICO GIN FIZZ

-Lo importante es no pasarse con la leche, es el ingrediente secreto, así que no lo vayáis contando por ahí, ¿vale? Que me quedo sin trabajo y mi mujer me echa de casa, no sabéis qué carácter. ¿Queréis todos? Es un poco pronto, pero con este calor entra muy bien, así que cuidado que lo mismo luego os tenéis que ir a dormir, ¿tú me entiendes a que sí? –dice mirando a todos a la vez–. Venís por lo del congreso ese, ¿no? Lo sabía, es que se os nota en lo observadores que sois, en cómo me miráis, en cómo lo miráis todo. No habíais estado antes en Melilla. Ah, tú sí, muy bien. Increíble, ¿eh? –el camarero ha ido preparando todo sin que el grupo se diera cuenta, distraído por su discurso. Tiene delante un carrito en el que tiene su set de coctelería: hielo, limones, sodas y los licores–. Lo primero es enfriar la ginebra, para eso se echa el hielo en la coctelera. Voy a echar también el azúcar para mezclarlo, sin agitar aún, no nos precipitemos. Lo remuevo. Ahora, a ver, limón, un golpecito de leche y la mejor parte –el camarero agita la coctelera y el grupo aplaude cuando lo sirve en un vaso con soda y una cáscara de limón como decoración. 

Una tormenta estalla: el primer trueno ha sonado cuando el camarero ha terminado de preparar el primer cóctel. El chaparrón ha sido espectacular: una auténtica tormenta de verano o tropical solo que no es verano ni es el trópico. El grupo ha corrido a refugiarse en porches olvidando la sed y el gin fizz. 

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POR FIN PUEDEN PONERSE ESOS VESTIDOS VAPOROSOS Y LAS CAMISAS DE LINO Y LUCIRLAS UN POCO

De esos dos días y medio en Melilla los recuerdos que cada uno conservará serán diferentes, entre todos podría componerse tal vez la historia completa de su paso por la ciudad. El congreso se organizará cada año, y alguno de los invitados volverá. El que más, el director de arte, que unas semanas después conseguirá por fin el teléfono de Julián y, tras muchas conversaciones de madrugada por chat, se encontrará con él en persona y descubrirá que aquella intuición en la recepción era buena. El cineasta querrá rodar en Melilla una escena un par de películas después. El cantautor romperá con su novia y solo entonces le escribirá una canción sobre el día que se conocieron que se convertirá en un éxito. El cantautor ahora tiene un hijo y piensa mucho en una cosa que le dijo un compositor de música clásica a Franco Battiato sobre el pop: “Ahora haces esto y está bien, ¿pero qué harás cuando tengas cincuenta?”. La que era su novia en aquel viaje tan raro a Melilla –en realidad él fue porque la escritora lo recomendó, siempre ha admirado su sentido del humor y su facilidad para hablar de lo miserables que podemos ser con una mezcla de ironía y ternura– no recuerda ni siquiera haber estado nunca en Melilla: cuando alguna vez quiere acordarse de aquel novio que tuvo y de que estuvo a punto de acostarse con un piloto por segunda vez en su vida lo sitúa todo en Tánger. La escritora y el peluquero siguen quedando, siguen sin ser del todo novios y el sexo sigue siendo voluntarioso. Recuerdan el viaje a Melilla, el primero que hicieron juntos, como accidentado y patético pero divertido. El piloto sigue colando a sus amigos en las cabinas siempre que puede. 

Pero antes de que pase el tiempo y de que en la organización recuerden especialmente a esos invitados gracias a una paella que cocinó el director de arte en público mientras charlaba con la escritora, recuperemos una estampa del grupo llegando a pie a la ensenada de los Galápagos. Caminan sin hablar, agotados y ensimismados, o eso parece desde fuera. Parecen haber coincidido en ponerse sus mejores galas, la escritora lleva un vestido con la espalda al aire y la novia del cantautor lleva un vestido de seda. Caminan sin hablar y a distancia unos de otros, no se miran entre sí. De pronto, uno de ellos dice que es raro que no se hayan cruzado con ningún guardia civil habiendo tantos cuarteles en la ciudad. Ahora miran hacia el mar y algunos sienten el deseo de bañarse. Pero no lo hacen. Solo miran hacia el horizonte, impactados por la belleza y la inmensidad. El sol está a punto de esconderse. 

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