Crónica sentimental en roja

El seleccionador de España es un hombre recto a la antigua usanza, con poca experiencia en clubes que ha sabido mantener el espíritu ganador.
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Junio de 2026. Los españoles sobreviven a duras penas respirando en el pequeño hueco que les dejan la futbolización de la política y la politización del fútbol. En una España crispada por los extremismos, lejos de desengrasar, el fútbol es otra trinchera más. Ni siquiera el (supuesto) equipo de todos se libra: hay miles de aficionados culés que jamás animarán a los jugadores de su club cuando juega con España, y otros tantos hinchas del Real Madrid que no apoyan a la estrella de la selección por ser barcelonista. Descontados todos estos y otros muchos desertores de la Roja por la primacía de los clubes frente a la selección, afrontamos un nuevo Campeonato del Mundo. De fútbol, por supuesto. ¿O hay que decir “de la FIFA”?

Parece que fue ayer cuando salimos a la calle en aquel verano de 2010 a celebrar la victoria en el Mundial, el primero y el único, de la selección española de fútbol. Masculina. Porque otra de las cosas que han cambiado desde entonces es que hoy se hace necesario especificarlo, tras la Copa del Mundo femenina que levantaron nuestras futbolistas en 2023.

La noche del 11 de julio, justo después del gol de Iniesta, España se llenó de espontáneos aficionados celebrando el triunfo. Incluso en lugares poco habituados a ver ondear banderas españolas y lucir camisetas de la Roja. Tan disruptivo y sorprendente fue aquello que hay quien encuentra razones lejanas para la reacción independentista (contrarrevolucionaria) de unos años después en aquellas expresiones de alegría mundialista.

Recuerdo echarme a las calles de Madrid con Elena, transitar por el centro, entre la Puerta de Alcalá y Cibeles, y pensar que aquella electricidad humana, aquel éxtasis insospechado remitía a las fotos de los Días de la Victoria en Nueva York en 1945. Incluso replicamos aquel beso del soldado y la enfermera como si hubiésemos ganado la guerra. Pensábamos que nunca íbamos a ser campeones del mundo. Porque, hasta entonces, la peripecia de la selección española de fútbol en los Mundiales era la historia de un fracaso. ¿Y los triunfos en los campeonatos de Europa? Las Eurocopas, la misma palabreja hortera lo transmite, son otra cosa. Por supuesto que tienen valor, y mucho mérito deportivo, pero carecen de la mística de un Mundial. Incluso con Franco se ganó una, a la que por cierto jamás le dimos bola hasta que no llegó la segunda. Ahora tenemos cuatro y otro subcampeonato, mientras en los Mundiales a duras penas hemos ganado una sola semifinal.

¿Qué fue aquello? Un espejismo. Los dieciséis años (¡dieciséis!) que han pasado desde el triunfo de la Roja en Johannesburgo, con nuevas y sonadas debacles de la selección en los tres Mundiales siguientes, reconfirman que aquella fue una excepción a la historia de frustraciones que ha acompañado a España en las Copas del Mundo de fútbol.

La selección española, formada tarde, mal y nunca, como casi todo en nuestro país, disputó su primer partido oficial, sin amistosos previos, apenas partidos entre Posibles y Probables, en los Juegos Olímpicos de Amberes en 1920, con Ricardo Zamora en la puerta y el pichichi original (el bilbaíno Rafael Moreno) en la delantera, aunque lo que pasó a la historia fue la “furia” del “A mí el pelotón, Sabino, que los arrollo”, de Belauste a su compañero del Athletic, Sabino Bilbao. España no acudió al primer Mundial en 1930 en Uruguay, un poco por la pereza de un viaje en barco interminable, otro poco porque se conmemoraba el centenario (así se llamó al stadium montevideano donde se disputó casi todo el Mundial original) de la independencia del país celeste, precisamente contra nosotros, el Reino de España.

Cuatro años después, en Italia 1934, España disputó su primer Mundial con bandera roja, gualda y morada. Nadie se acuerda ya, pero nuestro debut mundialista fue una ilustre victoria sobre la hoy pentacampeona Brasil por 3-1 con buen juego y goles vascos de Lángara e Iraragorri. Aquella era una selección de aúpa. La mala suerte nos cruzó con la anfitriona, la squadra azzurra de Giuseppe Meazza, del seleccionador Vittorio Pozzo y del duce Benito Mussolini. Demasiados rivales. La Italia fascista venció a la España republicana (con gobierno de derechas desde 1933) en un partido histórico marcado por los favores arbitrales y, pese a que el mito del Divino Zamora se hizo universal, nos volvimos para casa en cuartos de final, frontera natural de nuestra selección.

La Guerra Civil primero (nos perdimos Francia 1938, donde habríamos llevado un equipazo ya experto) y la Segunda Guerra Mundial después no nos dejaron jugar hasta 1950, cuando se logró una victoria sonada sobre Inglaterra (la Pérfida Albión que denostó la euforia franquista) en la primera incursión mundialista de los inventores del fútbol y un cuarto puesto que fue nuestra mejor clasificación hasta el Iniestazo, y aún sirve para recordarnos de dónde venimos.

En las ausencias de 1954 y 1958 no supimos aprovechar los años de Kubala y Di Stéfano: dos humillantes eliminaciones previas, una con Turquía por sorteo (el bambino Franco Gemma sacó el papelito del rival) y otra con Escocia, y los fiascos de 1962 y 1966, donde no pasamos de primera fase ni con la base del equipo campeón de Europa en 1964 contra la Rusia de la Araña Negra Yashin, fueron preámbulo de otro abismo de doce años más sin llegar al Mundial.

El retorno de 1978 en Argentina, recién estrenada nuestra democracia, fue, fallo de Cardeñosa contra Brasil mediante, el anticipo de la estrepitosa ruina en nuestro propio Mundial, España 82, el de Naranjito, que, sin embargo, dejó buena imagen organizativa al resto del mundo. De ahí hasta 2010, aunque siempre nos hemos clasificado, alternamos ilusiones vanas con históricas caídas. La Quinta del Buitre brilló en un esperanzador México 86 hasta los penaltis con Bélgica en cuartos, y cayó en octavos contra Yugoslavia en Italia 90, el mismo efecto desesperanzador de la serie 1994-1998 con Javier Clemente, ilusionante al caer con Italia en cuartos en Estados Unidosy fracasar en primera fase en Francia. La España de Camacho fue sentenciada por el árbitro Al-Gandhour contra la coanfitriona Corea en 2002 (seguíamos anclados en 1934) y Luis Aragonés no pudo evitar la derrota con la Francia del último y esplendoroso (y también desquiciado) Zidane en octavos de 2006.

El triunfo de 2010, tras comienzo con derrota ante Suiza, maravilloso e insospechado, con el legado del juego de toque de “los pequeños” no ha sido sino la excepción de una historia de fiascos que se ha repetido desde que tocamos el cielo con el “tiquitaca”, esa expresión que comenzó siendo despectiva y acabó conquistando el mundo. Tras tocar el cielo, vuelta al pasado. En 2014 (caída en primera fase) con el bueno de Del Bosque hundiéndose con el peso de la generación que nos hizo campeones de todo; en 2018 (derrota a penaltis con Rusia en octavos), con líos federativos, el primer Rubialesgate y la infamante destitución del seleccionador Lopetegui horas antes de comenzar el Mundial, y en 2022 (de nuevo a penaltis contra Marruecos en octavos), con un Luis Enrique desatado en batallas mediáticas, hemos vuelto a vernos superados por el tópico de que España nunca cumple las expectativas en los Campeonatos del Mundo.

¿Qué podemos esperar de la selección de Luis de la Fuente en 2026? El seleccionador, un hombre recto a la antigua usanza, riojano formado como jugador en el Athletic y como entrenador en el fútbol formativo, con poca experiencia en clubes, ha sabido mantener el espíritu ganador de un estilo, incluso tras haber sido señalado por aplaudir al expresidente de la Federación, Luis Rubiales,  tras la polémica por el beso a Jenny Hermoso. Ganador de la Copa de Naciones en 2023 (y finalista contra Portugal en 2025) y vigente campeón de Europa (la cuarta Eurocopa, España tiene más que nadie) en 2024, De la Fuente ha superado las expectativas, ha logrado buen juego y resultados con un equipo muy joven, incluso frente a los prejuicios de cierta parte de la crítica que no le perdonaba no haber entrenado en la élite. El siempre complejo hábitat mediático del fútbol español ha sacado a la luz un lado desconocido de un seleccionador al que se presentaba como un diligente funcionario y que ha encontrado el hueco entre las victorias para reivindicarse con carácter ante ciertas polémicas periodísticas.

Su equipo se clasificó para el Mundial 2026, en un grupo contra Bulgaria, Georgia y Turquía, con el hito de un espectacular 0-6 en Estambul. Esta España de De la Fuente es respetuosa con el talento y con la juventud. Trabajando la fórmula del éxito en el periodo 2008-2012, basa su potencial en un centro del campo creativo que completa con la movilidad de los atacantes. En esa medular destaca el barcelonista Pedri, piedra de toque del equipo, bien apoyado por nombres como los de los jugadores del Arsenal Zubimendi y Merino (si se recupera de una lesión inoportuna), Fabián, del exitoso PSG, y el balón de oro hace dos años, Rodri. Equipo con más estilo que individualidades, España cuenta ahora con una novedad histórica: aunque casi juvenil a sus dieciocho años, al fin tenemos una estrella mundial, Lamine Yamal, un prodigio adolescente zurdo capaz de ganar partidos desde la banda derecha, ayudado por su amigo Nico Williams, con el que forma una dupla que reafirma la idea de un país integrador y multirracial, y el sereno Oyarzábal como delantero goleador.  

Descontada la frustración nacional, los Mundiales son, además de un detector infalible de falsos futboleros que solo se apuntan al carro de seguir el fútbol cada cuatro años mientras los viejos cancheros picamos piedra domingo a domingo, una fuente inagotable de felicidad y, desengañémonos, de (des)ilusión. En la cita de Estados Unidos, Canadá y México del 11 de junio al 19 de julio, el Mundial más largo de la historia, y el primero con tres países organizadores y 48 equipos, la selección española jugará contra la principiante Cabo Verde, la asequible Arabia Saudí (aunque su ronaldizada liga ha mejorado mucho) y la siempre competitiva Uruguay en la primera fase. El eco de la leyenda autodestructiva de nuestra selección en los Mundiales se enfrentará a la calidad real de nuestro fútbol, amparada por un estilo que logró el mayor triunfo de nuestras vidas hace… ¿dieciséis años ya? Habrá que volver a ganar para que no digas que fue un sueño.


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