Quizá los primeros en estudiar el mundo editorial como un tema importante fueron los ingleses. Y fueron ellos los que señalaron cierta figura muy británica como gentleman publisher: el editor que publica lo que le gusta y porque le gusta, con sus propios recursos y sin pensar que está haciendo un negocio.
Cuando Joaquín Díez-Canedo, con su pipa, sus tweeds, su sobriedad, su elegancia cordial y un tanto displicente, empezó a publicar libros que le gustaban, libros buenos, bonitos y hasta baratos, pero que no pintaban como un gran negocio, parecía un transterrado del mundo británico: un gentleman publisher. Pero nació en Madrid, estudió letras españolas, fundó una revista literaria, tomó las armas en defensa de la República y acabó en México a los 23 años, en 1940. Sacó la maestría en la Universidad Nacional y entró al Fondo de Cultura Económica, donde trabajó dos décadas. Asombró a todos cuando, voluntariamente, dejó la gerencia de una casa de tanto prestigio para lanzarse por su cuenta, en 1962, a una proeza: publicar la nueva literatura mexicana. También extrañó que la bautizara con el nombre postal que usó en la Guerra: Joaquín M. Ortiz.
La Guerra, las dos orillas, la aventura y hasta la locura de ponerse al servicio del libro literario, la transmutación del nombre de Alonso Quijano, hacen pensar en lo quijotesco, en la figura de un hidalgo editor. Pero no, no había nada de enfático o militante en la empresa naciente: había el gusto de leer y compartir las lecturas, la seriedad tranquila del amor al oficio y las cosas bien hechas.
Años después, cuando frecuenté la editorial, me di cuenta de que la figura que mejor describe a Díez-Canedo no es tanto la del quijote editor ni la del gentleman publisher, sino la del artista. No era fácil de ver, porque el arte del libro tiene algo de invisible.
Editar es poner un libro en medio de una conversación. Editar es organizar una conversación. Editar es descubrir lo que alguien tiene que aportar a la conversación, sacarlo a luz, centrar la conversación con planteamientos inteligentes al autor, con presentaciones inteligentes al público.
Según Raimundo de Miguel (Nuevo diccionario latino-español etimológico), edere significaba ‘dar a luz un niño’ y también ‘editar un libro’. Y pone como ejemplo: Virgilius Mantuae editus est, ‘Virgilio, editado [nacido] en Mantua’.
Sócrates decía que él ayudaba a dar a luz las ideas de su interlocutor, como su madre ayudaba en los partos. Por eso, llamó a su método mayéutica, que es algo así como obstetricia. Editar tiene algo de mayéutico: es un proceso a través del cual lo que ya estaba ahí sale a participar en la conversación.
Hacia 1970, reuní un conjunto de artículos que me parecían publicables en un volumen misceláneo. Pero Joaquín ni lo rechazaba ni lo publicaba. Hasta que un buen día descubrió lo que yo no había visto: “Dentro del conjunto, hay una serie de artículos que tienen interés para los lectores de poesía, que usted puede trabajar y completar para un libro pequeño, por donde pudiéramos empezar.” Así nació Leer poesía, y luego, con el mismo método, Los demasiados libros y Cómo leer en bicicleta, libros que debo a su mayéutica.
Lo encontré muchas veces absorto en el diseño de un libro o en el significado de una palabra. ¿Tenía que ocuparse de eso? No personalmente; pero ahí estaba, sumergido y hasta irritable, como un artista que no encuentra la forma o está a punto de verla, y no está dispuesto a perder el advenimiento de lo que espera, por una interrupción. Alguna vez lo interrumpió un autor que creía haber escrito un gran éxito comercial: tranquilamente, lo mandó al diablo. Era obvio que le interesaban los libros por sí mismos, no sus efectos secundarios.
En esto, ha sido más autor que los autores para los cuales lo importante de escribir no es la página misma sino alguna otra cosa. Ha sido como aquellos autores romanos de los cuales habla Alfonso Reyes: orgullosos de la calidad de sus libros, aunque no ganen nada. Ha sido, como el mismo Reyes, un artista de la página, con ese arte menos reconocido, que no termina, sino empieza, con el original, aunque se compenetra con el arte de escribir.
Reyes llegaba más allá del original. Se preocupaba tanto por la página impresa que “la fobia de la errata me mantenía desvelado junto a las mesas de plomo” y, alguna vez, “me puso en cama, presa de una verdadera fiebre nerviosa, la aparición de cierto libro mío que estaba plagado de erratas”. El arte de Díez-Canedo, como en el ejemplo que puse, llega a participar en la concepción misma del libro.
Tarde o temprano, la historiografía mexicana descubrirá que no se puede hacer la historia de la cultura en México sin hacer la historia de sus editores, como empresarios culturales, como líderes intelectuales y como artistas mayéuticos. Para entonces, y para un posible museo del libro, propongo una sala donde se reúnan todos los libros publicados por Díez-Canedo, de preferencia con la documentación de archivo para el caso.
Por lo pronto, celebremos su merecido premio alfonsino, que lo hermana con Reyes en el gusto de leer y compartir las lecturas, en la tranquila seriedad del amor al oficio y las cosas bien hechas: como artistas de la página.
Me permito publicar de nuevo este homenaje, aparecido en Vuelta 206, de enero de 1994, cuando atinadamente se otorgó el Premio Alfonso Reyes a este gran editor. Celebro que, en 2024, El Colegio de México montó una exposición de su obra; y, sobre todo, celebro que en 2026 el Grupo Planeta inicie la reedición de todos los libros de la editorial Joaquín Mortiz. ~