Amigos clásicos

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En su juventud temprana, Enrique González Martínez estudió en un seminario en la ciudad de Guadalajara. “La enseñanza del latín en el seminario tenía un carácter puramente gramatical”, nos dice en sus memorias: El hombre del búho. Junto con uno de sus profesores, descubre que el latín es también literatura, y no sólo ejercicios aburridos. “Leímos otra vez la Eneida e íbamos reparando en sus encantos hasta allí recónditos; él salvaba las dificultades que había en mí, en los pasajes oscuros y difíciles y a la hora del comentario, éramos ambos los fascinados y sorprendidos. Cuando recuerdo aquellos días de comercio íntimo con la flor de la literatura latina y me veo ahora ya torpe y olvidado de aquella lengua prócer, me explico las palabras de Pierre Laserre, que al defender la enseñanza del latín en los colegios de Francia, decía: ‘No pretendo que todos lo sepan, me conformo con que lo hayan olvidado’. Yo soy aquel que lo olvidó todo, pero guardo en mi espíritu el perfume de los viejos poetas, y aún me seduce la armonía suprema, el noble tono de aquella lengua inmortal”.1
     No se tiene constancia de que Alfonso Reyes haya estudiado lenguas clásicas en su juventud. Sin embargo, sabemos que desde muy temprana edad le interesaba vivamente el orden clásico, como prueban sus Cuestiones estéticas (1911). Desde este horizonte, hay que retener las frases que a la educación clásica dedica en Pasado inmediato: ” […] Ayuna de Humanidades, la juventud perdía el sabor de las tradiciones […]. Quien quisiera alcanzar algo de Humanidades tenía que alcanzarlas a solas, sin ninguna ayuda efectiva de la Escuela […] Se prescindía de las Humanidades, y aún no se llegaba a la enseñanza técnica para el pueblo: ni estábamos en el Olimpo, ni estábamos en la tierra, sino colgados de la cesta, como el Sócrates de Aristófanes.”2
     Probablemente cuando empezaron a escribirse Enrique González Martínez y Alfonso Reyes no sabían que el barco que estaban tomando juntos los llevaba por una senda común y paralela. Esa senda sólo sería visible muchos años después, cuando después de la muerte del poeta Alfonso Reyes apareciera en la revista Ábside su correspondencia con Enrique González Martínez
     La muerte de Enrique González Martínez el 19 de febrero de 1952 tuvo una resonancia inusitada: “Las exequias fueron tan aparatosas como concurridas por los representantes de diversos sectores de las letras y de la administración pública. De acuerdo con uno de los testigos, sólo Amado Nervo había gozado de semejante distinción” (Leonardo Martínez Carrizales, p. 13). Nacido en 1871, Enrique González Martínez representaba a ese tipo de escritor “alimentado en la dieta del romanticismo francés y el modernismo hispanoamericano”.
     El entierro de Enrique González Martínez representó el adiós a una de las siluetas más conspicuas de la inteligencia de la primera mitad del siglo sobreviviente en el México moderno, postrevolucionario. Miembro eminente de la inteligencia del Antiguo Régimen —tenía casi cuarenta años en 1910—, médico, poeta, diplomático, académico, Enrique González Martínez supo dar al modernismo un “segundo aire” al imprimir en su retórica una reforma estilística llamada a hacer perdurar, más allá de sus límites naturales, su panoplia sintáctica. Su célebre verso “Tuércele el cuello al cisne de la divina elocuencia…” debe ser considerado como invitación a cultivar más allá del espectro modernista, los pactos que alimentaron la tradición lírica moderna. El impulso para imprimir al movimiento ese segundo aire tiene una raíz ética y estética que engrana y coincide con la raigambre que animará a su joven corresponsal al que le lleva dieciocho años de edad. Al morir Enrique González Martínez, surge la idea de que Alfonso Reyes publique en las páginas de la revista Ábside su túmulo poético, su correspondencia con Enrique González Martínez. Ábside era la revista donde se concentraban los escritores que ahora llamaríamos conservadores, los abogados de la tradición clásica. Al morir González Martínez y Alfonso Reyes ser invitado a preparar su correspondencia para la revista, es como si Reyes tomara en Ábside el lugar de su amigo.
     La amistad entre Enrique González Martínez y Alfonso Reyes se dibuja como un encuentro necesario: comparten ambos amistades y proyectos de vida con amigos comunes de los escritores congregados en torno al Ateneo, comparten una idea y una práctica de la poesía que hace de cada obra publicada un ascenso y la afirmación de una vocación literaria en el paisaje no siempre nítido de una literatura —la nacional mexicana— en emergencia y construcción. Un encuentro necesario entre dos vocaciones complementarias, dos cuerpos unidos por una sola sombra vocacional: la literatura como un ensayo de autoperfeccionamiento que no deja de tener sus resonancias públicas y civiles, ya que el escritor se concibe como una suerte de víctima propiciatoria, aquel que asume en sí los pecados del mundo y los absuelve. Si en el epistolario se escribe el encuentro necesario entre dos vocaciones complementarias, esa necesidad se expresará en la recepción recíproca, en la celebración comprensiva, en la atención vigilante que sabe responder al grito o la exclamación del otro. El tiempo de los patriarcas da cuenta del encuentro entre dos figuras eminentes de las letras mexicanas a lo largo de casi cincuenta años en que se van diciendo y expresando sus afinidades y distancias desde un cierto horizonte crítico. Pero este encuentro no se da en el vacío. A la muerte de González Martínez, Alfonso Reyes publicará en Ábside la selección ya mencionada de la correspondencia. Esta publicación resulta, según hace ver Leonardo Martínez Carrizales, más relevante de lo que a primera vista parecería. Culmina en ella, por parte de Alfonso Reyes, un largo proceso de aproximación al humanismo clásico y tradicional que es uno de los enclaves de la revista Ábside —una de las publicaciones independientes más consistentes de la primera mitad del siglo XX. (Sobre la revista Ábside cabe consultar el extenso y minucioso artículo de Louis Panabière: “Ábside: un ejemplo de dilación de la conciencia nacional por la cultura” publicado en la revista Relaciones. Estudios de Historia y Sociedad, núm. 6, primavera de 1981. El Colegio de Michoacán, México). Leonardo Martínez Carrizales detalla la evolución de la presencia de Alfonso Reyes en Ábside, desde las menciones de Gabriel Méndez Plancarte sobre Alfonso Reyes en su Horacio en México hasta la edición del epistolario.
     Esa evolución coincide con una descripción del paisaje clásico contra el cual se recorta la obra de Alfonso Reyes, y esa descripción es quizá uno de los elementos más valiosos de este epistolario: el descubrimiento de Alfonso Reyes como poeta de inspiración clásica. El drama poético de Alfonso Reyes se resume en la carta que le dirige Gabriel Méndez Plancarte (28-ix-1937) donde se defiende del cargo de ser una suerte de “millonario que ha derrochado sus caudales, autor de una obra grande pero fragmentaria, demasiado inquieta e inmóvil, poco dispuesta a la perdurabilidad”. Dice Alfonso Reyes: “[…] cuando yo aparecí con mis primeros versos en la literatura mexicana, realmente tuve una sensación de triunfo inmediato. Como los poetas de aquel tiempo, entre los cuales yo era el ‘benjamín’, se habían desentendido del todo de las letras clásicas, mi poesía tenía algo de grande sorpresa. Cuando me decidí a reunir en Huellas todos esos poemas, mi libro tuvo nada más un succès d’estime, como dizcen los franceses. Sentí el frío, y aunque yo lo presentía porque mis versos no iban con la mora, esa impresión no dejó de afectarme. Yo creo sinceramente que me desarmó un poco. He necesitado hacer cuentas muy claras con mi conciencia para resolverme después, a sabiendas de que a casi nadie le iba a gustar, a escribir y publicar mi Ifigenia. Creo haberme curado de este traumatismo” (p. 53). Por su parte, Enrique González Martínez está presente en la revista desde el primer número y llegará a ser considerado por uno de sus fundadores, Gabriel Méndez Plancarte, como un exponente no sólo de la tradición clásica en México sino aun de cierta expresión cristiana: “…bajo la acendrada concisión y la helénica euritmia, palpita un vasto anhelo mesiánico de purificación, que abre insospechados horizontes, y da a la poesía de González Martínez un hondo temblor y un presentimiento de aurora cristiana” (p. 57). Sobra decir que en este péndulo Alfonso Reyes-Enrique González Martínez sonarán horas paralelas, sonarán al unísono.
     Dos escritores mexicanos intercambian a lo largo de casi medio siglo notas, cartas, apuntes; su correspondencia dibuja a contraluz el perfil, la silueta de cada uno escribiendo en su soledad, traza también los límites de un pacto, las fronteras de una aldea simbólica: aflora entre las líneas de la correspondencia una idea y una práctica de la literatura que, a falta de mejor expresión, habremos de llamar clásica: si el cultivo de la letra representa un trabajo sobre sí mismo, un adelanto en el proceso de la escultura interior, el intercambio de noticias en torno a ese cultivo conlleva una afinación pública de que ese camino —el de la auto-afirmación atestiguada por la mirada del otro— tiene sentido, lleva a alguna parte. ¿A dónde? Por ejemplo, a este acto donde se celebra o se saluda el testimonio de una amistad compleja y compartida.
     Empieza la correspondencia como un intercambio a la vez solemne y fervoroso en torno a la participación de Enrique González Martínez y de Alfonso Reyes alrededor de algunas actividades del Ateneo de la Juventud. Son ambos actores un tanto periféricos, pero eso les permite reconocerse y dejarnos un paisaje de lo que aquellos episodios significaban.
     En la biografía literaria de cada uno de los corresponsales, este epistolario tiene un valor distinto: en el caso de Alfonso Reyes, la escritura y publicación de la correspondencia con Enrique González Martínez nos remite al proyecto de afirmar una biografía pública y de configurar en el orden forense una suerte de ersatz, de figura pública capaz de envolver y acompañar la biografía del autor; en el caso de Enrique González Martínez la propuesta se plantea en forma más inocente y desinteresada, Enrique González Martínez no levanta ningún monumento. En medio para ambos: la estima y la admiración recíprocas, el registro de las publicaciones y obras cruzadas entre ambos deja amplio testimonio de la estima compartida, del fervor correspondido a través de quiebros y requiebros. En el curso de esta amistad aparecen algunas sombras, una en particular: la que sembró algún equívoco entre los amigos a la hora en que Alfonso Reyes es designado representante de México en España en 1926, en un puesto para el que Enrique González Martínez esperaba ser nombrado. La nube equívoca se disipa pero Alfonso Reyes se ve obligado a escribir algunas de sus cartas más persuasivas y elocuentes.
     Otra sombra que pasa por la correspondencia es la de la muerte del hijo de González Martínez, a quien Alfonso Reyes dedica unos versos de condolencia. Una tercera sombra que pasa (y no pasa) por este epistolario es la que suscita la designación de Enrique González Martínez para el Premio Nobel de Literatura en 1949, que no deja indiferente a Alfonso Reyes aunque aquí no lo deja ver.
     En el Epistolario 1909-1952 cruzado entre Alfonso Reyes y Enrique González Martínez y publicado con el título El tiempo de los patriarcas, Leonardo Martínez Carrizales concentra un conjunto de tareas: desglosa la articulación de dicho epistolario en el marco histórico que le corresponde, define la construcción de una amistad en el sentido clásico, establece las pautas que sigue la construcción social del epistolario y culmina interrogando el sentido social de las exequias. En el camino, hará saber al lector que ésta no es la primera vez que se publica dicho epistolario pues Alfonso Reyes publicó en sucesivas entregas en la revista Ábside una versión de dichas cartas (en los últimos dos números de 1953 y los dos de 1954). La versión presentada por Alfonso Reyes tiene algunas correcciones y enmiendas que la edición de Leonardo Martínez Carrizales sabe restablecer.
     Leonardo Martínez Carrizales ha realizado un trabajo serio y cuyos alcances no es fácil definir. Presenta las noventa cartas con un estudio introductorio en cuatro partes. Luego transcribe los documentos y presenta acompañándolos un conjunto de alrededor de 250 notas a las que le añade luego la reproducción de vi apéndices diversos. Esas aproximaciones, como si fuesen los cuerpos de una pirámide, le permiten ir situando, mejor diríamos enalteciendo el espacio definido por las cartas. Tal enaltecimiento era necesario para dar cuenta de un momento significativo en el proceso más amplio de las letras mexicanas: el largo momento en que se expresa y sostiene la correspondencia entre dos varones eminentes de las letras mexicanas contemporáneas, el momento de aquel primer interregno cuando se encontraron sin reconocerse del todo las dos generaciones mexicanas del medio siglo. –

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