Bola ocho. Los cuentos de Elizabeth Geoghegan

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La discípula de Lucia Berlin. Así se presenta a Elizabeth Geoghegan; un reclamo comprensible: si a mí me hubiera dado clase Berlin y me hubiera apoyado en mi escritura también lo diría. Pero eso puede llevar a una confusión, la de creer que los cuentos de Geoghegan se parecen a los de Berlin. Algo que no es cierto. Más allá de que comparten una misma tradición, la del cuento realista. Los cuentos de Lucia Berlin conforman una especie de novela en marcha autobiográfica; de los de Geoghegan no podemos decir lo mismo: de inspiración autobiográfica o no, más que tratar de convertir en ficción una vida, lo que hace es volver sobre episodios (mujeres engañadas o decepcionadas con sus parejas, en general) que redundan en un tema: mujeres que se sienten un poco perdidas en la vida. 

Los chicos (que). Hay tres cuentos cuyo título empieza por el chico: “El Chico Árbol”, “El Chico del Críquet” y “El Chico Perro”. En los tres, la protagonista se enamora de los chicos y en los tres, lo que sucede no satisface las expectativas de ella o hay una ruptura. En uno de los cuentos, el chico tiene problemas para mantener relaciones sexuales (“El Chico del Criquet ha mirado a la muerte a los ojos, y eso le pone cachondo. Me llama ‘la reina de la mamada’ y me advierte: ‘Las chicas de Mánchester no tienen nada que recriminarte”.)”. En otro, el encuentro sexual, largamente esperado, resulta decepcionante. El Chico Perro del cuento se llama así porque tiene cuatro perras, “cinco si contamos a Bailey, la labradora de Jennifer”, que es la novia del Chico Perro. “Me follé al Chico Perro porque odiaba los zapatos de su novia. No tuvo nada que ver con la lujuria –aunque reconozco que me moría de ganas de follar con él, como todo el mundo–, ni con el amor, ni siquiera con eso, pero ¿cómo no enamorarse de un camarero así, mitad sueco, mitad Spokane, Washington, y encima vigilado por una jauría de perras?”. 

Crónica de un asesinato. Uno de los cuentos más impresionantes del volumen es “Una historia romana”, que se abre con un padre saliendo de casa con su bebé, ya camina. Nieva en Roma, el niño va abrigado. Y de pronto, un señor que ha salido a pasear a su perro ve caer al niño al Tíber. Lo que cuenta en el relato es la historia de esos dos hombres, cuyas vidas están conectadas por un hilo que no conocen y que solo descubrirá uno de ellos tiempo después. Es una tragedia de bajos fondos, miseria y malas decisiones que culmina en la noche en que cae “la única y verdadera nevasca que la Ciudad Eterna había visto en los últimos veinticinco años”. En una entrevista, Geoghegan cuenta que llegó a esta historia preguntándose qué haría Flannery O’Connor con un infanticidio. 

En busca de una misma. La protagonista de “Pura Goa Lawah” ha ido a una especie de viaje a Asia para encontrarse a sí misma. Su necesidad de conectar con su interior la ha llevado a tomar clases de yoga y meditación, también “se había sometido a un tratamiento de inyecciones de ozono por vía rectal, lo cual permitió al practicante ver una parte de su cuerpo que solo su exmarido había observado de cerca”. Su exmarido ha tenido una hija por gestación subrogada y está con otro hombre. En este cuento, Geoghegan se ríe de esa cosa tan pija en el fondo de ir a encontrarse, su protagonista también ha visto la película y ha leído el libro –se refiere a Come, reza, ama–. Y, como todos, no quiere ser turista sino viajera. Busca autenticidad, pero en un ajustado equilibrio con la higiene. Hay otro cuento que transcurre en Asia, “La hora Violeta”. Violeta, una mujer vuela a Bangkok para encontrarse con su novio, y le sorprende que no la esté esperando en el aeropuerto. De su novio, Billy, se dice que “era la clase de tío que se gastaba seis mil pavos en una bici de montaña y luego racanea la propina a la camarera por el burrito del desayuno. A veces, Billy no le gustaba nada. Pero daba igual que le gustara o no. Lo amaba”. 

Ecos y acción. Hay elementos que saltan de un cuento a otro dibujando piruetas en el aire: perros, murciélagos, chicas que se llevan a la cama a jóvenes que las desvalijan mientras duermen, chicos que se acuestan con turistas y de propina se llevan todo su efectivo y las joyas que encuentran, polvos rápidos en los baños, encuentros que no terminan de producirse, como en “El día de la madre”, donde la protagonista pasa unos días en París y se acuerda del chico al que conoció diez años atrás en Roma, quedaron en Verona y no se encontraron. “Bola ocho” es el cuento que cierra el volumen y da título al libro. Aquí, la protagonista es fotógrafa (como la de “El Chico Árbol”) y sigue a su hermano, al que trata de recuperar y decirle algo que no termina de decirle. Los cuentos de Bola ocho huyen del psicologismo, cuentan las acciones de estos personajes perdidos, a veces por circunstancias, a veces por carácter. Esa manera de mostrar lo que hacen, cómo se comportan, sin desmenuzar qué piensan, es un modo de insuflarles vida. 

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