Edén. Vida imaginada, de Alejandro Rossi

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Es tal el nervio de la imaginación de Alejandro Rossi (Florencia, 1932) que su escritura suele tronar las restricciones genéricas desde el primer impulso, aun cuando parece no proponérselo: pienso en La fábula de las regiones, que aunque es lo más parecido a un libro con género definido que ha publicado –cuentos– deja la marca de los relatos de aliento más largo.

En el sentido anterior, creo que lo único que el lector de Edén, vida imaginada debería tomar de manera literal es su título, y con reservas: se trata de una historia inaugural –el esfuerzo por construir un origen que explique todo lo demás– que, tenga o no relación con un momento crucial en la vida del autor, se va levantando como un artefacto solamente literario en el que se articulan la fabulación como herramienta de sentido –escribir es imponer coherencia donde no la hay de entrada– con la meditación narrativa sobre los misterios de la memoria y la forma en que la reconstrucción crítica de lo vivido puede ser un ejercicio moral, probablemente el tema central de la narrativa de entresiglos.

El volumen es al mismo tiempo una probable acumulación de recuerdos de los años finales de la Segunda Guerra Mundial, una novela de crecimiento, y una pieza de periodo, todo de manera excéntrica y más bien plena de ironía, entendiendo que es perfectamente posible ser irónico con los géneros: señalar a un nivel apenas superior a lo narrado las imperfecciones que los vuelven contrahechos, las pequeñas incapacidades que tienen para que el autor pueda decir lo que le urge decir, las rendijas minúsculas por las que siempre termina colándose lo que no era sustantivo.

Los “americanos” –como se decía en la época– están a punto de entrar a Italia, que se está desmoronando, de modo que una familia florentina compuesta por tres figuras de hermosura, reciedumbre y caprichos con rango clásico –padre, madre y hermano mayor– y un hermano menor que brega con ellos como puede, abandona Europa rumbo a Sudamérica. Lo que se narra en Edén, con calculadas idas y venidas que fluyen sin retenes para representar formalmente el misterioso sistema de mareas que compone la memoria, es un periplo a trancos por una serie de interiores y exteriores inestables situados en Roma, Barcelona, Caracas, Montevideo, Buenos Aires y los barcos que conectaron a esas ciudades. Es importante señalar aquí que Edén es como un tren rápido: se mueve atléticamente a través de paisajes disímiles que hay que resignarse a contemplar en una ocasión menos demandante; el libro pide, por lo vertiginoso de su ritmo y la delicada complejidad de su estructura, ser leído de una sentada.

El viaje culmina en el sitio propio para una tribu de naturaleza apolínea: el verano austral en un hotel de esquí llamado Edén en la provincia argentina de Córdoba: el centro de una comunidad utópica de transterrados, otra vez plenos de virtudes paganas.

Edén está escrito en tercera persona y se centra en la figura de Alex, el testigo terrenal con nombre variable –aunque queda fijo más allá de la mitad del relato en “Alejandro Rossi”– que siempre anda apurado y siempre resulta rebasado por las circunstancias.

Frente al mundo dueño de una íntima y perfecta opulencia de su familia, Alex es esencialmente defectuoso: no termina de ser bueno en la arena deportiva, es demasiado curioso para un contexto en el que todo el mundo parece saberlo todo, tiene una discreta tendencia a la desidia que le impide ocupar rangos que podría merecer, su piel está muy lejos de tener el dorado adónico del que presumen los demás –es más bien oscuro por la influencia de un abuelo mulato y dominicano que todos prefieren obviar. Y lo central: no tiene control sobre su capacidad de imaginar historias. Una vez que abre la boca se desborda con toda seriedad por causes inverosímiles con tal de defender sus asuntos, a menudo poco defendibles –es un definitivo admirador del Duce y encuentra justo decir que Caracas es una ciudad de temple alpino.

Edén parte, entonces, de una premisa lúdica: es la autobiografía de un niño que miente, si no sistemáticamente, cuando menos muy a menudo y con gran entusiasmo; no se le puede creer nada. Hay una razón práctica para esto: frente al donaire de los demás, Alex fabula como estrategia de supervivencia, pero sobre todo para propiciar una fundación. El que no controla, nombra adánicamente para imponer su propio sentido de las cosas, se vuelve escritor. De ahí la referencia judeocristiana del título y de otro asunto no sólo anecdótico que se suma como un espejo más al campo en que se juega la historia contada: Edén es el sitio en el que Alex conocerá el furor de la aventura amorosa después de la cual todo será la bitácora de una expulsión, un diario de guerra. El mundo expuesto en el volumen es luminosamente previo al conocimiento de la noción de pecado y la rigidez axiológica emanada de las tradiciones centradas en la escritura bíblica, occidental de una manera química -y tal vez químicamente pura-: es significativo que tras el verano cordobés los dos niños serán inscritos por fin en un colegio porteño de jesuitas.

Me parece que es en este volumen, de entre todos los suyos, en el que Rossi ha optado por apegarse con mayor fidelidad a los valores clásicos que seguramente siempre le han resultado más caros, pero que no había puesto en movimiento puramente narrativo. Edén es un mundo habitado por la plenitud moral de los gentiles, un mundo previo al olor de santidad y los silicios, pero también a la celebrada fealdad vanguardista y la mitología psicoanalítica, simplificadora y vulgar. En la Vida imaginada de Rossi lo central es la belleza, la fuerza, la claridad, la civilidad, la valentía. Un mundo gobernado por nociones desfachatadamente viriles –en el sentido republicano en que los latinos habrían entendido el término– que le permite al autor centrar con gran libertad y sin las distorsiones propias de la corrección política –el nombre del día para la culpa no resuelta– algunos hechos difíciles de los que después de la lectura resulta obvio que era indispensable dejar un arriesgado testimonio: la relación más bien gozosa de algún episodio incestuoso o el orgullo casi futbolístico con que los niños del fascismo leían las sucesivas victorias del Eje; el drama de baja intensidad que supone la toma de conciencia que tienen que ir haciendo más tarde.

Esto, entre muchos otros relatos que no importa si son ciertos o no, porque lo sustantivo no es la veracidad sino la coherencia conjuradora del desgaste que ofrece poner en clave clásica una historia. Con Edén no se está frente a unas confesiones, sino ante una teoría narrativa del deber y la resistencia imaginativa: el autor sabe que todas las obras de ese género siguen en realidad, y por el daño agustiniano de origen, un programa; son siempre un artificio. El efecto que produce el acto estético de darle al mundo en crisis de los años cuarenta una verticalidad romana es al mismo tiempo liberador y deslumbrante.

Alejandro Rossi ha insistido varias veces en que no es ningún provocador –un pequeño acto de fe que tiende a pedir en las piezas siempre un poco malhumoradas del Manual del distraído. Hay que concederlo con la discreta incredulidad con la que él ve todo lo demás y establecer que la suya es, entonces, una obra que aunque escatima bravatas por cortesía, muestra los dientes todo el tiempo: es una autor ferozmente civilizado. En ese divertido tenor –divertido a la manera desafiante en la que Rossi obliga a derivar por sus libros–, Edén se fundamenta en el postulado según el cual la única manera de escribir con absoluta libertad moral e intelectual es atendiendo con rigor a las arbitrarias reglas del juego que se planteó desde el principio: cumplir con el deber crítico que solicita el ejercicio de la memoria, pero de acuerdo con un programa ilustrado que se exprese en una formalidad sin fisuras: hacer literatura, batallar un clásico, correr por una ruta sin recodos los 42 kilómetros y pico que nos separan de la perfección ateneica, tan cara a él como a los autores latinos de los que se reconoce descendiente. ~

Álvaro Enrigue

 

Lealtad

De Quincey sostenía que nada se olvida, que todos los recuerdos están presentes y como latentes en la memoria, pero ¿dónde están y cómo están en nuestro cerebro? Alejandro Rossi parece darle la razón a De Quincey y, a nosotros, la ilusión de que los recuerdos permanecen vivos a través de la escritura. Edén es un relato autobiográfico que asienta una identidad que ha peligrado y que se apuntala en un cosmopolitismo fundamental. Es asimismo un lugar dónde edificar la casa que nunca existió: “Mamá dice que yo nací a las cinco de la tarde en el salón del Savoy de Firenze, mientras tomaba el té con sus amigas.” Es, sobre todo, la historia de un momento decisivo en la vida de Alejandro Rossi, un paso casi iniciático entre la infancia y la adolescencia, que tiene lugar en un hotel de la sierra de Córdoba, simbólicamente bautizado Edén. El episodio da pie a un despliegue memorioso hacia atrás y hacia delante, y junto con el escritor entran en escena miembros de la familia italiana y venezolana, los amigos tutelares y algunos personajes históricos de la Segunda Guerra Mundial.

Difícil y demorada debe de haber sido para Alejandro Rossi la decisión de narrarse en tercera persona del singular: una manera de objetivarse pero, sobre todo, de observarse como si fuera posible ser, a un tiempo, actor y espectador de su propia vida. El punto de vista elegido también le permite desdramatizar momentos y peripecias arduas de digerir, incluso con el favor del tiempo, y que así mantiene a distancia, no gracias a la madurez de la edad adulta –un sueño ñoño que no debe formar parte de las ambiciones del filósofo Rossi–, sino por la aceptación de las heridas formativas. La figura del hermano mayor, Félix, es emblemática de una relación padecida y privilegiada: “El hermano menor siempre espía al mayor y su máximo deseo es que nunca se equivoque.”

A uno de sus personajes, amigo de la infancia, Alejandro Rossi le reprocha: “Lo malo es que no contaba bien el accidente”, revelándonos así lo que más importa en el temple de un individuo: cumplir con brío el inexplicable paso de la experiencia a la expresión, sea ésta verbal o escrita. Muchas veces, oímos la voz de Alejandro Rossi detrás de sus impecables párrafos, a la vez que nunca se pierde la conciencia de estar leyendo una “vida escrita”, deslumbrantemente escrita, si así puede decirse. Por lo demás, reconocemos en el “nervioso y hablador” niño Alex varios rasgos anticipados de Alejandro Rossi, el seductor y el bromista que muchos conocen, pero también otros más secretos, como el “interrogador persistente por interés en las historias ajenas y también para evitar que le hicieran preguntas”, y el fantasioso erótico que desliza la mano entre los muslos de la madre y cifra el origen de sus afinidades electivas en un baño genovés. La habilidad narrativa de Alejandro Rossi consiste, en gran medida, en multiplicarse a través de varios personajes, dándonos la impresión de que el relato se centra narcisistamente en el niño Alex, así como en dialogar desde el presente con su pasado.

“La memoria nace del espanto” dice Julio Cortázar y el primer recuerdo que consigna Alejandro Rossi refrenda el mecanismo: “Alejandro sostenía, años después, medio convencido a fuerza de contarlo, que su primer recuerdo era en una cuna tosiendo desesperadamente y rodeado de unas manchas móviles, ejemplo, afirmaba, de ‘percepción no categorizada’, una pedantería inocua.” Quizá sea inocua pero sin duda encierra un Leitmotiv de la historia del cuerpo, que puede ser tan real como la otra historia episódica o intelectual

Si bien la abundancia parece gobernar este libro similar a una inagotable caja de Pandora, la maestría del narrador reside antes bien en la selección de los episodios y de los recuerdos. Alejandro Rossi nos da a creer que el relato podría seguir eternamente, que es tan abierto e ilimitado como el diccionario Zingarelli que descubre a una edad temprana. Pero no es más que la ilusión de un mago que sabe que un relato resulta más eficaz y contundente si el escritor equilibra el desenfreno y la brida de contención. “Hay que tener la pupila para distinguir lo esencial”, subraya Alejandro Rossi en un pasaje de Edén. Huelga insistir en lo que ya saben y aprecian sus lectores: su precisa e insólita manera de adjetivar, el ritmo de sus frases que produce la misma fascinación que él confiesa tener ante “un ciclo de movimientos encadenados por un ritmo o un plan establecido”. Pero no podría dejar de citar una imagen que me seduce y me intriga sobremanera: “… los colchones usados, que dan la impresión de dormir en el bolsillo de un pantalón viejo.” ¿Esta imagen pertenece al niño o al adulto?

Como suele ser Alejandro Rossi en la vida, el libro termina con un consejo formulado a modo de advertencia programática: hay que ser leal a nuestra singularidad y defenderla, no tratar de ocultarla. “Pero no se trata sólo de la lengua –¿no es cierto?–, me refiero a la historia propia, a la biografía de cada uno. Hay que defenderla, no es tan fácil, lo sé muy bien.” Después de leer Edén, nosotros ya sabemos de qué admirable lealtad es capaz Alejandro Rossi. ~

Fabienne Bradu


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