El crítico galante

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José Miguel Oviedo

Una locura razonable: memorias de un crítico literario

Lima, Aguilar, 2014, 516 pp.

Las memorias del crítico José Miguel Oviedo (Lima, 1934) no son distintas, retóricamente, de su vasta Historia de la literatura hispanoamericana, publicada en el pasado cambio de siglo. Ambas obras, asumiendo la contradicción, son modestas y enciclopédicas. De agradable lectura, mesuradas, a ratos tediosas o predecibles porque Oviedo prueba que la vida de un crítico literario y de un profesor universitario de literatura es, por elección, una forma de la clausura desde la cual se aprecia una vida entera y toda una literatura como si hacer una y otra cosa fuese una obligación menuda, que exige constancia, nunca heroísmo. Una “locura razonable”, dirá Oviedo al titular estas memorias. Y también, frecuentemente, una monotonía. Nada parece quedar fuera en este recorrido de una asombrosa sinceridad moral y de una sorprendente indiferencia ante el espíritu de su tiempo. En contraste con memorias de críticos como las de dos Marcelos: Reich-Ranicki y Raymond, las de Oviedo carecen de una fractura histórica, como la supervivencia del judío polaco en el gueto de Varsovia o la negativa del suizo a involucrarse con el régimen de Vichy. Nadie escoge, sin duda, la época que le toca vivir. Sí, desde luego, cada cual afina un temperamento para enfrentarla. Oviedo escoge el tono menor, como lo usa Raymond, un ginebrino alérgico a las confesiones en Le sel et la cendre (1970), pero las memorias del peruano carecen de aquella profundidad filosofante y es difícil imaginar a un crítico tan opuesto a Oviedo como Reich-Ranicki, decidido a vengarse del nazismo convirtiéndose en el Zeus tonante de la literatura alemana tras sobrevivir a la Segunda Guerra Mundial. A Oviedo, uno de los tres o cuatro críticos decisivos en la conformación del canon del boom latinoamericano, pareciera serle indiferente haber sido contemporáneo de Vargas Llosa (con quien compartía el cuaderno escolar en la escuela secundaria), García Márquez o Fuentes. Oviedo, desde luego, menciona los momentos decisivos –desde el entusiasmo por la Revolución cubana hasta el caso Padilla que lo apagó–, no escatima elogios para los amigos con quienes se educó –como Fernando de Szyszlo, el propio Vargas Llosa, Abelardo Oquendo o el precozmente fallecido Sebastián Salazar Bondy–, pero da la impresión de que, dulce, descriptivo, triste y laborioso, pudo haber vivido lo mismo, aunque ame el jazz y a Kandinski, al lado de Andrés Bello o de Rubén Darío que de Borges. Esa intemporalidad, sin duda de origen estilístico, desconcierta, seda y a veces aburre a su lector.

Una locura razonable: memorias de un crítico literario son, más que un libro de memorias que Oviedo tuvo la cortesía de escribir y cuya obligatoria dosis de historia literaria y política es solo una consecuencia profesional de esa cortesía, unas verdaderas confesiones. Diría yo que son una de las pocas que he leído en la literatura latinoamericana que habrían complacido a Montaigne y a Rousseau, dejando en alharaca de profeta tempestuoso las de Vasconcelos. El grandilocuente mexicano profesó de atribulado don Juan; el discreto Oviedo, de precario Casanova. Sus mujeres, a Vasconcelos, lo abominaron; dudo que ese sea el recuerdo dejado en ellas por Oviedo.

El tema central de este extraño libro es el largo matrimonio de Oviedo y cómo este se desenvolvió, paralelo, a los variados amores, la mayor parte fugaces y conmovedores, que el crítico tuvo a lo largo de una vida de esforzada docencia y guerrilla académica en las universidades de Albany, Bloomington, Los Ángeles y Filadelfia, estancias interrumpidas por idas y venidas al Perú (en el cual este hombre caracterológicamente moderado sirvió como fugaz funcionario cultural al régimen militar izquierdista de Velasco Alvarado) y otra clase de viajes, todos ellos secundarios aunque orlados de activa vida literaria, si tomamos en cuenta, insisto, que en la vida galante es donde Oviedo se presenta como escritor inusualmente apto para atrapar la fugacidad del amor, un verdadero especialista en capturar el aroma de lo erótico evanescente. Sin ser nunca escabroso, Oviedo no escatima detalles en sus descripciones. Todas sus aventuras, tanto las que tuvieron un desenlace sexual como las que no, están escritas con una delicadeza emocionante, atenta a colores, olores y rubores.

Entiendo que el matrimonio de Oviedo persiste y que su esposa Martha aceptó, con indiferencia o disgusto, la escritura de este libro en que el autor tan solo se cuidó de cambiar el nombre propio de sus amantes, omitiendo, desde luego, el apellido. No he leído las ficciones y cuentos, que él desdeña, publicados eventualmente por Oviedo. Casi todos los críticos hemos cometido esos pecadillos y ni entre nosotros mismos nos leemos esas cartas. Nuestras gitanerías son otras. Y por ello voy a incurrir en un tópico, el de alabar a un buen escritor atribuyéndole los méritos olímpicos del poeta. Sí, Oviedo llega a ser en este libro un verdadero poeta elegíaco.*

Este libro es un tratado sobre el amor conyugal, sus alegrías pedagógicas y culinarias, sus crecientes miserias y sobre las cadenas, diría Balzac, que permitieron sostener su pesadez; de esa asombrosa sinceridad moral, como dije arriba, porque este hijo de los colegios y de las universidades católicas de Lima escapó virtuosamente al enredo barroco contando su vida en el registro de los grandes escritores protestantes como Rousseau, Amiel y Gide: apegados devotamente a la verdad, costase lo que costase. Doy un ejemplo de apego a la verdad por encima de la intimidad que roza la falta de decoro: emocionado el memorioso por la entereza con que su compañera venció el cáncer, lamenta que una vez derrotada la enfermedad ella continuase con la vida cansina que a su marido tanto decepciona.

Por ello, una vez cruzadas las tres primeras partes del libro, cuando uno ha descubierto la clave para descifrarlo, esa sinceridad se vuelve conmovedora al empezar el drama de la vejez narrado por Oviedo, sus aparatosas caídas de funestas consecuencias ortopédicas y morales y, en su caso, la vida con la ceguera creciente que heredó de su padre, el supremo martirio para un lector. Oviedo descree de la conformidad estoica de Borges con la ceguera; acaso atribuye esa conformidad a que fue un poeta acostumbrado a los laberintos y, no como el peruano, un lector sistemático, obsesivo y enciclopédico. Nada tan terrible como ver llegar la ceguera a la casa del lector. Incluso, leyendo una biografía de quien probablemente fue el mayor asesino de masas del siglo XX, Mao Tse-Tung, ese monstruo, me conmoví con la escena de su llanto al descubrir que las cataratas le hacían imposibles las abundantes lecturas, de todos los géneros, con las que se entretenía, en sus ratos de ocio, el genocida.

La historia literaria del siglo XX hispanoamericano, desde Luis Alberto Sánchez hasta Adolfo Castañón, pasando por su querido José Emilio Pacheco, tendrá en Oviedo a uno de sus cronistas esenciales. Tras haber leído Una locura razonable: memorias de un crítico literario, seguiré consultando sus obras de referencia con una actitud algo distinta. Son la obra de un erudito, pero también, me diré, el oficio de un enamorado razonable, esa rareza, y el resultado de las ansiedades de un temperamento moderado que no se arredró ante la más difícil de las narraciones, la que atañe al logro del matrimonio como la dificultosa obra de arte ponderada por Goethe. Recuerdo la primera vez que estuve con José Miguel Oviedo y un grupo de amigos en el bar La Ópera, en la calle 5 de Mayo de la ciudad de México, en 1987. No lo recuerdo a él propiamente, sino a su caballerosa reserva que ahora, tras leer Una locura razonable: memorias de un crítico literario, encuentro idiosincrática. Había decidido cederle toda la escena a su gran amiga, la entonces todavía muy atractiva poeta Blanca Varela, que fascinaba a los muchachos de veinticinco años que libábamos con nuestros maestros peruanos. Esa cortesía, esa comunión en el oficio de admirar, ya sean obras o personas, hace a los verdaderos críticos literarios como lo es un José Miguel Oviedo. ~


 

 

 

 

 

* A todos los críticos literarios nos ocurre que, interrogados sobre nuestra profesión, cuando contestamos afirmando que somos, en efecto, críticos literarios, el interlocutor, con frecuencia, nos remata con una segunda pregunta al estilo de si, además de hacer eso, escribimos. Creo que es en Oviedo donde leo descrito por primera vez ese episodio banal tan recurrente en nuestras vidas. Bueno, pues creo que José Miguel podrá contestar, a partir de Una locura razonable: memorias de un crítico literario, que además de ser un crítico literario imprescindible en América Latina ha sabido ser un gran poeta elegíaco en prosa.

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