Estados en guerra

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Norman Mailer no cree que la democracia pueda ser viable en todos los países. Gore Vidal cree que Estados Unidos debe fragmentarse tanto como le sea posible y que debe volver a ser un país ajeno al mundo, una suerte de Estado durmiente. No es extraño que Gore Vidal se presente a sí mismo como un Rip Van Winkle. Norman Mailer y Gore Vidal combatieron en la Segunda Guerra Mundial. A menudo, hablan de la Segunda Guerra Mundial para fortalecer sus argumentos, como si esa guerra sólo hubiera sido un campo de pruebas de su propia vida. Norman Mailer dice que el mundo fue mucho peor después de la Segunda Guerra Mundial porque Estados Unidos exportó “el vasto vacío estético de las empresas norteamericanas más poderosas. No se construían nuevas catedrales para los pobres: sólo viviendas protegidas de dieciséis pisos que eran cárceles para el alma”. No sé dónde se crió Norman Mailer pero yo me crié en una vivienda protegida y no me habría gustado criarme en una catedral: debe ser muy incómodo vivir sin ducha y no poder pegar un póster de Nick Cave en las paredes y no saber detrás de qué columna se esconde la nevera.
     La mayoría de las opiniones de Norman Mailer (Nueva Jersey, 1923) en ¿Por qué estamos en guerra? son de ese calado: aparatosas y vacías. Que la democracia se haya consolidado en Japón y en Alemania, afirma, no significa que se pueda consolidar en Irak. Norman Mailer, como una versión intelectual de la pitonisa Lola, parece saber dónde puede crecer o no la democracia. Pero la España de las viviendas protegidas vive ahora el periodo democrático más largo de su historia, y era un lugar donde daba la impresión de que sólo eran capaces de arraigar repugnantes dictaduras militares.
     ¿Otra perla? Norman Mailer escribe que “para la mayoría de la gente, si se tienen en cuenta los instintos más bajos de la naturaleza humana, la forma natural de gobierno es el fascismo. El fascismo es un estado más natural que la democracia”. Thomas Hobbes enseñando de nuevo los dientes. Somos malos y aunque los valores que defendemos sean buenos no conviene airearlos por ahí porque pueden generar más maldad. A Norman Mailer, la libertad le parece un asunto privativo de Estados Unidos, algo que quizá no funcione en Irak, que no es un país sino un conglomerado de razas y etcétera. El crítico del colonialismo es el mayor colonialista. La libertad que Norman Mailer tiene para pensar y para escribir lo que quiera, incluso las mayores banalidades, como que sea mejor para los pobres que se construya una catedral que viviendas protegidas, se les ha arrebatado brutalmente a Raúl Rivero y a Ali Lmrabet, dos prisioneros conocidos de entre centenares de prisioneros desconocidos. La forma de pensar de Norman Mailer, que él cree racional y científica pero que es impresionista, superficial y supersticiosa, le impide explicar por qué estamos en guerra y le impide explicar cualquier otro asunto.
     Gore Vidal (West Point, 1925) es más listo que Norman Mailer, y bastante más cínico. En Soñando la guerra, Gore Vidal despliega su conocimiento de la historia y de la geopolítica y parece que realmente estuviera interesado en explicar lo que sucede, que su indignación responde a un deseo de aclarar la verdad, pero por lo único por lo que realmente muestra interés es por Gore Vidal. Si Norman Mailer asume el viejo papel del escritor comprometido, Gore Vidal desea convertirse en “nosotros, el pueblo”. Si Norman Mailer propone una fábula apocalíptica del futuro, Gore Vidal se proyecta en el pasado para equipararse a los padres de la patria. Su modelo, aunque no lo mencione, lo encuentra en una figura muy conocida: H. D. Thoreau, autor de Walden, crítico con la democracia americana, promotor de la desobediencia civil y fuente de inspiración permanente para los movimientos alternativos. Gore Vidal saquea a H. D. Thoreau en su crítica a Estados Unidos y al militarismo, pero no se detiene en su defensa, casi naïf, del amor y de la bondad.
     Gore Vidal propone que Estados Unidos vuelva a ser un país aislado, una envidiada arcadia republicana. Pero ese tiempo arcádico nunca ha existido: ¿no recuerda Gore Vidal, el defensor de la historia, la brutal esclavitud a que fueron sometidos los afroamericanos y su posterior segregación racial, el puritanismo, la guerra civil, la pena de muerte, la actuación salvaje contra los nativos? Si recuerda estas cosas no parece prestarles mucha atención.
     Soñando la guerra tiene mucho que ver con Estúpidos hombres blancos, el ensayo de Michael Moore. Gore Vidal y Michael Moore desearían ser representantes políticos y no lo ocultan; se ven a sí mismos como ventrílocuos destacados de “la voz del pueblo”. Por ello, y comprenden que no puede ser de otra manera, son perseguidos sin descanso. Fomentar teorías de la conspiración es la mejor manera de empezar a sentirse perseguido. Gore Vidal no cree que haya una prensa libre en Estados Unidos, pero ¿no ha publicado los artículos y entrevistas que se recogen en Soñando la guerra en la prensa estadounidense? ¿No han aparecido en The Nation, en Newsweek o en L. A. Weekly? ¿No se publican y tienen éxito, del que no se corta en jactarse, sus críticos libros?
     Muy distinto es La guerra sin fin. El terrorismo en el siglo XXI de Walter Laqueur (Breslau, 1921). La tesis fundamental del ensayo de Walter Laqueur es que no se puede escribir una teoría general del terrorismo. Sólo se pueden realizar aproximaciones cuyo valor no dura demasiado tiempo. El terrorismo es muy antiguo y se transforma muy rápidamente. Muy poco tienen que ver las prácticas idealistas de los anarquistas del XIX con el terrorismo integrista de principios del siglo XXI. Pese a todo, Walter Laqueur trata de dibujar unas líneas maestras sobre el terrorismo.
     Indaga sobre las muy frecuentemente barajadas razones económicas como germen de las actividades terroristas, pero no le resulta fácil encontrarlas: afirma que no es en los países más pobres donde se desarrolla una mayor actividad terrorista, y a veces es en países muy desarrollados donde tiene lugar, como en Alemania, en España o en Italia. Tampoco encuentra rasgos sociales en los terroristas, aunque a menudo procedan de las clases medias y posean formación académica. Walter Laqueur se pregunta sobre características genéticas (un debate que estaba enterrado y que ha vuelto de nuevo al primer plano con el gran avance experimental en la genética) y acaba desdeñándolas. Tiene más claro que el terrorismo surge en regímenes democráticos o en dictaduras debilitadas y cree que es difícil que surja en dictaduras fuertes: no hay terrorismo en Corea del Norte ni en Cuba ni en China. También sugiere que la presencia de “los otros” en comunidades cerradas favorece la actividad terrorista: no surge el terrorismo en El Cairo sino en las poblaciones egipcias con presencia de una minoría copta; en Irlanda, por la ocupación británica. Aunque, no lo olvida Walter Laqueur, los escoceses no han organizado una lucha armada. Israel se suele presentar como argumento para la existencia del terrorismo islámico, pero Walter Laqueur señala que no estaba Israel detrás de Irak y su invasión de Kuwait, de Afganistán y sus tensiones con Yemen, de Siria y su invasión del Líbano; y que más ajustadamente el mundo musulmán es el generador de la violencia.
     La parte más extensa de La guerra sin fin. El terrorismo en el siglo XXI está dedicada al terrorismo islámico. Walter Laqueur bucea en la historia de los movimientos integristas y, partiendo de la peripecia de los Hermanos Musulmanes, la organización egipcia que es el germen de la teoría y práctica de la violencia religiosa, llega hasta Al Qaeda y la organización en red de Bin Laden, casi una “Internacional Islámica”, con una fuerte presencia en Europa. Muy reveladora resulta la crítica de Walter Laqueur al “orientalismo” académico en Estados Unidos y cómo su visión victimizada ha impedido un verdadero acercamiento a la realidad islámica. Walter Laqueur censura la cortedad de miras de John L. Esposito y explica cómo, paradójicamente, las teorías de Edward Said, que renunció a abordar el Islam radical, sirvieron para que los integristas obtuvieran sólidos argumentos contra el pensamiento y los pensadores laicos. Otra figura de la intelligentsia académica estadounidense, Noam Chomsky, también recibe varapalos de Walter Laqueur, porque está convencido de que defiende posiciones “absurdas”.
     Walter Laqueur sostiene que los términos izquierda y derecha están enormemente devaluados, y que la actividad terrorista ha puesto en evidencia la movilidad de sus postulados. La izquierda no presenta nuevas ideas y sólo se organiza a la contra, a través de movimientos antiglobalización. Walter Laqueur se pregunta por qué la izquierda se ha aliado con los antisemitas y por qué las alegrías de la extrema izquierda y de la extrema derecha se parecieron tanto tras la destrucción de las Torres Gemelas. El profundo antiamericanismo, dentro y fuera de Estados Unidos, parece ser la razón más acertada.
     La situación de Palestina e Israel, los movimientos de extrema derecha, el terrorismo en América Latina, ETA o Carlos también suscitan el interés de Walter Laqueur, pero está más preocupado por dar a conocer la historia de los estudios académicos sobre terrorismo: si no se puede definir el terrorismo sí se puede definir cómo debe ser la aproximación científica al terrorismo.
     A Walter Laqueur le gusta verse a sí mismo como un médico que detecta el mal pero que aún no conoce los medios para poder curarlo. Se echa de menos en La guerra sin fin. El terrorismo en el siglo XXI —donde se apuesta por la universalización de la democracia, por el fin de las sociedades religiosas y por la extensión del pensamiento laico— una defensa más clara de la libertad. No ofrece como Gore Vidal o Norman Mailer falsas soluciones mágicas, pero Walter Laqueur debería albergar algo del optimismo de Salman Rushdie, que sabe de primera mano lo que es el terrorismo islámico. El escritor indio afirma en Pásate de la raya que “para demostrar que el fundamentalista se equivoca, tenemos que saber primero que se equivoca. Tenemos que estar de acuerdo en qué es lo que importa: besarse en público, los bocadillos de jamón, la divergencia de opiniones, la última moda, la literatura, la generosidad, el agua, una distribución más justa de los recursos mundiales, las películas, la música, la libertad de pensamiento, la belleza, el amor. Esas serán nuestras armas”. ~

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