La ciudad del diablo, de Ángela Vallvey

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El 1 de noviembre de 1975, el cadáver de Clara, madre soltera y en el pasado objeto de todo tipo de murmuraciones en el pueblo de San Esteban, es hallado a las puertas de la ermita de San Roque por Alberto Ferragut, un joven sacerdote de ideas modernas y postconciliares que, tras haber cantado misa en Salamanca, había llegado al pueblo hacía apenas unos meses para ayudar al anciano titular, don Dionisio Fuentes.
     Ricardo, un niño de diez años y el mediano de los tres hijos de la familia Ortiz Villamediano, queda muy afectado al conocer por la lechera que la madre de Merceditas, la compañera de clase por la que siente predilección, ha sido asesinada. Como es día festivo, no tiene que ir a la escuela y, después de desayunar oyendo por la radio el último parte sobre la salud de Franco, visita a su abuelo Vicente, quien aprovecha la oportunidad para dolerse de la situación política y, en concreto, de la Marcha Verde, según su parecer, astuta y populista maniobra del rey Hassan de Marruecos para quedarse con el Sáhara español.
     Son tiempos de inseguridad, puesto que la muerte del dictador parece inminente, y el asesinato de Clara desencadena todo tipo de reacciones en el ánimo de algunos habitantes de San Esteban. En un extremo, la del abuelo Vicente, un señorito anticlerical y rojo, “heredero de fincas y tierras fértiles y de caza, cortijos y algún palacete en Toledo y Madrid”, que, al ver la preocupación de Ricardo por lo ocurrido, recuerda el pasado de la madre de Merceditas, a quien también se le ahorcó el que había fungido como padre legal, así como ciertos aspectos del pasado de su propia familia y de la historia de España, ese país que la guerra civil había convertido en un “lugar de miedo y de risa […] en el que los coroneles dictaban la moda del silencio, y los obispos se metían hasta a críticos literarios”. En el otro, la de don Dionisio, para quien Clara había vivido en la Ciudad del Diablo y cuyo asesinato no había sido más que el resultado “de sus desbarajustes y sus promiscuidades” y a quien, al constatar el fin de su mundo, no se le ocurre más solución que obligar a hacer la Primera Comunión a todos los niños del pueblo a fin de prepararlos para la muerte de Franco. Entre ambos, la de Rafaela Ortiz, la tía soltera de Ricardo que vive con el abuelo Vicente, una mujer de misa diaria a quien no se le ocultan sus deseos de haber sido como la difunta para haber podido disfrutar del amor. La de Jovita Villamediana, hija única de una familia rica del pueblo, de educación católica y matrimonio satisfactorio, que se compadece por esa mujer que deja una hija de la edad de su hijo Ricardo y que siente que algo siniestro la envuelve, “un peligro con uñas, igual que una gran mancha de sangre”. La de Martín Almoguera, amante de Clara y principal sospechoso, que ve hundirse su mundo sentimental y sus planes de irse a vivir con ella a la muerte de Franco. O la del propio Ricardo, un niño amedrentado por el peso repentino que ha adquirido la muerte en su vida, incapaz de reaccionar cuando observa que algunos de sus compañeros insultan a su querida Merceditas, angustiado porque el día de los funerales de Clara, tras escuchar la conversación de los guardias civiles encargados del caso sospecha que su propio padre podría estar implicado en el asesinato, un niño que, tras varias noches de insomnio, decide hacer partícipe de sus angustias al joven cura Alberto Ferragut.
     En su primera parte, La ciudad del diablo se lee como una crónica novelada de los últimos días de Franco vividos por un niño en un pueblo de Castilla. Los capítulos se presentan con una referencia temporal en la que se inscriben las noticias sobre los avances de la Marcha Verde en el Sáhara español y los partes sobre el estado de salud del General Franco, símbolo de un régimen político y una época en el ocaso de su existencia. El color gris lo domina todo y, a la espera de los últimos acontecimientos, los habitantes de San Esteban se mueven con gestos lentos y desalentados como los de Alberto Ferragut antes de descubrir el cadáver de Clara, a los que Ángela Vallvey dedica nueve páginas. Los personajes se caracterizan más por las lecciones aprendidas en manuales de catequesis o en la iglesia (son los casos de la madre y la tía de Ricardo) que por la interiorización de valores y costumbres, recurso del que se vale la novelista de manera explícita para mostrar hasta qué punto la vida de los españoles estuvo marcada por las instituciones religiosas.
     En tanto crónica, la última novela de Ángela Vallvey sitúa al lector en un lugar y una época de forma eficaz. Ahora bien, a partir del momento en que, tras escuchar sus zozobras, el joven sacerdote Alberto Ferragut le propone a Ricardo jugar a los detectives para descubrir al verdadero asesino de Clara, la novela se desliza hacia un registro detectivesco atípico y poco creíble. Puesto que no se acaba de entender por qué el sacerdote siente la necesidad de hacer de detective y aún menos por qué, por joven que sea, adopta a un niño de diez años como par en sus indagaciones; ni tampoco se explican las razones —salvo para dar a conocer al lector que existe un tipo de sacerdocio, que se anuncia como alternativo, distinto del representado por el anciano Dionisio Fuentes— por las cuales hace que Ricardo lo acompañe a casa de unos colegas suyos que viven en Toledo; ni se explica argumentalmente por qué adultos como la hermana y el amante de Clara aceptan la presencia de un niño cuando hablan con el sacerdote sobre cuestiones íntimas de la vida de la difunta. Y, sobre todo, el lector no se explicará cómo es posible que el asesino, que no es el inculpado por la Guardia Civil, no sea denunciado tras ser descubierto con la ayuda del abuelo Vicente, verdadero artífice de la investigación, por más que se quiera dejar constancia de que “la cizaña (que) vive entre nosotros” será el legado del régimen franquista.
     Lo que ha ocurrido quizás es que el retrato de época y el didactismo le han pisado el terreno al vuelo narrativo que se constata en no pocos fragmentos de la novela. –

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