Las palabras y los días

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El diario de Virginia Woolf es, entre otras cosas, uno de los documentos especulares más relevantes que conocemos de un gran escritor con relación a su obra. Suerte de mapa de las vicisitudes de sus libros desde los inicios nebulosos a las cuentas de las ventas, le acompañó desde 1915, fecha en la que publica su primera novela, Fin de viaje, hasta los últimos días de su vida, marcados por la redacción de Entre actos. Al mismo tiempo es algo más: los cinco volúmenes de su diario de la edición original, de la que ahora se traduce completo el segundo (1925-1930), es el teatro de las apariciones y desapariciones de gente como Leonard Woolf, Edward Morgan Foster, T. S. Eliot, Lytton Strachey, Bernard Shaw, Roger Fry, John Maynard Keynes, Duncan Grant, Gerald Brenan, Mary MacCarthy, Ottoline Morrell, Raymond Mortimer, Vita Sackville-West, Arthur Walley y la familia Stephen, entre otros muchos personajes centrales y secundarios. Por otro lado, es el retrato psicológico de una mente sutil y creadora, de una novelista que fue también una perspicaz crítica literaria, en lucha siempre con la construcción de su obra y con las amenazas de una enfermedad mental que la hundiría, finalmente, en el río Ouse, cuando contaba 59 años.

Si estos volúmenes son todo esto, ha de inferirse necesariamente que también han de ser una imagen de su tiempo, así sea parcial en la medida en que no lo escribe una historiadora con voluntad panorámica sino una escritora perteneciente a la pequeña burguesía, hija de un victoriano “eminente”, Leslie Stephen, editor del erudito Dictionary of National Biography (casado en primeras nupcias con la hija menor de Thackeray), y de Julia Jackson. Virginia Woolf escribió este diario para sí misma, hasta el punto de que en muchos momentos es realmente hermética, sirviéndose de la anotación como mera descarga nerviosa o para la confección futura de sus propias memorias. Pero no siempre fue así, y, en ocasiones, al crecer esos apuntes vemos a la autora preguntándose por el destino de dichos volúmenes, e intuye de manera profética la mano antóloga y editora de su marido, un personaje fundamental y un poco a la sombra de sus pasiones. Leonard Woolf fue el creador de la editorial Hogarth Press, cuya imprenta estaba en el mismo hogar de los Woolf y cuyo movimiento artesano y agitación literaria vemos aparecer, con un acento temporal acusado, en el diario de Virginia. Fundamento de su vida, le permitió a su esposa escribir y fue un ejemplo estable en el que mirarse. Además, fue un hombre culto e inteligente. Sombra de sus pasiones: la autora de Orlando así lo constató; su comunión y comunicación fueron más hondas con algunas de sus amigas. En su diario se detecta una búsqueda compleja, plural: hay días en los que Virginia Woolf se dirige a un lector, necesitada sin duda del otro para dar forma y sentido a la escritura, además de acompañarse, de acogerse en su propia voz alterada por una escucha ideal. Cuando he dicho que Woolf, al menos en un principio y en muchos otros momentos, escribía para sí misma, no quiero decir que fuera una relación solipsista: en ese sí mismo había muchos invitados o, por decirlo de otra manera, Woolf, novelista, no ignoraba la heterogeneidad de la que está formada todo sujeto.

Este volumen es paralelo a la revisión de los ensayos de El lector común, de la novela La señora Dalloway, de la redacción de Al faro, Orlando, Las olas y del ensayo Una habitación propia, es decir, del centro de su obra. Ciertamente, hoy día, cuando hablamos de la obra de Virginia Woolf ya no podemos prescindir de su impar y desigual diario y de sus numerosas cartas, de las cuales se han publicado seis volúmenes, y de las que hay en español, hasta donde sé, una antología, pero sólo de las enviadas a sus amigas. Es algo que se ha puesto de moda: las críticas que sólo escriben sobre libros de mujeres y su corolario, poesía y pensamiento femeninos, etcétera; un error consistente en bajar la cabeza (perdiéndose parte de su masa encefálica) hasta el sexo. Imaginen, sin más comentarios, a un crítico masculino que sólo lo hiciera de libros publicados por hombres o una antología de la correspondencia de André Gide, por ejemplo, sólo a sus amigos. Algo distinto es si colectamos una correspondencia amorosa, pero también en esto la vida suele ser diversa.

Volviendo a lo que importa: ¿Quién fue Virginia Woolf? Al fin y al cabo, hablamos de un diario, y de uno muy peculiar, capaz no sólo de hacer un retrato de un solo trazo de la música y escritora (y algo energúmena) Dame Ethel Smyth o de W. B. Yeats, sino de valorar las obras de sus contemporáneos con una inteligencia asombrosa, cualidad nada común. No obstante, también se equivocó en algunos casos, llevada por sus prejuicios o por las obsesiones derivadas de su búsqueda. Woolf se nos presenta en este, y en el resto de su dilatado testimonio, como una mujer que ha asumido tempranamente la muerte (su madre muere cuando ella tiene trece años), amante de la soledad y al mismo tiempo mundana, sensual y asexuada, y, por encima de todo, sabedora de que tiene un destino que cumplir, nada claro, ciertamente: el de realizar una obra literaria que no siempre adopta, en su horizonte, el perfil de la novela. De hecho, muchas de sus obras son la exploración de sentimientos más que la creación de personajes y tramas, aunque siempre buscó y a veces logró el gran enigma de la forma. Las digresiones de Henry James, de las que a veces se burlaba, son en la Woolf tanteos, de una gran perfección expresiva, en un mundo inexplorado. En este sentido puede decirse que fue una aventurera que no se detuvo en sus logros sino que buscó siempre algo más. Los caminos marcados no fueron sus caminos porque ella siempre salía al encuentro, no de lo que sabía sino de aquello que, de manera imprecisa, quería saber. Su vanidad estaba, sobre todo, en su arrojo, en creer que lo podía hacer mejor. Sin duda, el personaje que dibujan estas páginas es el de una poeta lúcida, observadora, extremadamente sensible, egotista, cordial, mundana y solitaria, guardiana de una pequeña aristocracia intelectual y espíritu crítico ante las convenciones de su tiempo, que fue tanto el victoriano de su niñez como el eduardiano de su desarrollo intelectual. Como muchos otros artistas ingleses, tiene una percepción de la naturaleza nada reductora (como sí lo es la española, por ejemplo), lo que supone, por el grado de su sensibilidad, una dimensión espiritual sólo semejante a la que ha dado el arte oriental.

Aunque no hay ninguna teoría de la novela en estas páginas, sí encontramos numerosos apuntes sobre el género y sus entresijos. Pensaba que tenía que buscar para sus libros de ficción un nombre más adecuado que novela, tal vez “elegía”. Una escritura sobre lo perdido. Es curioso que a pesar de que tomaba apuntes de conversaciones y de caracteres, no dudara en afirmar que “el suceso real prácticamente no existe” y, por lo tanto, podemos deducir, no hay literatura realista sino realismos. Woolf buscaba la economía verbal en el sentido de que sabía que la literatura se hace con las palabras exactas (esas que no se sabe con exactitud cuáles son porque cada obra verdadera señala las suyas), de ahí que denostara tanto libro famoso en el que el enfoque era falso y la escritura coloreada. El canon de la autora de Las olas era bien exigente, y no se dejaba engañar con cualquier cosa. Sabía bien que Eliot era un gran poeta, tanto como Yeats, pero no ignoraba —por poner un ejemplo de otro género— los límites de Lytton Strachey como biógrafo. Esto no significa que no gustara y valorara obras medianas, todo lo contrario, pero sabía y necesitaba hallar, tanto en la persona como en la obra, lo excelso. Virginia Woolf sintió, aunque no siempre lograra plasmarlo, la belleza y lo terrible de la creación literaria, y lo percibimos cuando habla del “insaciable deseo de escribir algo antes de morir, esta devastadora sensación de la brevedad y la fiebre de la vida”. Creo que puede afirmarse que siempre fue fiel a esta confesión. ~

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