Los orillados, de Hernán Bravo Varela

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La literatura contemporánea es proclive a rendir culto a la rareza, entendida como marginalidad, fragmentación y excentricidad. Ciertamente, en un panorama donde se han multiplicado los centros literarios, donde las fronteras entre géneros se diluyen y donde la intención y la señalización de silencios juegan un papel tan importante como la enunciación, es natural que las obras de grandes ambiciones representativas, los escritores titánicos y totales parezcan un tanto anacrónicos. Por lo demás, la categoría de rareza se ha vuelto una señal de refinamiento en el consumo intelectual y busca captar a ese lector reticente que aspira a definirse por la diferenciación en su selección de lecturas y que, a medida que un autor se vuelve popular, tiende a rechazarlo. No asombra que, ante este nuevo tipo de demanda, haya una proliferación de los llamados raros y que las editoriales dispongan de abundantes catálogos de freaks para competir en ese rentable mercado de culto. Por supuesto, no es fácil definir la rareza de modo unívoco y en las bolsas de valores literarias las posiciones cambian continuamente: los raros de ayer pueden ser las referencias fundamentales del presente o puede haber marginales que gozan de una inverosímil popularidad. De hecho, autores que de manera legítima pueden ser reclamados por la legión de los raros, como Joyce, Borges, Calvino o Kafka, gozan de una popularidad y una centralidad contrastante con su perfil literario y la dificultad de su escritura.

Los orillados son semblanzas de cinco poetas hispanoamericanos, acompañados por un ensayo inicial en que el autor aventura una suerte de tipología. En su introducción, Hernán Bravo Varela se refiere a distintas gradaciones del adjetivo rareza, abarcando a esos escritores que, ya sea en la renuncia y el silencio elocuente o en la multiplicación experimental de significados, buscan una renovación de los cometidos convencionales de la literatura. Hay un término, entre los diversos que utiliza Bravo Varela para caracterizar a sus orillados, que es clave: son figuras y obras que brillan, más que por lo que son como entes ya fijados por la crítica, “por su posibilidad de ser”. Y en efecto, este carácter indeterminado, esta suspensión del juicio canónico, propicia que estas vidas y obras truncas se vuelvan (a veces con la sagacidad del editor o con la ayuda de la imaginación romántica del lector) ejemplos de nuevas actitudes artísticas y nuevas posibilidades formales.

Los autores de Bravo Varela cumplen con distintas características del raro: algunos, como Marosa di Giorgio y Juan Carlos Bustriazo, tienen vidas precarias y excéntricas y obras luminosas; otros, como Raúl Gómez Jattin, Luis Hernández y Abigael Bojórquez, se autoexcluyen, adoptan gestos suicidas y ejercen una escritura salvaje y perturbada de la que quedan vestigios descompuestos. Los orillados comienzan a desfilar con Marosa de Giorgio, la poeta uruguaya que elige el habla y la mirada infantil para recrear un universo caótico, inocente y maligno a la vez, que trastoca todas las categorías lógicas. Prosigue con Luis Hernández, el poeta peruano, médico de profesión y desaparecido en un misterioso accidente a los 37 años, que, en un momento dado, renuncia a los prestigios de la publicación y escribe y difunde parte significativa de su obra en el material perecedero de las servilletas o los cuadernos, donde funde la obra propia y ajena, así como los más heterodoxos materiales artísticos y referencias. El tercer orillado es Juan Carlos Bustriazo, ese poeta pampero, circundado por su leyenda de excentricidades, que, con una vertiginosa melodía, mezcla el canto tradicional con la poesía experimental. Luego aparece Gómez Jattin, el colombiano que, acaso, traduce su contacto con la locura en esa sintaxis anárquica de su poesía. Finalmente, Bravo Varela presenta al poeta militante y rupturista mexicano Abigael Bojórquez.

Los ensayos son instantáneas que invitan a la frecuentación del autor y tienen la virtud de no enfocarse en el aspecto pintoresco y anecdótico, tan seductor en este tipo de autores, y orientarse en ráfagas críticas a su obra y su significación. Sin embargo, en este afán por no explotar la martirología del raro, a ratos se vuelven demasiado parcos y quizá se pierda a los personajes entrañables y, sobre todo, muchos de los gestos definitorios de su actitud artística. En fin, entre simples trayectorias trágicas y escrituras verdaderamente convulsivas, Bravo Varela incluye su apuesta al canon de la sombra. En este empeño crítico se permite el gesto subversivo de convidar al banquete literario a una serie de desarrapados que no se adaptan a la etiqueta poética y que han construido, en los márgenes de las colonias acomodadas, sus muchas veces deslumbrantes ciudades perdidas. ~