Max Aub mexicano

¿Dónde está la frontera del aire? Escritos mexicanos

Max Aub

Traducción por Selección y prólogo de Adolfo Castañón

Bonilla Artigas/Las Semanas del Jardín/Fundación Max Aub/Gobierno de España-Ministerio de Cultura

Ciudad de México, 2025, 664 pp

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La obra del escritor español exiliado en México Max Aub (1903-1972) es vastísima y diversa en temas, tonos, géneros: poesía, teatro, cuento, novela, ensayo, crítica e historia literaria, fantasía, cine, pintura, diseño editorial, radiofonía, siempre rica e innovadora, informadísima, con un estilo y ritmo muy propios y exigentes. Una manera de aproximar a los lectores contemporáneos a esta obra proteica es la que eligió el poeta, escritor y académico Adolfo Castañón, de hacer una generosa selección “en clave mexicana” de su obra. Esto nos mete de lleno a uno de los temas centrales de Max Aub, nacido en París en 1903, de padre alemán, Frédéric Aub, y de madre francesa de origen alemán, Suzanne Mohrenwitz. Al estallar en 1914 la guerra franco-alemana la familia dejó París y se estableció en Valencia, España. Allí hizo Max Aub el bachillerato y se hizo español, de lengua, nacionalidad y corazón. Escribió teatro y cuentos en español, se integró a la vida intelectual española, se comprometió con la República y participó en la Guerra Civil, en la retaguardia, debido a su miopía. Agregado cultural en París, en 1937 participó en la elaboración del pabellón de la República española en la gran Exposición de París, y a través de él se le pidió a Pablo Picasso (1881-1973) una pintura grande para el pabellón. Picasso aceptó la petición, y tras el ataque alemán contra el pueblo de Guernica el 26 de abril de 1937, definió el tema de la pintura, que sería su obra maestra. En 1939 Max Aub pasó a París con su familia (su esposa Perpetua Barjau, Peua, y sus tres hijas) y colaboró con André Malraux (1901-1976) en la película Sierra de Teruel, basada en su novela L’espoir, de 1937. En 1940, Max Aub fue denunciado por comunista peligroso, y por judío, y fue encarcelado, liberado por un tiempo, y nuevamente apresado y mandado al campo de concentración de Djelfa, en Argelia, hasta que en 1942 Gilberto Bosques (1892-1995), cónsul de México en Marsella, logró su liberación y viaje a México.

En México Max Aub vivió los siguientes y últimos treinta años de su vida, de 1942 a 1972, y, como lo resumió su amigo José Luis Martínez (1918-2007): “En España había publicado nueve libros. En México completa la centena.” Se ganó la vida en diversas actividades relacionadas con el cine, que le permitieron traer a su familia y financiar la publicación de su obra, pues no podía contener la escritura de obras breves, teatro, cuento, fantasía, muchas de las cuales publicaba en la colección Tezontle del Fondo de Cultura Económica, con las reglas de la casa: que el autor pagaba la impresión del libro y el Fondo se ocupaba de la distribución. Esto duró hasta que en algún momento el Fondo trató de anular el contrato con Max Aub, porque publicaba demasiados libros y no se vendían. El paso del tiempo y el esfuerzo de su familia han permitido tanto en México como en España un rescate póstumo de su obra, y es el momento para leer y releer a Max Aub, como nos invita a hacerlo Adolfo Castañón con su antología de sus Escritos mexicanos.

Castañón puso en primer lugar y como eje del libro los dieciocho Cuentos mexicanos, publicados en 1959 y 1964, asombrosa recreación de personajes en el México revolucionario y postrevolucionario. Max Aub viajó por todo México, hasta 1956, cuando obtuvo la nacionalidad, y comenzó a viajar por el mundo. Cada uno de estos cuentos está dedicado a sus mejores amigos mexicanos, muchos de los cuales eran “los Divinos”, que se reunían a comer los sábados en el restaurante Bellinghausen: José Luis Martínez, José Alvarado, Alí Chumacero, Abel Quezada, Jorge Portilla, Joaquín Díez-Canedo, Octavio Paz, entre otros. Enseguida, Castañón seleccionó algunos de sus Crímenes ejemplares, de 1957, muestra de humor negro, que se traga con dificultad en nuestros tiempos oscuros, pero se aprecia si se lee como una serie de cuentos mínimos, reducidos a unas pocas líneas.

Castañón también incluyó partes de dos obras novelísticas de Max Aub, primero, de su Luis Buñuel, novela, intento inconcluso de convertir una biografía en novela, pese a que es producto de una investigación amplia, en libros y revistas, en conversaciones con el propio Buñuel (1900-1983) y con sus amigos y conocidos, en México y en España. Lo cual, por cierto, condujo al primer viaje que pudo hacer Max Aub a España, en 1969, que registró con magistral amargura en su diario La gallina ciega, publicado en 1971 por Joaquín Mortiz. Después de la primera edición de Luis Buñuel, novela, editada por Federico Álvarez (1927-2018), yerno de Max Aub, se ha hecho otra edición con un rescate más amplio de los documentos del gran fichero que formó.

El libro incluye el último capítulo de Jusep Torres Campalans, publicada en 1958 por el FCE, novela que simula ser una biografía, creando a un pintor catalán, amigo de Picasso y enemigo de Juan Gris, que anticipó el cubismo, abandonó la pintura al inicio de la guerra en 1914, se perdió y vivió durante décadas en Chiapas, entre los chamulas, integrado, borracho, mujeriego patriarcal y aceptado en la comunidad, pese a no vestirse como ellos, y cuya obra y catálogo Max Aub encontró, y logró encontrarlo y platicar con él en San Cristóbal de Las Casas, antes de fallecer hacia 1956. Para completar el estudio de la vida, los escritos y la obra de Jusep Torres Campalans, reconstruidos con una mezcla de fuentes eruditas verdaderas e inventadas, Max Aub realizó el alarde de pintar él mismo su obra, que incluyó en su libro y cuyos originales vendió a sus amigos (y cómplices) en la exposición de Jusep Torres Campalans que se realizó en la galería Excélsior. Poco después, Max Aub anunció públicamente que el pintor Jusep Torres Campalans no existía, que su biografía era una novela, y que él mismo pintó sus pinturas. Muchos siguieron sin enterarse de la burla literaria y pictórica, incluida la inteligencia artificial, pero lo importante es la novela tan lograda que escribió Max Aub, moderna y esencial, afín a Borges y Pessoa, que pone en cuestión las nociones de autoría y de suelo artístico y cultural.

La creación o recreación de personajes en el teatro, en las novelas y cuentos, tiene una prolongación con la creación de personajes ficticios, casi a manera de heterónimos, como en la novela Luis Álvarez Petreña (1934, con sus ediciones aumentadas de 1965 y 1971), y en la preciosa Antología traducida (editada por la UNAM en 1963), con breves biografías y un poema de autores inventados, de todas las épocas y nacionalidades, desde la antigüedad hasta el presente (en su edición aumentada de 1972, de Seix Barral, Max Aub se incluyó a sí mismo). O la recreación de realidades alternativas, como en su discurso ficticio de ingreso a la Real Academia Española, en 1956, como si no hubiese habido Guerra Civil, todo hubiese sido normal, y hubiesen sido miembros de la Academia: Juan Ramón Jiménez, Américo Castro, Federico García Lorca, Rafael Alberti, José Moreno Villa, Manuel Altolaguirre, Emilio Prados, Luis Cernuda, Juan Larrea, Adolfo Salazar, José Bergamín, Agustín Millares Carlo y aun el mexicano Martín Luis Guzmán.

Castañón reproduce también un drama, La vida conyugal, y unos poemas, antes de dedicar las siguientes doscientas páginas a sus ensayos, notas críticas y de historia literaria, poco conocidos y reconocidos hasta la publicación en 2007 por Eugenia Meyer de la compilación Los tiempos mexicanos de Max Aub. Legado periodístico, 1943-1972. El compilador pone en primer lugar las ácidas “Notas mexicanas”, de 1963, varias lúcidas apreciaciones literarias publicadas en el libro Ensayos mexicanos, de 1974, y una selección de su periodismo dedicado a autores y temas mexicanos, españoles e hispanoamericanos, a actores de teatro y cine mexicano y franceses en México. Son atendibles sus consideraciones sobre la relación de Juan Rulfo con la novela de la Revolución mexicana, particularmente con Mariano Azuela, que, sin estilo, mostró una realidad que fue recreada de manera extremadamente estilizada por Rulfo.

Para completar la imagen mexicana de Max Aub, Castañón incorporó la correspondencia con su amigo José Luis Martínez y el doctor Ignacio Chávez, y una selección de estudios sobre él, particularmente el ensayo que publicó Martínez en Cuadernos Americanos poco después de su fallecimiento. Según Martínez, Aub “solo se sentía español, solo pensaba en función de España y su tragedia y solo tenía a ‘España en el corazón’. México era para él –sobre todo en el testimonio de La gallina ciega– más bien apoyo y afición, conocimiento de modos secretos, asiento de su casa y de su familia, libros y trabajo, amigos; una honda marca, por cierto, pero no aquel amor entrañable que ya había sellado. Él mismo intenta explicarlo cuando dice ‘Uno es de donde estudió el bachillerato’”.

Lo confirma la valoración de los Diarios de Max Aub por su yerno Federico Álvarez, estimable por su amorosa y admirativa cercanía con Max, que muestra en sus Diarios su lado negativo y aun resentido, frente al descuido con que era tratada su obra, como cuando Rodolfo Usigli (1905-1979) dijo que no representaba su teatro por considerarlo “demasiado español”.

El lector no puede sino sentir agradecimiento a Adolfo Castañón, a Bonilla Artigas Editores y al Gobierno de España, por poner en nuestras manos este libro que nos restituye a un Max Aub múltiple, en su rica relación con México, y nos lo muestra como un escritor excepcional, original e imprescindible tanto para las letras españolas como para las mexicanas. ~


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