Paraíso clausurado, de Pedro Ángel Palou

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Museo de la melancolía
     Pedro Ángel Palou, Paraíso clausurado, Muchnik Editores, 2000, 293 pp.
      
     ¿Cómo se debe escribir una novela que explora en el conocimiento sensible y no incurre en la inercia del ensayo ni propone estratagemas para elaborar una tesis concluyente? A fuerza de esquivar desmesuras discursivas o soliloquios escabrosos que podrían prefigurar más reflexión sobre la reflexión, en Paraíso clausurado Pedro Ángel Palou se vale del legendario vínculo maestro-discípulo y da como marco referencial el trasunto, a veces nada afectivo, de la vida académica. Sin embargo, valga adelantar aquí que Palou con suma pericia aísla esa formalidad escrupulosa para decantar la pasión intrínseca del maestro (Gavito) y los abundantes y ambiciosos cometidos del discípulo (Eladio), quien además habrá de afanarse en la recuperación de casi todos los proyectos que su alter ego ha dejado inconclusos.
     Desde las primeras páginas la novela postula su necesaria cuota de extrañeza, esto es, la devoción de un crédulo hacia un incrédulo, o bien el lastre expansivo de un hombre sabio que sigue amando el conocimiento, pero que a sus 52 años su único y real consuelo estriba en consolidar una relación amorosa que le dé paz; propósito que siempre se cumplirá a medias, aun cuando el viejo maestro esté dispuesto a seguirle los pasos —lo lleven a donde lo lleven— a cada una de las mujeres, según él, "arquetípicas" que pretende; de no ser así, subsiste la amenaza de que todo su bagaje se trasmute en simulacro caótico y, sobre todo, en una pesadumbre contagiosa. Es ahí donde el peso de la novela alcanza su verdadera dimensión. Lo emocional —la denodada búsqueda del amor— encuentra una empatía sugestiva con los avatares del conocimiento. El maestro es ya un poeta célebre, pero la figura del poeta le repugna, y ha llegado a decir incluso que no es más que un vampiro que chupa su propia sangre y haciendo suya una sentencia de Keats determina que "todo poema es un fracaso", de tal modo que si la celebridad pudiera distraerlo sólo será un impulso para llenarse de proyectos sin objeto.
     De esta manera, el escepticismo del maestro será el acicate frenético del discípulo. Y es que ante el fuego cruzado que significa la combinación entre experiencia de vida y delirio libresco, Palou localiza el territorio idóneo para ampliar su tentativa novelística: serán los cafés, los bares, la biblioteca del viejo maestro y distintos sitios y entornos impensados que la migración de ambos les tiene reservado. En este sentido Palou cuida que la cuantía de conversaciones no se dé en algún aula universitaria. Pero al margen de la acritud académica, quizá desde los diálogos de Platón hasta Auto de fe, de Elías Canetti, amén de obras como Doctor Faustus, de Thomas Mann y El maestro y Margarita, de Mijaíl Bulgákov, ese vínculo canónico ha representado un recurso plausible, aunque poco habitual, para quitarle ribetes al conocimiento, o bien para que la claridad de las ideas acaso sea una larga premisa que en sí misma intente ocultar un decurso plagado de incertidumbres y devaneos. Empero en Paraíso clausurado la tesis halla de inmediato su antítesis y, a la usanza de las antiguas novelas (habría que citar a Rabelais y a Sterne), Palou nos previene con una justificación filosófica. En un pasaje clave de la novela el narrador (Eladio) advierte (por influjo de su maestro Gavito) que el conocimiento produce melancolía, pero también inspiración. Esta síntesis tiene como sustento axiomático la Anatomía de la melancolía, de Robert Burton, donde, entre otras cosas, se asegura que la pesadumbre permite volver a mirar más allá de lo siempre visto, como si se viera por primera vez.
     Tal es el caudal de…

Tal es el caudal de ideas que transita este Paraíso clausurado y tal es el cúmulo de disyuntivas y proyectos que alimentan tanto la vida del maestro como la del discípulo, que el desarrollo dramático pareciera ser una perpetua reconquista de las ideas. Impulso tras impulso, cada alusión abre una expectativa, y cada expectativa estará asociada con una temática cada vez más insólita, de tal suerte que el espectro novelístico va adquiriendo la textura de un tejido celular donde cada célula representa un tema no acabado. La multi-plicidad insinúa dispositivos estéticos que se desvanecen o están sujetos a una modificación constante. Así también el narrador se transforma, a fin de acoplarse a los propósitos de los personajes. Es por ello que Pedro Ángel Palou es muchos autores en uno. Veo al autor de aforismos, al poeta, al biógrafo, al narrador desasosegado, al conjetural, al reflexivo, al que nos sorprende con asociaciones disímbolas que pudieran desalentar la consecución lógica de una idea que aparentaba ir mucho más lejos; veo al narrador derivativo, al exegeta, al que se vale de emociones directas y, por cuanto se obstina, se atreve a describir al detalle los pormenores de un estado del alma o de un entorno radiante o grotesco. No obstante, esta flexibilidad de la prosa jamás escapa a la intuición estética y no pierde de vista que una novela está constituida en gran parte por el instinto natural que todo narrador debe poseer. De manera constante la espontaneidad chispea y los síntomas emanados de la argumentación perfilan una línea delgada en la que se sostienen los diversos estados de ánimo del narrador, mismos que en ningún momento se desarticulan. La novela crece, se ensancha, se adensa, a veces discurre por los contornos de una reflexión frágil que al cabo adquiere dureza, como si ese ir de lo accesorio a lo sustantivo no fuese más que un juego, un solaz que en última instancia no tiene más empeño que el de humanizar a los personajes. Y es que el autor siempre se involucra con sus temas, los goza y los padece, tanto que en ocasiones puede irritarse o exhibir sin ambages su entusiasmo indeliberado; para ello renuncia a ser dictatorial y se sitúa estratégicamente en un segundo plano como si quisiera hacer las veces de un intruso. Pareciera que su mirada no tuviese más propósito que el de un continuo acercamiento, a bien de conservar indemne la cualidad sugestiva de la indiscreción. Cierto es que la sospecha actúa, pero la inteligencia previene, a tal grado que nada se da por seguro. De suyo, cuando las aseveraciones del maestro se aprecian categóricas, el narrador no tarda en evidenciar la inconsistencia de su temple, sus fisuras secretas, como si en realidad lo que se mostrara, mediante un metalenguaje al sesgo, fuera la debilidad de origen y sus consecuencias maquinales. Todo esto refuerza el espíritu del discípulo que, desde mi punto de vista, es el personaje más fuerte de la novela. Su devoción es heroica, porque a fin de cuentas su afán de recuperar los trabajos truncos de su maestro no va a la caza de una recompensa inmediata. Será, eso sí, el testimonio engrosado de una vida que se perdió en la confusión —siempre conmovedora— de tantos proyectos a medias.
     Si Paraíso clausurado está sustentado en deseos y sospechas, el vínculo maestro-discípulo podrá resquebrajarse en cualquier momento. Pero como eso no ocurre, la amenaza pervive a expensas de un rastreo inagotable que sólo habrá de interrumpirse cuando la muerte rompa el lazo o cuando la desilusión de uno hacia el otro se diluya por completo. Con este amago prospera la tensión minuciosa de la novela. A través del otro se proyecta un yo teñido de una mezcla de exasperación y encomio. Es entonces que la simbiosis se hace elástica, crece, decrece, se trenza y se destrenza, aun cuando el ímpetu mantenga su frenesí estremecedor. Queda claro que a la postre la complicidad se tornará en una rivalidad subrepticia que hacia el final de la novela se habrá de manifestar a plenitud. En un momento dado, luego de que el discípulo pretende compararse al maestro, éste le reprocha que no hay necesidad de recurrir a las comparaciones, por la simple razón de que le lleva veinte años de edad, y eso es como entrar en un dilema insoluble, pues se trata de poner en juego de nueva cuenta la carrera de Aquiles y la tortuga. Cierto es que la vanidad del maestro roza con la ingenuidad, en virtud de que no demora en reprocharle su soberbia y su necesidad de reconocimiento. Convencido el discípulo de que jamás podrá equiparársele al maestro, no tiene más que convertirse en su mejor depositario. Tras reconocer sus desventajas en relación con lo que ahora sí será por voluntad propia su alter ego, Eladio no tiene más disyuntiva que crear su "pequeño museo de la melancolía", un proyecto tendiente a integrar las obras dispersas de Gavito, labor que quizá ha de llevarle los años que le queden de vida.
     Novela inquietante, de atisbos socráticos, Paraíso clausurado es una apuesta frenética e insólita en nuestro medio. Una tragicomedia cargada de ideas que, por fortuna, no está circunscrita a los apremios del lector promedio ni mucho menos a su excitación falsaria. De cualquier manera queda una interrogante: ¿cómo debe ser el lector de Paraíso clausurado? Debo suponer que entrará al libro no esperando intrigarse de inmediato, sino dejándose contagiar por el idealismo y la incertidumbre de los personajes. Si esta es una condición de lectura, también lo es la necesidad de poner a prueba nuestra capacidad de asombro. –

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