Polizones

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Qué habrá pensado, pienso yo, el capitán surcoreano de ese barco congelador llamado Wisteria, que atracaba en A Coruña, en el puerto de Santa Uxía de Ribeira, para descargar atún congelado que traen de Dakar y se enlata como producto gallego, cuando uno de sus marineros —¿cómo le habrá hecho, me pregunto, si es chino, como todos los demás marinos de ese barco?, he aquí, en todo caso, el poder universal del inglés— le pasó una nota al práctico del puerto que ayudaba a las maniobras de atraco para informarle que el capitán había decidido dejar en una mala balsa a la deriva a cuatro polizones africanos que descubrió en su barco.
     Luego el práctico habrá avisado, supongo, a la capitanía del puerto, y las autoridades decidirían iniciar una investigación y la prensa hacerle una foto que salió hace unos días; el rostro de una dureza y una frialdad infinitas, algo que se parece mucho a la tristeza; no como los malos de las películas sino como los humanos de la vida real.
     Qué habrá pensado, si es que pensó algo, porque quizás fue un simple acto rutinario, una decisión normal de orden correspondiente al capitán de un barco navegando en aguas internacionales, cuando tiró un remedo de balsa, unas tablas en las que malamente cabrían los cuatro y los hizo descender del barco y los vio alejarse, o más bien, quedarse en el mar infinito y móvil mientras el barco se alejaba.
     Pero supón que no haya pensado en ellos como individuos, como unidades con esa sucesión de acontecimientos repetidos, iguales, constantes pero siempre con algún matiz en su orden que los hace ser historia personal, pero qué pensaría de los catorce marineros chinos si es que tenía el pleno control de su oficialidad surcoreana, tres; supongo que no los habrá diferenciado tampoco como individuos con gustos, con criterios, con modos de ser, con ideas y conceptos. Supongo que en ningún momento pensó que lo podrían denunciar. O sí, pero también habrá pensado en la multa que tiene que pagar un barco que trae polizones si éstos se escapan en el puerto de arribo, en la dificultad de mantenerlos asegurados y regresarlos, sanos y salvos, a Senegal. De lo que ya no estoy tan seguro es de que haya ponderado los riesgos a correr en lo íntimo en caso de que se le atravesara la reflexión relativa al deber moral de salvar vidas, ni siquiera creo que haya calculado que eran vidas. Como el caso de los torturados de Abu Ghraib o de los negros linchados por el Ku Klux Klan en los cincuentas o de los judíos masacrados por los alemanes o de los palestinos masacrados por los judíos, o de los…
     Seguramente no pensó en la historia personal de cada uno de los que quedaban a la deriva; es imposible que haya pensado en la historia personal de ninguno de ellos, y ni qué decir de tomar en cuenta las condiciones que obligan a alguien a dejar su casa, su familia, sus amigos, sus lugares de memoria y subirse a escondidas a un barco que va a cruzar el mar Atlántico; ni hablar de reflexiones de ésta ni de ninguna naturaleza. Se es capitán de un barco, el mar es inmenso, el orden prioritario; la autoridad es la autoridad.
     O sí pensó, sí aplicó con rigor y lealtad a sí mismo y a sus convicciones el ejercicio de evaluar la conducta propia y correr los riesgos que ello conlleva. Cómo saber. Cómo saberlo sin hablar con él. Y aun haciéndolo, suponiendo que se pudiera, ¿se podría sacar en claro la materia moral de su conciencia, algo que pudiéramos empatar con la verdad?, ¿le interesaría explicar los movimientos de su alma hacia la toma de una deliberación tan áspera como dejar a cuatro personas en alta mar, a unos dos mil kilómetros de las Islas Canarias, sin medios de subsistencia ni esperanza de sobrevivir? Y si se pudiera, ¿lo sabría?, ¿sabría él mismo la respuesta? ¡Qué abismo!
     Supongo que esta nota no aparecerá en los periódicos de México ni prácticamente en los de ninguna otra parte; quizás en los de Corea del Sur; no creo que en los diarios chinos se relate la denuncia del marinero corroborada después en las investigaciones por los demás marinos chinos —¿es decir que tuvo que haber un traductor del chino al español, o al gallego, en las diligencias?, porque es poco probable que hablaran alguno de los idiomas de España, aunque con un chino que hablara inglés todos los demás estarían en posibilidad de contar su versión. Y no sólo eso, sino también de quejarse contra el capitán porque al cruzar el canal de Panamá les dio a beber agua del mar, y luego les dio alimentos caducos y les negó el jabón para asearse. O sea que el capitán surcoreano, cuyo nombre no aparece en las notas de prensa, es un duro.
     No, no hay ninguna razón para suponer que la noticia salga en los periódicos de otras partes del mundo; aquí en España porque se trata de algo que ocurrió aquí, si no, ni aquí, y en alta mar no hay prensa. Claro que cuatro senegaleses que intentan llegar por cualquier medio a Europa para buscar trabajo no hacen noticia, hay miles, ni siquiera porque supongamos que han muerto irremisiblemente, porque cientos mueren cada mes en las pateras en que tratan de llegar a Canarias o a Almería o a Cádiz.

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     Aunque conviene abrir dos o tres días después el periódico y enterarse de más datos; las averiguaciones despejan las dudas y esclarecen las páginas en que se escriben y dibujan los días.
     Sí, no sólo el capitán lo hizo; es decir, para ejecutar la orden del capitán Joo Cho Che, a quien ahora, gracias a que poseemos su nombre podemos ponerle un rostro, quizás una historia, humanizarlo, tuvieron que intervenir su primer oficial, cuyo nombre por desgracia no viene, que impartió las órdenes para detener al polizón, y el jefe de máquinas, por el momento anónimo también, construyó con unas tablas la balsa para desalojarlo, pero luego descubrieron que había otros tres y los amontonaron en la plataforma que se había construido para uno, aunque le agregaron algunas cuerdas para que pudieran detenerse y no caer inmediatamente al mar desde la ínfima tabla con los movimientos propios de las olas (agarrarse, dice la nota del diario) —o sea que sí había conciencia de lo que se estaba haciendo; entonces el contramaestre Song Sheng Quan, último surcoreano del grupo y el cocinero Shian Gin, chino, claro, como su nombre y su profesión y los datos que teníamos anteriormente indican, redujeron por la fuerza a los polizones y los arrojaron al agua.
     Existe un Archivo Internacional de Buques que hizo en algún momento una inspección británica (no sé si porque allí esté su sede o porque tenga agencias en distintos puertos, o porque las inspecciones estén clasificadas con gentilicios y ello declare el tipo de inspección hecha, en todo caso sólo se trata de datos de la nota periodística que sirven para normar nuestro criterio y poder construir nuestro personal punto de vista acerca de un acontecimiento que al autor de estas líneas le ha parecido oportuno relatar y transmitir secretamente a ese íntimo escritor que todos llevamos dentro) al Wisteria y lo declaró “barco basura” al detectarle 47 irregularidades; no aparece la lista de éstas pero estoy casi seguro de que no están todas incluidas.
     Por cierto, en la primera nota reseñaban que ya en el puerto e iniciadas las pesquisas, quienes tuvieron que bajar a las bodegas del barco en donde estaba el atún congelado sufrieron vómitos y diarreas por la pestilencia infinita de unas áreas con la refrigeración descompuesta (¿diarreas por vía olfativa?, pensé que eso sólo podía ocurrir con productos químicos de destrucción masiva).
     Además, pues de tener el nombre del capitán y de parte de su tripulación, tenemos el perfil del buque y las condiciones en que se desplaza por los mares abanderado por conveniencia en Panamá y perteneciente a una empresa surcoreana; no es poca cosa si se piensa iniciar una explotación literaria del asunto.
     Es probable que con esta nota termine el seguimiento periodístico del caso, quizás se les dicte prisión a los responsables, en el peor de los casos es posible que tengan que pagar una fuerte multa; en fin, sus posibilidades son varias, sobre todo a partir del hecho de que están vivos y llegaron a puerto. –

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