Vida de santa

El verbo se hizo sexo

Ramón J. Sender

Contraseña,

Zaragoza, , 2022, , 264 pp.

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En 1931, Ramón J. Sender (Chalamera, 1901-San Diego, 1982) era ya un escritor conocido por Imán, aunque la consagración le llegaría con el Premio Nacional de Literatura por Míster Witt en el cantón en 1935. Sender sufrió especialmente la Guerra Civil: su primera esposa fue fusilada en Zamora, su hermano en Huesca, él estuvo en el frente, pasó por un campo de concentración y estuvo en Estados Unidos y México antes de instalarse en Estados Unidos. La editorial Contraseña ha recuperado algunas de las novelas de Sender y continua con esa labor con la reedición de El Verbo se hizo sexo (Teresa de Jesús), novela de 1931. La reedición viene con un prólogo de la escritora Cristina Morales que resuelve la papeleta estableciendo una genealogía punk, sin principio ni final, en la que caben la santa y Manolo Kabezabolo. La idea que explica mejor la novela de Sender está tomada, como señala Morales, de María Gómez Martín. Propone que Sender trata de atacar la idea de hispanidad establecida en las primeras décadas del siglo XX. Sender no quiso reeditar El Verbo se hizo sexo y Morales afea que se considere esta una novela menor dentro de su obra.

El de Chalamera explica en su prólogo que en El Verbo se hizo sexo no pretendió hacer una biografía de la santa, tampoco “mediatizar lo ideal y sobrenatural de santa Teresa con una impugnación caprichosamente materialista. No me he propuesto al decir ‘el Verbo se hizo sexo’ rebajar al Verbo, ni a la santa, sino en todo caso, elevar el sexo”. El germen de esta novela quizá se halle en la infancia de Sender, de niño interno en un colegio de frailes asistió a la celebración del centenario de la canonización de Teresa, cuyo amor “crudo, natural, carnal, sin melindres teológicos” impresionó por oposición al del emperador Constantino I (el otro centenario religioso del que fue testigo), cuyo odio era “vulgar, guerrero y torpe”. Sender ve en Teresa de Jesús una sensibilidad única, le interesa su absoluta ignorancia de la carne como deseo, como materialidad; una especie de inconsciencia sexual –de deseo, casi– que convive con un anhelo de trascendencia. El cuerpo es un camino para el éxtasis espiritual, pero no es el fin sino el medio.

La novela de Sender está dividida en cuatro partes (“Adolescencia”, “Crisis de pubertad”, “La pasión” y “Reposo y santidad”), y a su vez está dividida en capítulos donde se sigue el recorrido de Teresa, los viajes, las empresas, pero sobre todo lo que destaca es su empeño y su fe en ella misma por encima de todas las cosas. Muchas de las peripecias vitales de Teresa –a la que durante gran parte de la novela se conoce como Teresica– que se cuentan aquí resultan familiares para casi cualquiera, más para quienes hayan leído su Vida, aunque no se tenga muy fresca, como es mi caso. El libro de la vida, cuya redacción también aparece en la novela de Sender, surge como confesión y relato de sus visiones divinas y se va transformando a ojos vista en manual de oración y relato de la fundación del convento.

Sender se anticipa al brochazo interpretativo de leer los encuentros con Dios de Teresa como sexuales; el éxtasis místico y el sexual coinciden en su inefabilidad, por eso comparten términos y lenguaje (esposo, amado, etc.). La novela se abre con un enfrentamiento entre los dos hermanos de Teresa, Rodrigo y Pedro, que está enamorado de una morisca. A lo largo de la novela, Teresa escucha con tanta atención como incomprensión pasiones terrenales ajenas: la de Irene por Rodrigo, la del cura padre de ocho hijos ilegítimos, la de su hermano Pedro por la morisca. Su desinterés en el amor vulgar se hace patente en la relación con don Diego y con Andrea, la novicia “más bella y de mejor humor”. De ser otra, Teresa habría podido enamorarse de Andrea, pero esa turbación que le produce el recuerdo de la novicia se vuelve en ella deseo de estar más cerca de Dios.

De entre los recursos narrativos aquí desplegados, el de la elipsis es uno de los más hábilmente utilizados; pero también el cambio del punto de vista: cómo pasa de un narrador objetivo consciente de la “leyenda” de la santa a asumir su voz y adentrarse en su conciencia. El respeto de Sender por la sensibilidad de Teresa se muestra en la sutileza: Teresica estuvo “muerta” tres días, como Jesucristo, “resucitó” al tercero; cuando tuvo conciencia de ver a Dios por primera vez, en una especie de sueño o visión, se vio a sí misma. Recrea la transverberación, el momento en que la flecha divina atraviesa el corazón de la santa, “uno de los pocos mitos católicos verdaderamente poéticos”, según Sender.

La explicación del título de la novela, ese Verbo hecho sexo, la da Sender en la novela: “No sabía que el libro más sensual de cuantos se han escrito en español habría de ser su apasionada y ardiente autobiografía, confesión suprema de una virginidad absoluta que le permite usar el lenguaje profano más equívoco para dirigirse a una divinidad que ha creado dogmas de castidad.”

El empeño de Teresa en la fundación de una nueva orden le sale bien en parte por su tenacidad, en parte porque coincide con una revolución en la Iglesia católica de la que Teresa sale beneficiada –y finalmente canonizada–, pero cuyo desenlace bien podía haber sido otro. No acaba en la hoguera de milagro: su destino se resuelve como un match point entre la canonización y la hoguera. Parte del interés de Sender está ahí también: a través de la peripecia vital de Teresa se cuenta el contexto, las connivencias entre el poder político y el poder eclesiástico. De este libro se sale con la sensación de haber comprendido a Teresa y su claridad de espíritu. Tal vez no se puede comunicar pero se disfruta y admira. ~

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