¿A quién le importa el amor? 

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En El fin de la novela de amor –ensayo de Vivian Gornick publicado originalmente en 1997 y rescatado por Sexto Piso en 2022 al calor del éxito de Apegos feroces y con traducción de Julia Osuna Aguilar– la escritora sostiene la tesis de que el amor en el sentido romántico, de pareja, ha dejado de estar en el centro de nuestras vidas. Exploraba esa tesis a través de once ensayos sobre novelas y escritoras, de Jean Rhys a Kate Chopin pasando por la historia de Hannah Arendt y Heidegger. Era un libro mucho más lúcido e interesante que Cuentas pendientes (Sexto Piso, 2021, traducción de Julia Osuna Aguilar), en el que releía algunos de sus libros de su canon personal; una especie de revisitación de su educación sentimental. Colette, Duras, Ginzburg, D.H. Lawrence, del que también escribía en El fin de la novela de amor–… En la rueda de prensa de presentación del libro, Vivian Gornick explicaba desde su piso de Nueva York, con al menos un gato colándose en la videollamada, que a los jóvenes de ahora no les interesaba tanto el sexo. Decía que en su juventud leían a Colette como si les fuera a enseñar los secretos del amor y el sexo y el placer y el deseo femenino. Y que eso ya no es así. No estoy de acuerdo, pero no es solo por eso por lo que me parece que en la santificación de Gornick hay una parte de paletismo (el mismo que lleva a Patxi López a citar en el Congreso la frase de Bad Bunny del letrero luminoso en la Super Bowl), de pensar que si es en inglés es un poco mejor. No estoy de acuerdo, porque el deseo sexual es algo que cada uno experimenta y descubre por sí mismo. Por muchas canciones de amor que se hayan escrito, si haces canciones, el día que te enamores, escribirás una canción de amor. 

Aprovechando la cercanía de San Valentín, leí Fragmentos de un discurso amoroso, de Roland Barthes, recuperado por Siglo XXI el año pasado después de casi una década –dicen– agotado en España. La traducción es de Eduardo Molina. El libro salió en 1977 y vendió un buen puñado de ejemplares. Poco después murió la madre de Barthes (escribe el Diario de duelo entre octubre de 1977 y junio de 1978). Entonces ya era Barthes el semiólogo y Fragmentos nació al abrigo de un seminario en la École des Hautes Études en Sciences Sociales. También en 1977 fue nombrado titular de la cátedra de Semiología Literaria del Collège de France, que fue creada especialmente para él, idea de Foucault. En 1980 lo atropelló una furgoneta de una lavandería y murió de manera anónima en el mismo hospital en el que moriría Foucault cuatro años después, tal como recordaba Kate Zambreno en Escribir como si ya hubieras muerto (La Uña Rota, 2025, traducción de Montse Meneses Vilar). 

Fragmentos es un diccionario de sentimientos, decía Barthes al presentarlo en la televisión en la época, pero en lugar de palabras, las entradas son “figuras”. Diría que las “figuras” podían ser algo así como momentos, casi escenas; quizá por eso Claire Denis se basó en el libro para su Un sol interior en 2017 (hay otra adaptación de 2010, El discurso del amante, firmada por los cantoneses Derek Tsang y Jimmy Wan). El libro de Barthes arma un sujeto que ama a través de un discurso que es un collage: “Para componer este sujeto amoroso se han ‘montado’ trozos de origen diverso. Está aquello que proviene de una lectura regular, la del Werther de Goethe. Aquello que proviene de lecturas insistentes (El Banquete de Platón, el Zen, el psicoanálisis, algunos místicos, Nietzsche, los lieder alemanes). Aquello que proviene de lecturas ocasionales. O lo que proviene de conversaciones de amigos. Está, en fin, lo que surge de mi propia vida”. Es un manual de instrucciones para cuando te rompen el corazón, en palabras de Rubén Lardín. Mi vecino, veinteañero, me vio con el libro y tras ojear portada y cuarta de cubierta me dijo: “Esto es de ñiqui-ñiqui, ¿no?”. Mejor síntesis imposible. 

El sujeto amoroso es un poco pesado, como Juliette Binoche en la película de Claire Denis, es un enamorado del amor. “Figura Anulación: Explosión de lenguaje en el curso del cual el sujeto llega a anular al objeto amado bajo el peso del amor mismo: por una perversión típicamente amorosa, lo que el sujeto ama es el amor y no el objeto”. El libro de Barthes es pura enunciación, y cifra el amor en el lenguaje; el amor es inefable, si logramos expresarlo con palabras tal vez nos curemos, parece decir. No sé si Barthes se curó de su desamor con el libro.


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