Cómo ser padre, cómo ser hijo

Niños de domingo

Ingmar Bergman

Traducción por Traducción de Marina Torres

Fulgencio Pimentel

Logroño, , , 2021, , 154 pp.

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Ingmar Bergman (Uppsala, 1918-Farö, 2007) es uno de los cineastas ineludibles en la historia. Lo curioso es que no solo fue cineasta, escribió y dirigió teatro, y llegada la edad más que madura y retirado ya del cine –dio por concluida su carrera como director en 1982, con Fanny y Alexander– empezó a escribir: sus memorias (La linterna mágica), una autobiografía fílmica (Imágenes) y novelas cuyo germen está en sus recuerdos. Muchos de esos libros los publicó Tusquets a finales de los noventa, treinta años después Fulgencio Pimentel continúa la labor de recuperación del Bergman novelista que emprendió en 2021 con La buena voluntad. Ahora llega Niños de domingo, también en traducción de Marina Torres, que fluye con naturalidad en la lengua de destino. Como La buena voluntad, esta también tiene una versión cinematográfica, en este caso a cargo del hijo de Bergman, Daniel Bergman.

Niños de domingo es una novela breve, minúscula casi en lo que cuenta, pero enorme en lo que convoca y en cómo lo hace. Es una continuación de La buena voluntad, que contaba la historia de cómo se habían conocido sus padres, quiénes eran antes de ser un matrimonio y de tener hijos. En esta novela el matrimonio ya está establecido y deteriorado, no solo por las complicaciones de partida. Bergman remite a los lectores interesados a La buena voluntad, donde se detallaba el enfrentamiento entre Erik Bergman y su futura suegra, que se oponía al matrimonio. La rutina, la convivencia, los hijos (tres ya) pesan también sobre el matrimonio. Esto lo vamos a ir descubriendo poco a poco, porque en realidad todo es una preparación para el momento mágico que Bergman quiere compartir: no es solo lo que sucedió una tarde de domingo sino que consigue que entendamos perfectamente por qué, más de sesenta años después, aún lo recuerda. El episodio podría ser anecdótico: un domingo, un padre y un hijo viajan en la misma bici y en tren de un pueblo a otro. A la vuelta, el padre pierde el control de la bici y se caen sin que ninguno resulte herido. La rueda de atrás se ha pinchado. “Hay media legua hasta la estación. Papá y Pu están empapados, sucios y llenos de barro. Papá tiene un rasguño en la mejilla. Cae sin parar una lluvia fría. Papá empuja la bicicleta averiada y Pu lo ayuda.” Esa estampa final es emocionante, pero no lo es en sí misma si no sabemos todo lo que hay antes y todo lo que habrá después. Con lo que hay antes no me refiero solo a la historia de amor de sus padres, sino más bien a la relación del niño Bergman, Pu, con su padre.

La novela se abre con una descripción de la casa (y la opinión de la abuela y del tío Carl, que eran “sumamente críticos” con respecto a ella). Se describe la casa y también el entorno, los dueños que tuvo y también cómo fue el traslado familiar hasta allí y lo que supuso para todos. Pu tiene ocho años y es el mediano; por encima está Dag y por debajo, la nena. Dag trata bastante mal a Pu, en cuyos sueños su padre y Dag están muertos. Pu está enamorado de su madre, pero un poco también de Marianne, una de sus primas. La oferta de acompañar a su padre el domingo aparece al principio del libro, Pu en realidad no quiere ir: sus planes eran otros y bastantes más atractivos para un niño de ocho años que acompañar a su padre, pastor, a dar el sermón al pueblo de al lado. Pu “había pensado jugar con los trenes y poner raíles desde el retrete, donde iba a colocar la estación de salida, hasta el abedul, allí iba a poner las agujas y la plataforma giratoria”. Esta novela hermosa sobre la memoria desentraña qué misterios y azares llevan a Pu a aceptar el ofrecimiento de su padre.

Bergman hace una cosa muy difícil, que le permite la literatura de manera mucho más clara que el cine: entra y sale de la narración, porque Pu es él, y el relato está en tercera persona casi todo el tiempo, aunque a veces hay deslizamientos a la primera. La primera vez que sucede es como cuando Harriet Anderson mira a cámara en Un verano con Mónica, solo que en este caso, además, quien nos mira a los ojos es, además del protagonista, el escritor: “Cuando papá llegó al cabo del tiempo, justo antes de que yo hubiera cumplido ocho años, se mostraba inquieto, ausente y melancólico.” Hay otros momentos en que Bergman rompe el relato, son tres recuerdos, con respecto al momento de escritura, aún por venir desde el tiempo del relato. En el último, el padre, Erik Bergman, ha muerto. En otro, el pastor le dice a su hijo que ha descubierto los diarios de Karin, la madre de Ingmar: “Leo y leo. Poco a poco me voy dando cuenta de que nunca conocí a la mujer con la que viví más de cincuenta años.”

Pu no es exactamente un niño miedoso, lo que pasa es que sabe que es un niño de domingo, es decir, nació en domingo, y los niños de domingo son especiales, pueden ver cosas. Por eso a Pu le da un poco de miedo la historia del suicidio del relojero, que se le aparece en sueños. Pero que sea un niño de domingo no solo es importante por eso, es uno de los escasos puntos de conexión con su padre. En otro sueño de Pu aparecen Juan, Jesús y María; en otro, “el Caballero, larguirucho y cargado de espaldas. Juega al Ajedrez con la Muerte: ‘He estado mucho tiempo a tu espalda’.” Hay otras referencias que conectan la novela con sus películas, en especial con Fresas salvajesNiños de domingo es también una exploración de la vejez: “La vejez es un infierno, ¿sabes, Pu querido?”, le dice tía Emma desde el retrete al que ha llegado de milagro y ayudada por Pu. Sigue Emma: “Y luego se muere uno y eso tampoco es muy divertido.”

Niños de domingo es una novela hermosa, en la que todo sucede de manera sosegada, la única posible de enfrentarse a la vida y a los recuerdos de quienes ya no están. Bergman explora aquí en qué consiste ser hijo y lo hace convocando muchos de sus temas centrales para construir una novela magistral, que es como dar un paseo por el campo justo antes de que caiga el sol. ~

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