Confesiones de una crítica literaria

Unas notas sobre qué es escribir de libros con la guía de George Orwell.
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Pongamos que quisiéramos saber de verdad el estado de la crítica actual y por qué es tan blanda. Hay una razón: dinero. Es el resumen del ensayo de Orwell, “Confesiones de un crítico literario” (Tribune, 3 de mayo de 1946) sobre el asunto: los críticos suelen cobrar (poco) por las piezas, que deben entregar cuanto antes y el espacio es cada vez menor. Así que para escribir menos de 3000 caracteres, ¿quién va a leerse el libro entero? Más si los dosieres de prensa están cada vez mejor hechos, ahora hasta traen extractos del libro para que los cites. Algunos hasta traen entrevistas con el autor. Así que, bueno, si te lees el libro es porque quieres. Jimina Sabadú lo explica bastante claro aquí

El ensayo de Orwell presenta una caricatura del crítico: “En un estudio frío aunque mal ventilado [qué finura en esa concesiva], cubierto de colillas y tazas de té medio vacías, un hombre vestido con un batín apolillado se sienta a una mesa coja, tratando de hacerle sitio a la máquina de escribir entre la montaña de papeles polvorientos que le rodea”. Cambia té por café, sin colillas, pero con juguetes, piezas de Lego, playmóbiles, soy una mujer y no llevo batín aunque sé vestir desastrada con ropa de calle, mi mesa no está coja [cosa de mi novio], hay un ordenador y papeles, muchos papeles. Orwell escribe que “la reseña de extensión media habitual, unas seiscientas palabras, no sirve para nada”. Propone ignorar “la gran mayoría de los libros y escribir reseñas muy largas sobre aquellos pocos que pareciesen importar”. Otra perla de Orwell: “Hasta que uno desarrolla una especie de relación profesional con los libros, no descubre lo malos que son la mayoría”. 

En las semanas flojas me llegan una media de cinco libros a la semana –mi novio me quiere echar de casa–, con los que por supuesto no sé qué hacer. No me refiero a qué hacer con ellos (desde venderlos por wallapop a donarlos a una biblioteca, ideas tomadas de colegas), sino a cómo darles salida. Un ensayo sobre la oscuridad, qué interesante, este de título curioso sobre el aperitivo es finísimo, seguro que se lee en un ratín. 976 páginas. Novecientastesetentayséis páginas. Ah, mira, este tiene los capítulos largos y mucho diálogo. Y esa es mi primera forma de discriminar: elijo los finos, los cortos. Entre colegas nos avisamos: tiene 250 páginas, pero son como 150 de novela normal, que son capítulos cortos. Va rápido, que hay mucha acción. ¡Tiene fotos! Es un cómic. El cartero me ha dicho esta mañana que suponía que el libro era para mí, que me los da en mano para que no tenga que ir a recogerlos a la oficina, que es lo que en teoría debería hacer con todos los bultos que no caben en el buzón, pero claro, son muchos. Le he dado las gracias. El lunes llegaron nueve. Y luego están los que compro: Stanley Cavell, La intimidad, de Jose Luis Pardo; la correspondencia entre Hannah Arendt y Mary McCarthy; los que compro y leo.

No deberías dedicarle más de una hora a un libro si luego no vas a hablar de él más que quince minutos, me dicen varias voces. Siempre me falla la confianza en mí misma, pienso que me van a pillar, y acabo trasnochando para leer hasta la última coma y comprobar que, probablemente, no habría hecho falta leerlo entero. Saco partido a las horas quitadas a mi descanso tratando de adivinar quién se ha leído el libro entero y quién no. Es verdad que si fuera una profesional de verdad sabría hacer entrevistas habiendo leído el libro en diagonal –estoy aprendiendo a leer así, pero a veces me lleva más tiempo. El caso es que a algunas amigas les aviso cuando llega un libro finísimo: es tan corto, les digo. Soy una miserable. 

Aberto Olmos suele señalar el mal estado de la crítica. No es el único, aunque pocos tienen tanta gracia. Algunos llevan años diciendo que la crítica en España es mala como si no formaran parte de ella, supongo que porque están a unos tres metros sobre el suelo y eso siempre ayuda a mirar por encima del hombro. Juan Marqués ha escrito sobre la precariedad del crítico. En una entrevista con Olmos, la escritora Cristina Sánchez-Andrade dice: “Las reseñas no sirven para nada. El mundo de la crítica es muy decepcionante. Nadie se atreve, sobre todo, a criticar a alguien conocido”. A veces las razones por las que no se dice lo que se piensa tienen que ver con no querer hacer daño al escritor, supongo que porque se entiende la crítica negativa como un ataque personal. Luego, como decía Orwell en otro sitio, se encuentran todos en las mismas fiestas y es incómodo. Me molesta más el empeño en hacer pasar libros más bien mediocres y chapuceros por libros buenos. Es lo que Nora Ephron explica en “Solo quiero decir: la tortilla de clara de huevo” (No me acuerdo de nada, recién publicado en Libros del Asteroide): “son víctimas de lo que se conoce como información en cascada que consiste en que cuando una cosa se repite muchas veces acaba convirtiéndose en verdad aunque no lo sea. (No entiendo por qué no se llama desinformación en cascada.)” 

Esta semana tuve que responder a la pregunta de por qué leo y di tres razones: por diversión, por perversión y por dinero. A pesar de todo, o quizá por eso precisamente, es una suerte: vivimos de lo que leemos, de escribir de lo que leemos. Pero ya se sabe que se derraman más lágrimas por las plegarias atendidas que por las no atendidas. Y quizá esa sea la razón por la que el día fijado, como escribe Orwell, sin saber bien cómo, “la crítica quedará lista con la extensión exacta y unos tres minutos antes de la hora señalada”. 

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