fina garcía marruz poeta
Foto: Manolovar - Trabajo propio, CC BY-SA 4.0, https://commons.wikimedia.org/w/index.php?curid=15054339

Plotino en la alacena: Claves para leer a Fina García Marruz

En su escritura, la poeta Fina García Marruz (1923-2022) dio importancia a lo minúsculo, a las minucias formales, a la versificación y a la plasticidad del lenguaje.
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En su ensayo “La Cuba secreta”, publicado en la revista Orígenes (1948), la filósofa española María Zambrano nombra su canon personal de la poesía cubana contemporánea: habla de José Lezama Lima, cuya escritura define como “acción, no contemplación”, de Eliseo Diego, quien presta su alma a las cosas para que despierten, y de Fina García Marruz, quien “realiza esa hazaña que es escribir sin romper el silencio, la quietud profunda del ser.” Informada sin duda por el cálido recibimiento que tuvo en Cuba por parte de los poetas al emprender su exilio, Zambrano no yerra en predecir quiénes serían los mayores poetas del movimiento. La filósofa y estos tres autores convenían en una búsqueda similar: una fenomenología con tintes de metafísica religiosa coloreada por las posibilidades de la lengua española, y aterrizada en el espacio material de la escritura: un “despertar de la fysis, decimos, en y por la poesía”. Sin embargo, donde Lezama supera la conciencia por medio del exceso, Diego se refugia en lo insondable del objeto más minúsculo, y el pensamiento de Zambrano está articulado en una oposición física/metafísica que solo puede ser superada mediante la contemplación, la voz de la poeta García Marruz no trasciende, no se adentra y no intelectualiza esta dialéctica; más bien flota en un espacio indefinido que es susceptible de diversas transformaciones y atraviesa, por momentos, lo espiritual desde lo material.

En ese afán de flotar sin dividir, de ejercer la contemplación como quien sale de sí en un viaje astral, García Marruz utilizó dos voces principales a lo largo de su obra poética. La primera es una versificación amplia, tirando a prosa, que Lezama calificó como “esos versos largos, a lo Claudel”, y que utilizó principalmente en poemas políticos como su elegía a Ernesto “Che” Guevara, en el que enfrenta múltiples visiones del guerrillero, de su muerte y de su figura pública, para acercarse a las contradicciones plenamente humanas del estar para ser visto y desemboca, después de todo, en un territorio material: “La hora en que no supimos qué decir y callamos confundidos”. Estructural y temáticamente, esta forma de escribir no dice mucho sobre lo que realmente caracteriza a García Marruz, lo que la convierte en una de las poetas más singulares de la poesía latinoamericana contemporánea. Más bien, para acercarnos al corazón de su escritura, tendríamos que voltear a sus textos breves, que adaptan las resonancias de la lengua inglesa a un español paradójico, tan sencillo como obscuro, que en sus mejores momentos ejemplifica la metafísica en suspenso que Zambrano vio como el mayor atributo de la poeta.

Más allá de su lugar en la poesía cubana y del interés académico que tiene su obra, me gustaría recuperar de García Marruz la importancia que dio a lo minúsculo en su escritura, a las minucias formales, a la versificación y a la plasticidad del lenguaje bajo las constricciones del verso medido. En los poemas breves que realizó a lo largo de su vida, tan informados por el soneto barroco y por el octosílabo de San Juan de la Cruz como por el decadentismo de Algernon Charles Swinburne y Thomas Hardy, encontramos lo más relevante de su poética: esa voz que es distante pero conciliadora, que parece guardar un secreto inaccesible entre imágenes juguetonas y sonidos casi infantiles, pero detrás de la cual existe una particular densidad metafísica. Tomemos como ejemplo su poema “Baile de los panecitos:”

Será sencillo todo.

Huirá, avergonzada,
la apoteosis,

cuando el hombre
al fin
trinche la parca
escasez de dicha.

Bailará
–ha de bailar–
el pan.

¿Qué representan el pan y su baile? ¿Cuál es el nexo lógico entre el encuentro con la felicidad, el trascender “la parca escasez de dicha” para llegar a otro espacio anímico, y el despertar de un objeto inanimado? Este tipo de juegos usuales en García Marruz dan un vistazo a su plasticidad lírica, que conecta técnicas de vanguardia con formas clásicas para explorar diferentes temples y resonancias, mientras todo ocurre como detrás de las palabras, sin proclamar o evidenciar un “querer decir” concreto. Al contrario de sus poemas de largo aliento, que tienden a colapsar sobre sí mismos al erigir narrativas que se sienten como explicaciones sobradas, en este tipo de textos es posible encontrar la mayor expresión de su escritura: “Vuestro cuerpo me toca sin saber que atraviesa / un órgano sin memoria, más distante que un astro.” A vista de pájaro frente a un mundo al que reacciona humanamente, su poesía relata no la vida de las cosas ni la metafísica de lo cotidiano, sino que explora los linderos de lo no dicho sin pretender más que el juego mismo del lenguaje, una forma de mirar su propia humanidad.

Dentro de este alejamiento de los sentidos, de este espacio entre lo abstracto y lo concreto, la emoción humana que guía más ciertamente a la obra de la poeta es la melancolía. Muchos de sus textos son elegías, tanto a figuras públicas (Martin Luther King, Ho Chi Minh, el ya mencionado Guevara) como a amigos cercanos (reluce su poema “Casa de Lezama”), y también muchos de sus poemas menores se acercan a lo funerario para plantearse temáticamente: “¿Cómo desconfiar / aún, si bajo / la losa gris, la / cimentada piedra, / sacó la lengua / invencible / esa yerbita verde?”. La muerte cristiana, que es trascendencia y no finitud, late en el universo lírico de García Marruz como la certidumbre que separa a los seres de los objetos, y se entiende como la experiencia común que habitamos todos. Debido, quizás, a ese temple religioso, su poesía no deviene en una contemplación desde la incertidumbre o el miedo, sino que toma la muerte con la naturalidad de quien ha sofisticado, con el tiempo, el ejercicio de no-estar. Quizá por eso mismo resulta interesante que ella fuera la última de su generación en despedirse.

Fina García Marruz fue la elegista por excelencia del grupo Orígenes. Sus retratos de amigos cercanos nos llevan a conocer la intimidad de sus veladas, sus discusiones, los lugares en donde bebían y comían, los libros que intercambiaban y las formas en que el parentesco (ella estaba casada con Cintio Vitier y su hermana Bella con Eliseo Diego; los cuatro vivieron de jóvenes en la misma calle, Arroyo Naranjo) articuló también la estética y el alcance de la revista. A medida que sus amigos iban muriendo, ella escribió memorias en verso sobre cada uno de ellos y, con su voz particular, flotante, construyó acaso la memoria más viva que se tiene de su generación en la literatura cubana. Resulta curioso, empero, que Fina se despidiera del mundo de los vivos ahora que nadie más recuerda ese momento de la cultura, que aquella poeta definida por Zambrano como capaz de hacer el milagroso ejercicio de estar sin estar nos haya dejado con un testimonio generoso y bello de su presencia, así como la de aquellos con quienes compartió.

Ahora que Fina García Marruz no está, su escritura me hace imaginar la muerte como un regreso a la juventud, y por ello, me gusta imaginarla como en su poema “En la confusa adolescencia”. En este texto la poeta se contempla a sí misma, de joven, leyendo a Plotino a escondidas mientras su tío pinta la casa. Eventualmente, la idea de “emanación divina” del filósofo se emparenta con los vapores de resinas y pinturas, contextualizando la lectura de Plotino y a su Dios “entre la fiel emanación del aceite y la vida desatendida, verdadera!” En el recuerdo de la lectura y el doble sentido de la palabra “emanación”, Marruz crea una pequeña metafísica suplementaria que, al terminar el poema, se disuelve. Me pregunto si ahora, en el paraíso cristiano que compartían, estará hablando Fina con Diego, Lezama y Vitier. Me pregunto qué cosas habrán aprendido sobre la poesía, sobre el mundo, al cruzar el velo que los tenía separados. Me pregunto cómo se verán ahí y, más que nada, me pregunto si no es un contrasentido dedicarle muchas palabras a alguien cuya poesía brilla más mientras más se asemeja al silencio. Queda decir que las antologías de su obra disponibles en Pre-Textos y el Fondo de Cultura Económica son sustanciosas, de buen precio y son un maravillo acercamiento para el lector a ese universo que he intentado recuperar en este escrito. Vayan a leerla.

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