De Michail Petrovich Klodt, Dominio público, https://commons.wikimedia.org/w/index.php?curid=3236313

Desear la muerte de otro

Los deseos de muerte están en la literatura desde sus inicios, desde el drama griego, porque también están en el corazón del hombre. Son pasiones que difícilmente se expresan de manera pública.
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En sus Cuentos de Odesa, Isaak Bábel relata la historia de una banda criminal que, entre otros delitos, gusta de la extorsión, del famoso derecho de piso. Las autoridades de la ciudad van cambiando, pero los villanos siempre hallan el modo de domesticarlas, corromperlas o eliminarlas.

Pasa el tiempo y llegan los bolcheviques al poder. Nombran a un nuevo jefe de policía, ahora llamada cheka. El capo de los mafiosos, Foim Grach, va a hablar con él para leerle la cartilla. Con gran insolencia le comenta que viene solo, que no está armado. Le pregunta al nuevo agente de la ley que cuál es su precio.

Como respuesta, el policía manda llamar a un par de soldados y sin miramientos le pegan a Foim Grach más de diez balazos.

Por ahí se halla un juez que se espanta, pues ya estaba más que hecho al estado de las cosas, a los sobornos, a la ley que no se aplica. Quiere protestar por la muerte del mafioso, pero el policía lo ataja: “Respóndeme como chekista, respóndeme como revolucionario: ¿para qué queremos un hombre así en la sociedad futura”.

“No lo sé”, responde el juez, “probablemente no lo necesitemos.”

La literatura es el verdadero terreno de la libertad de expresión. En este cuento, Isaak Bábel, uno de los más grandes prosistas, nos presenta ese dilema casi utilitario. ¿Para qué queremos un hombre así?

El ejemplo más célebre de este tipo de dilemas lo expone Dostoyevski en su Crimen y castigo. Raskólnikov argumenta su derecho de matar a la usurera, y cada lector tendrá su opinión. ¿Queremos una usurera así en nuestra sociedad?

Pero supongamos que el asesinato no ocurre en una novela sino que lo leemos en un periódico, y que el periodista describe de este modo a la mujer asesinada: “Era una viejecilla pequeñita y seca, de unos sesenta años, de ojos agudos y malignos, con una naricilla afilada y sin nada a la cabeza. Sus cabellos albeantes relucían muy untados en aceite. Su fino y largo cuello parecía la pata de una gallina”, agregando que la mujer solía tener su departamento ordenado y sin una mota de polvo, pues “así suele suceder en casa de las viudas viejas y malas”.

Buena descripción en una novela; repulsiva en la prensa.

¿Por qué a un novelista se le permite lo que se le prohíbe a un periodista? Eso no hace falta responderlo.

El mismo Dostoyevski, en Los hermanos Karamazov, tiene un episodio titulado “¡Para qué vivirá un hombre así!”.

Delante de sacerdotes y otra gente, papá Karamazov discute con su hijo por una mujer. Ambos arden por ella. El padre busca que arresten al hijo para quitarlo del camino. Entre insultos, papá Karamazov reta a su hijo a un duelo. La respuesta del hijo: “¡Para qué vivirá un hombre así! Díganme ustedes: ¿se le puede permitir todavía que deshonre con su presencia la tierra?”.

Los deseos de muerte están en la literatura desde sus inicios, desde el drama griego, porque también están en el corazón del hombre. Son pasiones que difícilmente se expresan de manera pública. Acaso las vemos en forma de amenazas, sobre todo en el mundo del hampa, o como crímenes consumados, pero ahí se entienden como un quiebre con el orden aceptado, no como naturaleza humana.

Otra vez acudo a Dostoyevski, pues él tenía el asunto bien pensado. Aliosha Karamazov se encuentra con su hermano Iván. “¿Es que todo hombre tiene derecho, mirando a los demás, de decidir quién tiene méritos para vivir y quién no?” La respuesta de Iván es sabia: “Ese problema suele resolverse en el corazón de cada quien, sin considerar los méritos, sino razones mucho más naturales. En cuanto al derecho: ¿quién no tiene el derecho a desear?”.

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