Pierna, ambulancia, colchoneta

Algunas serendipias y epifanías cotidianas: un descubrimiento durante un masaje, una escena de solidaridad colectiva y unas bragas extraviadas.
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No sé si no me pasa nada importante o es más bien que no estoy atenta. Pero a veces sí que me doy cuenta y me fijo en repeticiones que se dan en un tramo de tiempo, o sea patrones, o bien reconozco fronteras que acabo de cruzar aunque no sé ni adónde llego ni de qué país estoy saliendo. En la misma semana percibí una tendencia que creo primaveral, y que me hizo asociar cuatro escenas en las que había participado, aunque muy pasivamente, casi como testigo. Se parecían por cotidianas y pasajeras, pero también en la textura de los sentimientos que me despertaban. Como si tuviese que estar acostumbrándome de nuevo a sentir cosas. Esa novedad era lo especial.

De camino a la biblioteca, la mañana en que había vivido el cuarto de los episodios extraordinarios, me di cuenta de su interés, y al llegar los apunté para escribir sobre ellos más tarde: pierna, ambulancia, colchoneta y… Ya no me acordaba del último. Había una luz creciente, el resplandor matutino y algo muy armónico, pero qué había sido lo extraordinario no era capaz de recordarlo. Apunté por si acaso cama, porque el despertar había sido muy placentero, y había mirado desde la cama cómo el cielo iba cambiando de color y sentía el cuerpo muy a gusto sobre el colchón, pero no me fiaba mucho porque, aun agradable, el sentimiento no había sido sorprendente. No había iluminado un rincón desusado, que creo que era lo que unía a los otros tres.

Así que voy con los primeros: Lo de la pierna lo voy a despachar por encima, porque es más difícil quitarle los elementos psicológicos, pero más o menos consistió en que estando en una camilla recibiendo un masaje en las piernas la escena se transformó de pronto en un momento como de fábula en que convergieron sincronicidades y discernimientos, y yo asistía a todo con sorpresa y tranquilidad a la vez.

Lo de ambulancia fue que mientras íbamos por la calle nos encontramos con una persona que estaba en silla de ruedas. Se había detenido muy pegada a la fachada. Hacía unos movimientos muy lentos, como si no le quedasen fuerzas. Como llevaba la cara cubierta con un paño, no se sabía si era un hombre o una mujer. ¿Necesitaba ayuda? Los que no iban mirando el teléfono y la veían no parecían dudarlo. Además, a su lado, una mujer estaba hablando por teléfono con urgencias. Describió la situación y dio las coordenadas de la calle. Entonces vio que se acercaba su autobús. Le dijimos que lo cogiese, que ya esperaríamos nosotros hasta que llegase la ambulancia. Quizá aquella persona de la silla no necesitaba ayuda, o quizá no la quería, aunque desde luego no parecía en su mejor momento y de todos modos no era lo mejor decidirlo por ella. Al poco apareció una pareja y se ofreció a quedarse con la persona para que nosotros pudiésemos irnos antes de que llegase la ambulancia: se estaba montando una curiosa cadena. ¡Muchas gracias, no hace falta! Había algo chirriante en estar a su lado sin hablar, en una custodia rara. Entonces llegó la ambulancia, de la que se bajó un hombre diciendo a voz en grito, irónico y cabreado: “¡Hola, chicos! Venid, venid a mirar vosotros también qué le pasa”. Una situación muy violenta. Seguramente reciben al día muchas llamadas que no son verdaderas emergencias, por la ignorancia o la falta de costumbre de los viandantes. ¿Por qué aquí tenía que venir una ambulancia y no cuando hay alguien durmiendo en la calle? El episodio me dejó un sentimiento de desazón. Pienso en El americano impasible, aunque en ese caso las buenas intenciones de Pyle desencadenan una matanza.

Lo siguiente es que estaba tumbada en una clase de pilates, el sol entraba tamizado a través de los visillos, y sentí que apenas podía hacer nada, era casi como si no supiera hablar, una sensación beatífica que quizá tiene un recién nacido cuando está tranquilo, tumbado boca arriba, y solo puede estar mirando todas esas cosas que son el mundo, y era como si las palabras se hubiesen deshecho de su poder y tuviesen que ir ganándolo otra vez, desde abajo. 

Y la cuarta escena no la recordaba bien. Más tarde salí de la biblioteca y esperé el autobús. En la parada del transbordo me senté en el asiento para revolver más cómodamente en la mochila. Tenía que sacar y meter las gafas de sol en su funda, el libro, la cartera, etcétera, en los ochenta compartimentos de la mochila. Había una señora en el banquito, que me miró para mi gusto de manera demasiado directa, como cuando tienes que preguntar si tienes monos en la cara. Pero no hice mucho caso. Entonces ella se levantó y cuando llegó el autobús y al ir a levantarme yo también la mujer me miró de nuevo y me hizo un gesto con las cejas y la cabeza. Me estaba señalando que se me había caído algo: una compresa. Le di las gracias y la recogí de la acera y me la volví a guardar en la mochila, sin intención por supuesto de usarla después de que hubiera estado tirada en esa transitada glorieta. Y entonces recordé, prístina, la escena cuarta. Sentí alivio y además me reí, por la metonimia o tal vez la anáfora.

Esa misma mañana, después de mirar desde la cama cómo empezaba el día, había estado destendiendo la ropa. En un movimiento se me cayeron unas bragas y se quedaron enganchadas en la cuerda del piso inmediatamente inferior. Sin dejar de tender el resto de la ropa, pensé en cómo proceder. Cogía nuevas remesas con dos o tres prendas y me asomaba de nuevo a la ventana para seguir tendiéndolas. La tercera vez que salí a mirar, las bragas habían desaparecido. No se habían caído al patio, alguien las había cogido en los diez segundos en que yo no miraba. El efecto fue como los casos mágicos de las películas de Jean Cocteau. Las bragas estaban y luego no estaban, como una interrupción en el rodaje. Eran las siete y diez de la mañana. Alguien mudo e invisible, debajo de mí, había estado tan cerca de la ventana a esa hora tan temprana. Me maravilló que el mundo pareciese un cuento.

Los recuerdos repentinos no son solo puertas que se abren de repente: son puertas camufladas en las paredes, que solo al abrirse dejan ver dónde estaban. 

Al escribir sobre estos sentimientos temo desvirtuarlos. Pero en la escritura se guardan y ganan existencia. Podremos volver cuando queramos a esos sentimientos, que son como habitaciones, o mejor como claros de bosque, al aire libre.


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